En Minneapolis, Trump se enfrenta a la reacción de la población

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Textos del mensual Lutte de classe - Marzo de 2026
Marzo de 2026

«Limpiar Minneapolis de los peores delincuentes extranjeros», en este caso procedentes de Somalia, así definió Donald Trump, en diciembre de 2025, la misión de los matones uniformados del ICE enviados a esta ciudad de Minnesota. Así es como el presidente de los Estados Unidos se refiere a los trabajadores esenciales para la vida social y económica que no tienen los documentos adecuados. Pero entonces no imaginaba que, tras los dos asesinatos perpetrados en el marco de esta «misión», se encontraría con una movilización popular local lo suficientemente grande como para obligarle a retirarse.

Durante el primer año de su segundo mandato en la Casa Blanca, el presidente multimillonario presionó al Congreso para que aumentara considerablemente los recursos de la ICE, la policía federal de inmigración, que ahora cuenta con un presupuesto superior al del ejército español o al del ejército turco. Esto le permite, por ejemplo, pagar a la multinacional francesa de servicios informáticos Capgemini para que le ayude en la persecución de los migrantes.

El ICE (Immigration and Customs Enforcement, Servicio de represión de inmigración y aduanas) trabaja conjuntamente con la policía federal de aduanas y fronteras, CBP (Customs and Border Protection ). Con toda la atención mediática que busca Trump, estas dos agencias fueron enviadas en 2025 a determinados barrios de Los Ángeles, Washington y Chicago, así como a las aglomeraciones menos pobladas de Portland, Memphis y Charlotte. Otros cientos de ciudades, y en ocasiones algunas fábricas, almacenes o granjas, también fueron objeto de redadas contra los inmigrantes.

Odiosa caza de migrantes

En todas partes, esta política de redadas ha sido brutal. Se ha visto a niños utilizados como cebo para capturar a sus padres, a padres detenidos frente a la escuela de sus hijos, a centros escolares invadidos por paramilitares del ICE y la CBP, a habitantes sacados de sus camas en plena noche y amenazados en la entrada de sus viviendas sociales asaltadas, inmigrantes con documentos legales enviados a centros de detención a miles de kilómetros de distancia —un destino que también han sufrido algunos estadounidenses antes de poder demostrar su ciudadanía—, indocumentados detenidos en el momento de recibir la tarjeta verde de residencia permanente, etc.

Al menos ocho personas murieron en estas redadas durante el año 2025 y otras 38 fallecieron en los centros de detención —la mayoría de ellos son prisiones gestionadas por empresas privadas, que reciben su parte del presupuesto del ICE—, donde actualmente se encuentran recluidas 70 000 personas. Tras estas redadas, los jueces pusieron en libertad a personas cuyas detenciónes eran obviamente injustificadas. Pero a Trump no le importa, ya que quiere aparecer claramente como el mayor y más enérgico defensor de las deportaciones en comparación con los anteriores presidentes, los demócratas Obama y Biden.

Pero las razones por las que el Estado federal actúa así van más allá del ego desmesurado del actual presidente y de los cálculos electorales de su camarilla republicana. La atención mediática centrada en la persecución de los inmigrantes permite ocultar en la medida de lo posible muchos problemas, en particular las crecientes desigualdades sociales. Mientras que el enriquecimiento de la burguesía avanza al ritmo de la especulación bursátil, en menos de un año se han perdido 70 000 puestos de trabajo en la industria. La multinacional comercial Amazon va a despedir a 16 000 de sus empleados, además de los 14 000 del año pasado; la empresa de transporte UPS va a prescindir de 30 000 empleados, además de los 48 000 del año pasado. La inflación de los últimos años ha mermado el nivel salarial de los trabajadores, pero también los ingresos de amplios sectores de la población, que ven cómo se aleja su sueño de alcanzar el nivel de vida de la pequeña burguesía acomodada y se hunden en la pobreza.

