Rusia, Ucrania y Europa del Este

Εκτύπωση
Textos de congreso de Lutte Ouvrière - Diciembre de 2023
3 de diciembre de 2023

La guerra y las contradicciones de un mundo dominado por el imperialismo

El conflicto que asola Ucrania desde hace más de un año y medio no tiene precedentes, por la amplitud de las fuerzas implicadas, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. A través de Ucrania, enfrenta a Rusia con la OTAN, un formidable bloque militar dirigido por las principales potencias imperialistas. Este hecho por sí solo confiere a esta guerra una gran importancia internacional.

Aunque esta guerra comenzó formalmente con la invasión rusa el 24 de febrero de 2022, ya tiene una larga historia detrás. Se remonta al menos a febrero de 2014, a los " eventos del Maïdan " en Kiev. El rechazo de la población a un gobierno corrupto presentado como prorruso fue utilizado por las fuerzas prooccidentales en el aparato del Estado, en la cúpula de la burocracia y entre los oligarcas de Ucrania, y tuvo con resultado de que el régimen, rompiendo sus lazos políticos con Moscú, se echó en brazos de las potencias occidentales.

Este giro de Ucrania, que había sido la segunda mayor república soviética en términos de población, industria y bases navales, fue un paso decisivo en la determinación del imperialismo, constante desde el final de la URSS, de empujar a Rusia cada vez más lejos de su esfera de influencia. La coronación de este objetivo fue separar de Rusia de una Ucrania con la que, además de la lengua y numerosos vínculos humanos, le unía una historia compartida durante siglos y una economía que sigue estando en gran medida entrelazada.

El Kremlin respondió a este giro con la anexión de Crimea y fomentó la secesión de las regiones industriales rusoparlantes del este de Ucrania. Esto no podía conducir a otra cosa que la guerra en el Donbass en 2014-2015 y, en última instancia, su extensión a todo el país.

Patrocinados por París y Berlín, los acuerdos de Minsk entre Rusia y Ucrania no pretendían llegar a una solución del conflicto, imposible en cualquier caso tal y como estaban las cosas. Su objetivo -como reconoció hace unos meses la ex canciller Angela Merkel- era mantener en vilo al Kremlin mientras la OTAN armaba masivamente a su ahora aliado ucraniano.

Debido a su carácter internacional desde el principio, y por el peso de los beligerantes en la escena mundial, esta guerra, producto de las contradicciones que asolan un mundo dominado por el imperialismo, actúa también como potenciador de esas mismas contradicciones y revela otras hasta entonces invisibles.

Esto puede verse tanto a nivel internacional como nacional, en Rusia y Ucrania, pero también dentro del propio campo de la OTAN, entre aliados que siguen siendo rivales porque cada uno defiende intereses a menudo opuestos, los de su propia burguesía.

Esto también puede observarse en la rivalidad entre los aliados de la OTAN para positionarse en Ucrania y sus vecinos, con el fin de venderles armas y firmar contratos con estos países para establecer fábricas de armamento.

Por eso Lecornu, el ministro de Defensa francés, afirma que este conflicto ofrece "oportunidades para la industria de armamento francesa". Probablemente ofrece aún más oportunidades para el "aliado" de Estados Unidos: como proveedor de la mitad de la ayuda militar de Occidente a Ucrania, está en buena posición para consueguir tierras y empresas en la propia Ucrania, y no sólo allí. Con sus derechos exclusivos sobre los enormes pedidos militares de Polonia, Estados Unidos dispone de una ventaja formidable con el que desafiar a Alemania por la influencia política y económica en su hinterland centroeuropeo.

Con la guerra de Ucrania como telón de fondo, este otoño también se ha puesto de manifiesto el choque de intereses entre algunos de los países "más pequeños" de la Unión Europea y los "más grandes".

A principios de 2023, Bulgaria, Rumanía, Hungría, Polonia y Eslovaquia obtuvieron permiso de Bruselas para suspender la exportación de productos agrícolas ucranianos que atravesaran sus países por ferrocarril o carretera. Alegaban que estos productos, producidos por jornaleros ucranianos a los que se pagaba una miseria, eran tan baratos que expulsaban a sus "pequeños agricultores", incapaces de competir de la misma manera.

No es éste el lugar para discutir la magnitud real de la amenaza invocada, ni la demagogia nacionalista y electoralista de los gobiernos implicados. Pero el hecho es que, en septiembre, tres de ellos se negaron a cumplir la decisión de Bruselas de levantar el embargo a las exportaciones agrícolas ucranianas.

