La economía capitalista entre barranco y precipicio

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Textos del mensual Lutte de classe - Abril de 2023
Abril de 2023

La Fed entre barranco y precipicio” era el título de un editorial del diario económico Les Echos, el pasado 14 de marzo. Iba de las incertidumbres de los banqueros centrales, ante, por un lado, la inflación que se dispara y, por otro lado, el peligro de quiebras en serie en la banca, tras la del banco Silicon Valley Bank (SVB). Quienes pretenden regular el sistema financiero internacional estarían con “linternas frontales en la niebla”, no decididos aún a elegir entre las dos únicas soluciones que conocen: inyectar miles de millones en el sistema, o cerrar el grifo del crédito. En todos los casos, las clases populares ya lo están pagando caro.

El papel oficial de los bancos centrales es la regulación del sistema financiero, adaptando el nivel de masa monetaria en circulación a las necesidades del mercado capitalista, o sea los volúmenes de producción y circulación de las mercancías. Al fijar los varios tipos de interés con los cuales los bancos privados pueden financiarse, los bancos centrales animan o reducen los préstamos tanto a las empresas como a los particulares, lo cual se supone que influye en las inversiones productivas y el crecimiento económico. No obstante, son los capitalistas, y ante todo los más potentes entre ellos, quienes deciden cómo usar el capital disponible, según qué ganancia se espera y la idea que ellos se forman de futuro de su propio sistema.

De una bajada de tipos a su remontada

Durante un largo periodo, desde la crisis del sistema financiero global en 2008, los tipos de interés decididos por los bancos centrales bajaron al 0%, e incluso hubo tipos negativos. Los bancos centrales compraban sin mercadeo títulos inseguros (deuda, bonos del Estado…) a la banca privada y a determinadas grandes empresas. Durante esos quince años de crédito barato, los millones de millones de dólares, de euros o de yenes inyectados en la economía en realidad no estimularon mucho la inversión productiva, sino que alimentaron la especulación, ya fuera inmobiliaria, sobre materias primas u otros sectores. Facilitaron carburante a toda clase de bancos para inventar nuevos montajes financieros. Aceleraron el desarrollo de los GAFAM y las grandes tecnológicas, que aumentaron su capital sin construir ni desarrollar al mismo tiempo medios de producción reales, con un valor del mismo tamaño. Fluidificaron las fusiones y adquisiciones, las recompras de acciones, es decir la concentración del capital. Durante todo ese tiempo sin inflación, aumentó la explotación, la parte de las riquezas producidas que sacaban los capitalistas no dejó de incrementar, a expensas de los trabajadores. De hecho, fue agravando la explotación y manteniendo los sueldos bajos en todos los países cómo se conseguía una baja inflación en los productos elaborados.

Con el regreso de la inflación en el último año, y con pretexto de limitarla, los bancos centrales, tras un periodo de dudas, no han dejado de subir los tipos de interés de sus préstamos a la banca. Entre marzo de 2022 y marzo de 2023, el banco central estadounidense, la Reserva Federal (Fed) llevó su principal tipo del 0 al 4,75%. El Banco Central Europeo (BCE) hizo lo mismo, llevando el suyo del 0% en julio al 3,5% a mediados de marzo. El objetivo explícito de los bancos centrales es “ralentizar el mercado”, reduciendo la demanda de todos los bienes, industriales o inmobiliarios, y a ver si con eso bajan los precios. Los ciudadanos ya no van a poder pedir un préstamo para comprar una vivienda o un coche. A falta de compradores suficientes, se supone que los precios van a bajar. Con los tipos de interés a la baja, las pequeñas y medianas empresas, y hasta algunas grandes, menos rentables, lo tendrán más difícil a la hora de pedir préstamos para invertir. Reducirán su actividad, o quebrarán; y en ambos casos eliminarán empleo. Un aumento del desempleo – al ser posible, con poca o ninguna indemnización – obligará a los trabajadores a aceptar salarios más bajos, con lo cual la patronal quedará en posición de fuerza para rechazar subidas salariales. Éste es el objetivo que asumen los bancos centrales. En septiembre del año pasado, el economista francés Patrick Artus lo dijo sin rodeos (Les Echos): “Para reducir la inflación, es preciso aumentar el desempleo.”