Militarización de la sociedad

La violencia contra los migrantes tiene otro objetivo, quizás aún más importante para la burguesía estadounidense: se trata de acostumbrar a toda la población, no solo a los inmigrantes, a temer a la policía, al ejército y a todas las fuerzas militarizadas de que disponen las diferentes autoridades, e imponerle resignación ante las injusticias. El verano pasado, en Los Ángeles, se envió a la tropa de élite de los marines para intimidar a la población. Se trata de una medida necesaria, desde el punto de vista de los dirigentes del imperialismo estadounidense, que saben que sus agresiones militares en el extranjero podrían multiplicarse y desembocar en guerras que requerirán la aceptación de muchos sacrificios.

En casi todas las ciudades donde se han desplegado, las provocaciones del ICE y la CBP han generado protestas. Incluso a pequeña escala, los habitantes se han agrupado para increpar a estos policías federales y gritarles que se vayan de su barrio, lo que también es una forma de advertir a los indocumentados que se escondan. En una decena de ciudades, estas acciones, que las autoridades califican de alteración del orden público, han sido el pretexto para movilizar y desplegar a la Guardia Nacional, una fuerza armada compuesta por voluntarios a las órdenes de los gobernadores de cada estado, pero que puede pasar bajo mando del presidente «federalizándola». A veces, la decisión provenía de un gobernador demócrata que pretendía proteger así a la población de los abusos del ICE, pero incluso en ese caso, contribuía a acostumbrar a los habitantes a vivir al ritmo de las patrullas uniformadas.

Además, puede tratarse de una maniobra para debilitar una movilización incipiente de la población que los dirigentes del Partido Demócrata no desean. Consideran que les conviene afirmar que basta con confiar en las autoridades locales demócratas para mantener a raya a los matones de Trump, con el fin de convencer a la población de que todo volverá a la normalidad si se elige a los demócratas en el Congreso en las elecciones de noviembre de 2026 y a un demócrata en las presidenciales de 2028.

Asesinatos en Minneapolis

A finales de noviembre de 2025, Trump anunció el envío del ICE a Minneapolis, que junto con Saint Paul forma una aglomeración de 3,7 millones de habitantes en el curso superior del Mississippi. Es una de las regiones de Estados Unidos donde los demócratas controlan las instituciones locales. Desde los municipios hasta el estado de Minnesota, son blancos para Trump.

El 7 de enero de 2026, Renée Good, que acababa de dejar a su hijo en la escuela, regresaba a su casa cuando se topó con una redada de agentes del ICE en su barrio. Según sus allegados, ella nunca había participado en actividades de vigilancia del ICE, pero, como muchos otros habitantes de Minneapolis, quería pedirles cuentas y verlos marcharse. Momentos después, uno de esos policías la mató de tres disparos mientras se alejaba en su coche. Rápidamente, se agrupó mucha gente para mostrar su hostilidad hacia los asesinos uniformados.

Inmediatamente, el vicepresidente J. D. Vance garantizó al asesino total inmunidad. A continuación, la justicia federal se aseguró de que no fuera procesado, ni siquiera por las autoridades judiciales locales, al tiempo que iniciaba una investigación contra la pareja de la víctima. La ministra de Seguridad Interior, Kristi Noem, la portavoz de la Casa Blanca y otros trumpistas se apresuraron a acusar ante los medios de comunicación a Renée Good de poner en peligro a los policías, e incluso la acusaron de « terrorismo ». El propio Trump la describió como una loca peligrosa. Pero al tratarse de una madre de familia blanca que evidentemente no amenazaba a nadie, incluso algunos votantes de Trump dudaron de su propaganda que presentaba al ICE como una fuerza que defendía a la población de peligrosos delincuentes. A los ojos de la mayoría, era el ICE el que había cometido un delito.

En los días siguientes, las protestas se multiplicaron, por supuesto en Minneapolis, pero también en otros lugares. La reacción de Trump fue enviar a Minneapolis a un millar de agentes de la CBP como refuerzo a los 2000 de la ICE —en comparación con los 800 miembros de la policía municipal de Minneapolis— con la esperanza de aplastar así cualquier voluntad de resistencia de la población. Un venezolano que se manifestaba el 14 de enero resultó herido por el disparo de un agente de la ICE.