Además, Polonia y Eslovaquia han anunciado que, como medida de represalia, dejarán de suministrar armas a Ucrania (Hungría ya no lo hacía).De ahí los vituperios del presidente ucraniano acusando a su homólogo polaco de hacer el juego a Moscú, a pesar de que hace unos meses ambos celebraban en Varsovia la "amistad eterna" entre Polonia y Ucrania.

En cuanto a la disminución de las entregas de armas a Kiev anunciada por Polonia y Eslovaquia, no es necesario fingir, como hace Zelensky, que es obra de Moscú: Washington, al menos por razones vinculadas a las próximas elecciones presidenciales, utiliza sin duda a Varsovia como un pequeño telegrafista para decirle a Zelensky lo que Biden no puede o no quiere decirle en público.

Burócratas y oligarcas rusos

Esta guerra también pesa sobre Rusia en términos económicos, políticos, militares y humanos.

Por primera vez desde que Putin ascendió a la cima de la pirámide de mando burocrática a finales de 1999 y restableció cierto grado de eficacia -su famosa "vertical de poder"-, se encontró ante una situación en la que su aura de liderazgo, que la propaganda quería indiscutible, ya no le protegía tanto de las críticas.

Entre la población, esto se manifestó al principio de la invasión en protestas públicas contra la guerra y, de forma menos visible, en un rechazo bastante generalizado a aprobar un conflicto fratricida. El régimen hizo frente a las protestas con una represión sistemática, que sigue dirigiéndose contra cualquiera que cuestione la guerra, sus objetivos y sus consecuencias.

Pero, lo que es más preocupante para el régimen, es que se han oído voces discrepantes entre lo que en Rusia se conoce como "las élites", y sobre todo entre los oligarcas superricos.

Hace más de veinte años, Putin impuso un trato a los ricos magnates que habían puesto al país de rodillas saqueándolo y convirtiendo al Estado en su juguete: paguen sus impuestos, dejen de inmiscuirse en política y el gobierno les dejará hacer negocios. Desde entonces, salvo contadas excepciones, los oligarcas han cumplido su palabra.

Con el tiempo, habían prosperado y se habían multiplicado, forjando numerosos vínculos comerciales y de estilo de vida con el mundo occidental de la jet-set capitalista. Solo podían aspirar a que nada perturbara su dorada existencia de parásitos.

Pero con la anexión de Crimea en 2014, seguida de la invasión de Ucrania en 2022, se encontraron, al igual que una gran cantidad de dignatarios del régimen y altos burócratas, con sus activos congelados en bancos occidentales, ya no podían vender materias primas tan libremente a los cuatro rincones del mundo y, por último pero no menos importante, ya no podían navegar a su yate en Mónaco, organizar fastuosas fiestas en sus castillos en Francia o sus villas en la Toscana....

Educados por la experiencia (sobre todo la de Jodorkovski, antaño oligarca número 1 de Rusia, condenado a diez años de cárcel y a la confiscación de "su" petrolera por creer que podía ignorar las exigencias del Kremlin), los oligarcas actuales han evitado emprender acciones colectivas y sobre todo públicas contra la guerra. Varias decenas de ellos, que no habían tenido el suficiente cuidado, lo pagaron con su vida en pocos meses, víctimas de una oleada de suicidios más que sospechosa.

Por el momento, Navalny (en la cárcel) y Jodorkovski (exiliado en Londres) son los portavoces de las aspiraciones de una parte de la sociedad rusa a incorporarse más plenamente al redil del mundo imperialista. Todavía no es un movimiento político con relevos en la cúpula del Estado, un proyecto y un programa de restauración capitalista, pero lo prefigura.

Es en esta perspectiva en la que debemos considerar el miniputsch de Prigozhin del verano pasado. No es que realmente amenazara, y mucho menos sacudiera, al régimen. Pero, más allá de un intento que parecía condenado al fracaso porque sólo implicaba a una parte ínfima y marginal de las fuerzas armadas rusas, la marcha sobre Moscú de los blindados de Wagner sirvió para revelar las tensiones y fracturas dentro del régimen.

Porque el matón convertido en multimillonario Prigozhin había sido durante mucho tiempo cercano a Putin, y el Kremlin le había dado carta blanca para misiones militares en Siria, África y Ucrania. En cierto modo, era un pilar del régimen que había desertado. Y durante semanas había criticado a Putin y a su equipo por la forma en que estaban librando la guerra, en términos que tratando de encontrar el oído de la población cuando Prigozhin acusó al estado mayor de no alimentar a los soldados, de enviarlos desarmados a la muerte.