En la realidad, esa gente no sabe nada. Durante quince años, se preguntaron con erudición por qué inyectar capitales en la economía, multiplicando por cuatro la masa monetaria entre 2008 y 2021, no provocaba inflación. Hoy día, los banqueros centrales no tienen la más mínima garantía de que la política monetaria restrictiva reducirá la inflación.

En cambio, su política ya está provocando catástrofes, hasta el punto de que algunos economistas burgueses se inquietan. Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía estadounidense, denunció en una tribuna que publicó el diario Les Echos el pasado 15 de septiembre “los bancos centrales decididos a subir los tipos de interés”. “En nombre del control de la inflación, han elegido una trayectoria que se encamina a provocar una recesión – o a empeorarla si la recesión surge de todas maneras.” Tres meses después, tras la quiebra del Silicon Valley Bank, dijo lo siguiente: “Examinando las subidas fuertes y rápidas deseadas por Powell, era previsible que la brutalidad de la evolución de precios de los activos financieros causaría un trauma en alguna parte del sistema financiero.” Los ajustes de cuentas entre Stiglitz, ex consejero de Obama, y Jerome Powell, nombrado director de la Fed bajo Trump, dejan ver las inquietudes de aquellos economistas cercanos al poder.

SVB, Credit Suisse: el espectro de 2008

El pasado 9 de marzo, el banco californiano SVB, que llevaba cuentas de numerosas empresas de la Silicon Valley, sufrió el mayor pánico bancario de la historia. En un solo día, sus clientes quisieron recuperar, mediante un simple clic, 42.000 millones de dólares. El banco, que no estaba entre los treinta bancos internacionales llamados “demasiado grandes para dejarlo caer”, tampoco había realizado operaciones dudosas o fraudulentas. No detentaba activos podridos, como los “subprimes” que provocaron en 2008 la quiebra de Lehman Brothers y desencadenaron la crisis del sistema bancario. El banco había colocado el dinero de sus clientes en bonos del Tesoro estadounidense, a largo plazo, o sea una de las inversiones más seguras en el mundo. Pero justamente: el valor de esos bonos del Estado bajó con la subida de los tipos de interés de la Fed. Con tipos más altos, los nuevos bonos emitidos por el Estado son más rentables para los financieros; éstos venden los bonos antiguos, que a consecuencia de ello se devalúan. Otro efecto segundario de la subida de los tipos, con un crédito menos fácil que se añade a la crisis económica, es que las startup de California o de fuera tienen más dificultad a la hora de recaudar fondos para incrementar su capital. Cuando algunas de esas startup, con necesidad de dinero, empezaron a retirar fondos, el SVB quedó atrapado y no pudo hacer frente.

Ante el pánico provocado por la quiebra del SVB, la Fed actuó sin demora. Biden habló en persona para asegurarles a los banqueros que el Estado garantizaría todos los fondos depositados en los bancos, costara lo que costara. El Estado siempre está dispuesto a salvarles el pellejo a los capitalistas, con dinero público. Así como comentó un observador: “Los emprendedores californianos son todos libertarios hasta que les golpea una subida de los tipos de interés.” La intervención inmediata del Estado demuestra que los dirigentes de la burguesía son conscientes de la inestabilidad de su economía, y que siempre temen una nueva crisis sistémica.

Al igual que Christine Lagarde que en 2008, como ministra de Economía de Sarkozy, decía que “esto no es un crac”, el actual ministro francés de Economía, Bruno Le Maire, practica la autosugestión, y declara justo después de la quiebra de SVB: “No veo un riesgo de contagio a Europa.” ¡Bum! Menos de veinticuatro horas después, el segundo banco suizo, Credit Suisse, estaba en riesgo de quiebra, mientras las acciones de BNP y Societe Generale caían un 30% en la Bolsa de París. Credit Suisse es uno de los treinta bancos sistémicos, cuya quiebra pondría en tela de juicio la estabilidad de todo el sistema, por lo que en un fin de semana las autoridades suizas impusieron al banco UBS la compra de su rival por 3.000 millones de euros. Los puestos de trabajo, por su parte, no fueron garantizados. Puede que miles de empleos desaparezcan, sumándose a los 9.000 empleados ya despedidos por Credit Suisse en dos años, entre sus 52.000 trabajadores. Para convencer a los directivos de UBS, que a pesar del buen descuento eran más bien reacios, puesto que sabían que Credit Suisse podía tener entre sus cuentas alguna que otra operación dudosa, las autoridades suizas abrieron al nuevo propietario un fondo de garantía de 9.000 millones de euros, con dinero público. Tanto Credit Suisse como UBS y muchos otros bancos en el pasado fueron involucrados en escándalos de corrupción, blanqueo o evasión fiscal, manipulación de tipos de interés. Tenía participación en un fondo de especulación, Archeos, que quebró en 2021. Todos los trapos sucios de Credit Suisse acabaron por provocar dudas sobre su solidez entre los demás financieros. La quiebra del banco californiano arrojó temores adicionales sobre toda la banca y aceleró la caída de la entidad suiza.

Otros bancos podrían verse arrastrados hacia el abismo por la caída de SVB y Credit Suisse. El Deutsche Bank, primer banco alemán, podría ser el próximo en caer. El 24 de marzo, empezó a desplomarse su cotización en la Bolsa: en un ambiente de desconfianza general, el anuncio de que el banco quería devolver dinero pedido de manera anticipada, en vez de apaciguar los espíritus, levantó sospechas. Y no bastará el postureo de Christine Lagarde, presidenta del BCE, que afirmó el 20 de marzo en la cumbre de los dirigentes europeos que “el sector bancario de la eurozona es resiliente”, para proteger a la sociedad contra el riesgo de una nueva crisis financiera sistémica. Desde 2008, los bancos encontraron cómo sortear las llamadas medidas prudenciales que se les impuso supuestamente para evitar quiebras en serie. Inventaron nuevos instrumentos financieros para especular, enriquecerse por todos los medios, exponiéndose a quiebras en caso de cambios brutales de la coyuntura. Cuando los mercados financieros – es decir, un puñado de grandes banqueros o fondos de inversión tipo BlackRock, por buenos o malos motivos pierden confianza en un banco al que sospechan una exposición excesiva, como es el caso de Deutsche Bank, pueden hundirlo en poco tiempo.

¿Hacia una crisis de la deuda pública?

La subida de los tipos de interés encarece la deuda de los Estados. Tras justificar los ahorros drásticos en los servicios útiles a la población esgrimiendo la necesidad de limitar el endeudamiento público, los Estados abrieron las válvulas para derramar cientos de miles de millones sobre los capitalistas durante la pandemia luego atenuaron el alza de los precios energéticos, favorecer la transición energética o financiar la compra de armas. Así pues, la deuda del Estado francés pasó de algo menos del 100% del PIB en 2019 al 119% en 2022 (datos de Insee, la estadística pública). Antes de la crisis de 2008, sólo era del 67% del PIB… Para 2023, la agencia France Tresor, que gestiona la deuda estatal, prevé pedir 270.000 millones de euros prestados con el tipo de interés del día. El endeudamiento público total de Francia superará los 3 billones (millones de millones) de euros al final de este año. Alemania, cuya deuda representa el 68% de su PIB con un importe de 2,5 billones de euros, contempla pedir un préstamo récord de 579.000 millones de euros este año. La subida de los tipos de interés hincha la deuda de todos los Estados. Mientras que el Estado francés conseguía préstamos con un tipo del 0,2% en enero de 2022, un año más tarde el tipo es del 3%. En un año, el servicio de la deuda, es decir el importe que se paga en concepto de intereses, ha pasado de 38.000 a 52.000 millones, o sea más o menos el presupuesto de Educación. La deuda enorme le beneficia a la burguesía, pero la pagan y la seguirán pagando íntegramente las clases populares.