El hecho de que Jodorkovski llamara desde Londres al "pueblo ruso" para que apoyara a Prigogin no pudo surtir efecto. Pero sí mostró la posibilidad de una convergencia de protestas en la cúpula, basada en la fractura del aparato estatal en clanes rivales, con la aspiración de sectores de la oligarquía, e incluso de la burocracia, de sacudir el régimen actual, si no de deshacerse de él.

Una Rusia debilitada en su "exterior próximo"

La incapacidad del Kremlin para librar una guerra fulgurante, a pesar de la desproporción inicial de las fuerzas implicadas, y luego su empantanamiento en este conflicto, contribuyeron a debilitar la posición de Rusia en su "extranjero próximo": los países de la antigua URSS que mantienen vínculos económicos o de defensa con ella.

Ya en febrero de 2022, algunos de estos países se negaron a aprobar o incluso a desaprobar la intervención de Rusia en Ucrania. Este fue el caso de Kazajistán, donde las fuerzas especiales de Putin acababan de salvar al presidente Tokayev y a otros dirigentes de la burocracia kazaja, amenazados por un levantamiento obrero y popular que ponía en peligro los beneficios de las multinacionales, especialmente petroleras, establecidas en el país.

Este otoño se produjo otra consecuencia del enredo de Rusia en el atolladero ucraniano del antiguo Cáucaso soviético. Rusia llevaba décadas imponiéndose como "juez de paz" en regiones disputadas por varios Estados caucásicos, donde tiene tropas para mantener un cierto statu quo, pero no reaccionó ante el ataque relámpago de Azerbaiyán contra Nagorno Karabaj, situado en pleno territorio azerí pero poblado por armenios.

A mediados de septiembre, Azerbaiyán se sintió con fuerzas suficientes, armado por Turquía e Israel, para abalanzarse sobre Nagorno-Karabaj y vaciarlo de los 120.000 armenios que vivían allí. Con ello, Bakú "liquidaba" lo que consideraba un absceso creado durante la URSS de los años 90 que iba a tombar : la transformación en un Estado independiente de una región hasta entonces autónoma, pero que en principio pertenecía a Azerbaiyán.

Esta "limpieza étnica" tendrá consecuencias igualmente trágicas. Azerbaiyán también anunció que quiere unir su territorio a Najicheván, una provincia azerí encajada entre Armenia, Turquía e Irán. Esto supondría arrancar una porción de territorio a Armenia para crear un corredor, lo que provocaría nuevos enfrentamientos armados.

Con el debilitamiento y la retirada de Rusia como telón de fondo, se están forjando nuevas alianzas en el Cáucaso, y éstas están destinadas a ser bélicas. Entre Turquía, que quiere extender su influencia, y Azerbaiyán. Entre Estados Unidos y Armenia, donde se han implantado, como ya lo han hecho en la vecina Georgia ex soviética. Sin olvidar a Francia, que acaba de firmar un acuerdo de defensa y suministro de armas con Ereván.

Semejante política, llevada a cabo bajo la égida del imperialismo y en un contexto de rivalidades interimperialistas, no puede sino agravar la cuestión nacional, que sólo la Revolución de Octubre de 1917 trató de resolver de la manera más democrática para los numerosos pueblos que, desde hace siglos, viven en estrecha proximidad en esta región. Pero esto hará sin duda el negocio de los traficantes de armas franceses, estadounidenses, turcos, israelíes y otros, para quienes las guerras son las "oportunidades" que ensalza Lecornu.

Las sanciones occidentales y sus efectos

El 5 de octubre, en el Foro Internacional Valdai -el Davos de los pobres que se celebra en Rusia desde hace veinte años-, Putin declaró que las sanciones internacionales habían perjudicado menos que beneficiado a Rusia. Le obligaron a diversificar su economía para compensar los embargos y las perturbaciones comerciales.

Putin lleva diciendo esto desde 2014, cuando Estados Unidos y la Unión Europea decidieron las primeras sanciones contra Rusia, que había retomado Crimea. Esto forma parte de las acostumbradas rodomontadas del jefe de la burocracia rusa frente al imperialismo. Pero sus comentarios también reflejan el deseo de Putin, que busca la reelección como presidente el próximo marzo, de presentar un balance positivo de su "operación especial". "Operación especial". Al fin y al cabo, no le reportó la victoria relámpago de la que podía presumir y, veinte meses después, la población rusa es cada vez más consciente, como su hermana ucraniana, de que esta guerra no está a punto de terminar. Los dirigentes occidentales, y los generales estadounidenses en particular, lo confirman regularmente.