La subida de tipos da un nuevo empuje a la especulación sobre la deuda soberana porque los mercados financieros prestan dinero con tipos relativamente bajos a los Estados más solventes, menos endeudados y con un crecimiento más fuerte, como es el caso de Alemania, y con tipos más altos a países con más deuda, como Italia. El ataque de los mercados contra la deuda británica y la libra, en octubre, tras anunciar la Primera ministra Liz Truss una serie de bajadas de impuestos, recordó que los mercados siempre están acechando cualquier fisura para especular. Dichos mercados son tan esquizofrénicos como despiadados para con el personal político de turno. Exigen bajadas de impuestos y que el dinero público les llegue a ellos bajo cualquier forma, pero a la vez sancionan a los gobiernos que cumplen con demasiada brutalidad. Se benefician de la deuda pública, pero prestan con tipos de interés excesivos a los Estados con muchas deudas. A Macron le presionan porque arremeta contra las pensiones de los trabajadores, pero lo castigan si al hacerlo desencadena una crisis política y social.

Riesgo de nuevos crac bancarios, riesgo de una crisis de la deuda: la crisis de la economía capitalista sigue agravándose. Hoy en día está tomando la forma de una inflación duradera a la que se suma la subida de los tipos de interés, y que podría desencadenar una recesión económica, o sea un retroceso de la producción material, y cierres de empresas. La directora del FMI avisó a principios de enero de que “la tercera parte de la economía global estará en recesión en 2023”.

La inflación y quienes la provocan

La inflación y la recesión siempre se nos presentan como fenómenos naturales, consecuencias más o menos mecánicas de los altibajos económicos. Las revistas económicas se llenan de análisis sobre las causes coyunturales o estructurales de la inflación. Quienes durante quince años no terminaban de entender por qué el dinero fácil no provocaba inflación ahora pretenden explicarla, y formulan pronósticos, refutados con regularidad, en cuanto a su duración. Es evidente que no saben nada al respecto.

La inflación y la recesión no son fenómenos naturales. Las provocan y amplifican las decisiones de los capitalistas más poderosos, con su situación de monopolio en los sectores económicos clave. La guerra en Ucrania, la crisis energética, la transición energética, las penurias provocadas por el largo confinamiento de China, la rivalidad económica acelerada entre Europa y los Estados Unidos, y otros tantos factores contribuyen a dicha inflación, es cierto. Sin embargo, los precios energéticos ya habían empezado a subir antes de la guerra de Ucrania y del cierre de los gasoductos procedentes de Rusia. Si bien la penuria de contenedores y la desorganización del tráfico marítimo en la secuencia posCovid sirvieron como pretexto para que los navieros multiplicaran por siete o diez el precio de un trayecto entre Shanghái y Le Havre, dos años después estamos con precios que no han bajado a los niveles prepandemia. Detrás de las subidas hay decisiones de los patrones que aprovechan la correlación de fuerzas, como es el caso de las cinco mayores petroleras del mundo, quienes realizaron ganancias de 200.000 millones de dólares en 2022, o de los transportistas marítimos entre los cuales el francés CMA-CGM (25.000 millones de euros de ganancias en 2022) o el danés Maersk (27.000 millones de euros).

En Francia, las últimas negociaciones anuales entre grandes distribuidoras y los capitalistas de la agroindustria levantaron parte del velo. Lo patrones de la gran distribución se presentaron como defensores del consumidor al decir que “los industriales piden subidas de precios delirantes” (Alexandre Bompard, de Carrefour) o que “los industriales aprovechan la situación y piden subidas no justificadas” (Michel Biero, de Lidl). Un cronista del diario de derechas Le Figaro contó el 20 de marzo la inquietud del muy propatronal instituto alemán IFO: “Determinadas empresas toman la inflación como pretexto para incrementar mucho sus beneficios, en particular en el comercio, la construcción y la agricultura.” El BCE frunció el ceño tímidamente: “El crecimiento de las ganancias sigue siendo muy alto, lo cual significa que la transmisión de los altos costes a los precios de venta sigue siendo robusta.” El cronista antes citado concluyó con una fórmula explícita: “La inflación es la ley de la selva, y ganan los más fuertes.”