Dicho esto, los observadores señalan que Rusia resistió mejor de lo esperado a la presión ejercida sobre ella por la escalada bélica de la OTAN. El BERD (Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo) -creado en 1991 para facilitar la conversión al mercado de las ex-Democracias Populares y de la ex-URSS - anunció a principios de octubre que esperaba que el PIB de Rusia creciera un 1,5% este año, aunque inicialmente había previsto un descenso. Por el contrario, el BERD confirmó que esperaba que el PIB de Ucrania cayera un 30%.

Esta relativa resistencia de la economía rusa, a pesar de la guerra y de que sus exportaciones de gas y petróleo, y por tanto sus ingresos en divisas, sufrieron una fuerte contracción, se basa en una serie de factores. Rusia supo eludir algunos de los embargos que se le impusieron.También se debe a que, a pesar de la actitud belicista de sus gobiernos, las empresas europeas y estadounidenses, incluidas las multinacionales, no quisieron abandonar el mercado ruso ni los beneficios que obtienen de él. Además, la economía rusa, con sus gigantescas empresas controladas por el Estado en el complejo militar-industrial y el sector energético, estaba mejor equipada para hacer frente a las limitaciones materiales y humanas de la guerra.

Esto le dio una clara ventaja sobre la economía ucraniana. Por supuesto, la economía ucraniana ha quedado devastada por la guerra, con el 20% de su base industrial destruida o dañada; el 25% de su mano de obra emigró, huyó de las zonas de combate o fue movilizada; el 17,5% del país está ocupado, incluidas las regiones industriales y mineras. Pero incluso antes de esta guerra, ya llevaba años sufriendo el efecto destructivo de la eliminación de obstáculos a la penetración del capital occidental por parte del Estado ucraniano.

Guerra contra sus vecinos y su propia población

Sin embargo, los buenos resultados de la economía rusa son sólo relativos. Además del ejército regular, cientos de miles de soldados movilizados y contratados fueron enviados a Ucrania, a lo que hay que añadir la huida al extranjero de un millón de hombres que querían escapar de los reclutadores y que a menudo tenían un nivel de estudios superior. Tanto es así que, en julio, el 42% de las empresas declararon que les faltaba mano de obra.

Desde entonces, el fenómeno se agravó con la marcha de un gran número de migrantes que provenían de la Asia Central ex soviética y venían a trabajar en la construcción, los servicios y la industria. En primer lugar, porque están en el punto de mira de las autoridades militares, que les presionan para que se alisten a cambio de la promesa de un pasaporte ruso. En segundo lugar, porque ya no pueden enviar suficiente dinero a casa, ya que el rublo está cayendo en picado.

Esta caída del valor del rublo va acompañada de un aumento de la inflación, que el Banco Central intenta frenar subiendo constantemente su tipo de interés básico. Esto no sólo tiene un impacto negativo en la actividad económica, sino que también erosiona el poder adquisitivo de decenas de millones de asalariados y pensionistas, que ya se vieron afectados por el fuerte encarecimiento de todo lo que viene del extranjero, pero que ahora toma un costoso desvío a través de China, Turquía o la India.

A ciertas categorías de trabajadores, como los cuidadores, se les han hecho deducciones de sus salarios para "ayudar" al ejército. Y la Duma acaba de decidir el principio de una "contribución voluntaria" del 2% al esfuerzo de guerra para todos los funcionarios.

En un momento en que millones de rusos se hunden en la pobreza y en que un Registro Federal muy oficial indica que un millón de ellos son insolventes, el régimen quiere parecer que ataca a los especuladores de la guerra, en el mismo momento en que se muestra mimoso con los que tienen: altos burócratas y oligarcas. Nótese que el término ruso para funcionario, sinónimo de burócrata, está asociado a la corrupción, que está en pleno apogeo con la guerra.

En Ucrania, Zelensky no actua de otro modo cuando orquesta la destitución por corrupción de su Ministro de Defensa y de seis de sus viceministros, y lleva ante la justicia a ciertos oligarcas. Esto causó revuelo, pero no es la primera vez. Y es posible que, como en ocasiones anteriores, los tribunales absuelvan a los acusados o sólo les impongan multas irrisorias.