Dicho de otra manera, sea cual sea la política monetaria de los bancos centrales, expansiva (con préstamos baratos) o restrictiva, los capitalistas más poderosos siempre se las arreglan para quedarse con la mayor parte de las riquezas creadas por los trabajadores, en detrimento de los capitalistas intermediarios y, al final de la cadena, a expensas de los consumidores y las clases populares. Estas últimas no se beneficiaron de los bajos tipos de interés, pero sí van a pagar muy caro la subida, por varios canales. Para los trabajadores, la inflación siempre supone empobrecimiento porque los sueldos van con retraso respecto a los precios, y la recesión conlleva despidos y una subida del paro. Al espectro de la crisis bancaria de 2008 (que aceleraría la recesión) se suma el de la crisis de la deuda griega en 2010, que provocó una dramática sangría en el nivel de vida de los pensionistas, los funcionarios y las clases populares del país, so pretexto de reducir el endeudamiento del Estado y tranquilizar a los mercados financieros. La población griega, cuya suerte viene simbolizada en el trágico accidente de tren entre Salónica y Atenas, sufre servicios públicos deficientes (transporte, educación, sanidad), precios altísimos, salarios y pensiones de miseria: una situación que puede ser la de todos los trabajadores de Europa si no cuestionan el poder de la burguesía.

La agonía del capitalismo y las tareas de los revolucionarios

Frente a los peligros innumerables que la economía capitalista conlleva para la sociedad, no hay un camino reformista. No existe una buena gobernanza de los bancos centrales, un buen gobierno de los países que organizaría “otro reparto de las riquezas” según piden los reformistas de nuestros tiempos. “La propia burguesía no ve salida”, ya lo decía Trotsky en el Programa de Transición en 1938, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Al declarar hace poco que “el mundo con los ojos abiertos se dirige hacia una guerra más amplia”, Antonio Guterres, secretario general de la ONU, expresó la misma idea: fuera de otra nueva guerra mundial, a la que se preparan aceleradamente todos los jefes de estado mayor desde hace un año, no hay salida en la crisis general del capitalismo.

La única otra salida posible es la revolución social. La única salida positiva es arrancar los bancos y el sistema financiero, los medios de producción, transporte y distribución de las manos del gran capital, para ponerlos bajo el control de los trabajadores, que lo producen todo; y reorganizarlos por completo, para usarlos de manera racional, coordinada y planificada, con el objetivo de satisfacer las necesidades de la humanidad, sin explotar a centenas de millones de mujeres y hombres, sin destruir los recursos, los seres vivos y el medioambiente. Todas las bases económicas de semejante organización comunista de la sociedad ya existen. La clase obrera internacional nunca fue tan numerosa, tan concentrada ni tan unificada por la propia organización capitalista.

Pero hoy en día los trabajadores están muy lejos de tener conciencia de sus tareas y de sus fuerzas. Han perdido hasta la conciencia de que son una clase homogénea frente a la burguesía. Toda la herencia política del movimiento obrero revolucionario, llevada sucesivamente por Marx, Engels, Lenin y Trotsky, todas las lecciones de las revoluciones obreras del pasado, resumidas en particular en el Programa de Transición, quedan por aprender. La aceleración de la crisis, no obstante, empujará a millones de trabajadores, incluso en las categorías que estuvieron un largo tiempo a salvo de la crisis (técnicos, ejecutivos), incluso en los países ricos, a movilizarse para defender sus condiciones de vida. Las luchas y movilizaciones por venir, por los sueldos, contra la carestía de la vida, contra el paro y los despidos, contra la austeridad impuesta a palazos, contra las reformas sucesivas, el cierre de hospitales o escuelas, contra el servicio militar, deben ser oportunidades para que los trabajadores recuperen una conciencia de clase. Esto empieza por entender que Macron, Le Pen y Melenchon así como sus semejantes, ya estén en el poder o se presenten como alternativa, no son más que personal de servicio para la burguesía; que la policía, la justicia, el parlamento, todas las instituciones son una máquina estatal elaborada con el propósito de defender la propiedad privada de los medios de producción; que no existe otro diálogo social que la correlación de fuerzas y que la patronal no concederá ningún derecho si no se pone en peligro sus ganancias; que la burguesía siempre vuelve a tomar por la mano izquierda lo que ha cedido con la mano derecha; que los trabajadores deben formular sus propias reivindicaciones vitales, sin censurarse, e implementar organismos bajo su propio control para dirigir sus propias luchas y actuaciones, sin confiar en los jefes sindicales.

Todas las luchas parciales o generales deben utilizarse para que nuevos sectores de trabajadores entiendan que su clase debe derribar la dictadura de la burguesía y tomar el mando de la sociedad, es el único camino para evitar el precipicio.

27 de marzo de 2023