Las autoridades se dan cuenta de que existe un descontento generalizado dentro de la población, contra la corrupción a todos los niveles del régimen y contra las redadas de trabajadores y jóvenes en el trabajo, en la calle y en los transportes, para utilizarlos como carne de cañón. Así que, en un intento de comprar la paz social en un contexto de guerra, Kiev acaba de anunciar una subida salarial. En cualquier caso, siguen siendo miserables. No se parecen en nada a lo que ganan altos burócratas como el nuevo director de Ukrzaliznytsia (Ferrocarriles Ucranianos): un sueldo de 9 millones de jrivnias (234.500 euros) y "sólo" 5,6 millones de jrivnias para sus adjuntos y los siete miembros del consejo de administración.

El Kremlin, por su parte, "ofrece" contratos de enrolamiento por valor de tres veces el salario medio y paga indemnizaciones de unos 9.000 euros en caso de muerte en combate. Las regiones y los entornos más desfavorecidos deberian estar contentos con este "salario de miedo y muerte" para los soldados condenados a prueba. De esto habla Putin cuando, mientras repite que rechaza la idea de la movilización general, obliga a cientos de miles de hombres a acudir a los centros de reclutamiento para actualizar sus datos militares y civiles.

Regímenes antiobreros, cada uno a su manera

No debe sorprender, pues, que un centenar de esas oficinas de reclutamiento fueran incendiadas como atentados terroristas, cuyos autores, a menudo muy jóvenes, fueron condenados a años de cárcel cuando fueron capturados. Lo mismo puede decirse de los numerosos "atentados ferroviarios" (a veces tan simples como dejar un panfleto o una pancarta contra la guerra en las vías o cerca de ellas) que han sido registrados por los tribunales.

Puede que el régimen de Putin haya puesto fin a las manifestaciones contra la guerra que duraron semanas en febrero-marzo de 2022, y haya conseguido que algunos de los activistas de la oposición democrática se exilien para no ser detenidos, pero no ha conseguido frenar todas las formas de oposición, aunque sean individuales y estén sujetas a una rápida represión.

En cuanto al régimen de Zelensky, había prohibido las organizaciones de izquierda antes del comienzo de la guerra. Sigue reprimiendo todo lo que se reivindica comunista, socialista o clasista, e incluso se beneficia del reagrupamiento, sobre una base socialchovinista, de ciertas corrientes que se autodenominaban de extrema izquierda.

De hecho, a pesar de las diferencias cada vez más notables entre los regímenes ruso y ucraniano, ambos surgidos del molde de la burocracia post-estalinista, a pesar de que se encuentran en bandos opuestos, en el caso de Ucrania en el bando del imperialismo que lleva décadas oponiéndose a Rusia para expulsarla de su zona de influencia; a pesar de todo esto, Moscú y Kiev tienen una actitud fundamentalmente similar hacia sus poblaciones.

Mientras dicen defenderlos contra el bando contrario, los regímenes ruso y ucraniano están librando una guerra social contra su pueblo, intensificando una guerra de clases que no empezo en febrero de 2022. Opone a la clase obrera de estos países los herederos de la burocracia estalinista en la persona de altos burócratas y sus amigos oligarcas, los magnates industriales y financieros que construyeron sus fortunas saqueando la economía estatal cuando se derrumbó la URSS.

En Ucrania, a estos predadores se unen los capitalistas estadounidenses y de Europa Occidental, cuyo dominio sobre el país es cada vez mayor. Los gobiernos ruso y ucraniano defienden, cada uno a su manera, a las clases y capas sociales parasitarias que dominan su país y a un aparato estatal pronfondamente corrupto que encuentra en la guerra un nuevo y rápido medio de enriquecerse a costa de la población.

No se trata de tomar partido por uno u otro bando, como hacen a veces más o menos vergonzosamente ciertas corrientes de extrema izquierda, sino de defender en esta guerra los intereses de los trabajadores ucranianos y rusos, de la clase obrera internacional contra sus explotadores, sus opresores que vemos trabajar con sus generales en los campos de batalla, en la trastienda de las cancillerías diplomáticas y en las pantallas de televisión.

Es vital defender este programa en un momento en que las amenazas de guerras existen de un extremo a otro del planeta. Pero para defenderlo, la clase obrera necesita un partido comunista revolucionario, una Internacional digna de ese nombre, como lo fue la Internacional Comunista en tiempos de Lenin y Trotsky. Ni este partido ni esta Internacional existen. Ni en Rusia, ni en Ucrania, ni en ninguna otra parte. Para los militantes que quieren derribar el sistema imperialista y las dictaduras que pueden impugnarlo pero que son fundamentalmente cómplices de él, la tarea más urgente es ponerse a construir este partido y esta Internacional.

Trabajadores de todos los países, ¡uníos!

Los trabajadores no tenemos patria,

¡el principal enemigo está en nuestro propio país!

13 de octubre de 2023