Ahora bien, en esta ciudad, los habitantes ya habían protestado masivamente en 2020 contra la violencia policial cuando George Floyd fue estrangulado hasta la muerte por un policía en plena calle, la voluntad de organizarse se manifestó rápidamente de nuevo. A nivel local, en los barrios especialmente afectados por el ICE, se crearon redes de habitantes para vigilar los movimientos de la policía federal, avisar a los inmigrantes para que pudieran esconderse y bloquear con sus cuerpos los vehículos de estas tropas de ocupación.

Los abusos del ICE en ese lugar y las provocaciones de Trump en los medios de comunicación comenzaron a generar militantes. Tal fue el caso de Alex Pretti, un enfermero que filmaba a los agentes de la CBP el 24 de enero y ayudaba a una mujer a la que habían empujado, cuando fue derribado y asesinado por esos policías, de espalda, con diez disparos a quemarropa. Una vez más, la víctima fue acusada por la Casa Blanca. Por llevar un arma, lo cual es perfectamente legal, y aunque no la blandió, Pretti «quería masacrar a los policías» y fue calificado de terrorista por el jefe de gabinete adjunto de Trump. Pero el propio presidente, apenas explicando que «no se puede ir paseando con una pistola», se ganó duras críticas de la Asociación Nacional del Rifle (NRA). Este grupo de presión, más acostumbrado a apoyarlo, se sintió en la obligación de recordarle que muchos de sus votantes defendían su derecho a portar armas y que, para defender ese derecho, los miembros de la NRA solían manifestarse armados.

Reacción y organización de la población

Este segundo asesinato provocó la ira de un número aún mayor de habitantes de Minneapolis. En los días siguientes, más de treinta mil personas se inscribieron en las redes vecinales creadas para luchar contra el ICE y la CBP. En el área metropolitana, pequeños empresarios cerraron sus negocios o tiendas en señal de solidaridad con los manifestantes, animando a sus empleados a unirse a ellos.

La extensión de la movilización, y tal vez su intensificación, aunque sea difícil de juzgar, obligó en todo caso a Trump a tenerla en cuenta y a dar un paso atrás. Prometió que, por supuesto, continuaría con la misma política xenófoba, pero de forma más suave. Se autorizó una investigación contra los dos agentes de la CBP que mataron a Pretti. Sin desautorizar públicamente a su ministra de Seguridad Interior, el presidente le impuso la destitución del jefe del ICE en Minneapolis, Gregory Bovino, que había justificado el asesinato de Pretti. En su lugar, envió a su experto en expulsiones, Tom Homan. Tristemente conocido por separar a los hijos de los migrantes de sus padres, Homan tuvo que anunciar en un primer momento la retirada de Minneapolis de 700 policías federales, y luego de los 2300 restantes el 12 de febrero, alegando que, gracias a su acción, «Minnesota es menos que antes un santuario para los delincuentes», como él califica a los trabajadores inmigrantes. En dos meses, 4000 de ellos fueron detenidos. Sin duda, Trump espera que Homan sepa continuar la caza de migrantes a escala nacional sin suscitar demasiada oposición visible.

Al mismo tiempo, el ejército anunció que la Guardia Nacional se retiraba de Los Ángeles, Chicago y Portland, donde el gobierno federal la había enviado en 2025 para poner fin a las protestas contra el ICE.

Aunque esto pueda parecer un retroceso político, es limitado y no prejuzga el futuro, ya que los grandes batallones del ICE pueden seguir desplazándose de ciudad en ciudad. El otoño pasado, cuando Trump retiró al ICE de Chicago, no quiso que los manifestantes cantaran victoria y proclamó: «Volveremos, quizá de forma diferente y con más fuerza [...]. Es solo cuestión de tiempo». Homan acaba de hacer la misma promesa: «Volveremos» a Minneapolis.

Es cierto que en Minneapolis, la apisonadora Trump se encontró con una dificultad, no porque los políticos demócratas se ofendieran, ni porque los artistas e incluso algunos grandes patronos de Hollywood volvieran a criticarlo tras los dos asesinatos, y porque algunos altos mandos de la sociedad desaprueben sus métodos. Lo que ha importado es el hecho de que una parte de la población ha comenzado valientemente a organizarse, desde abajo, para mantener a raya a los matones armados del ICE y la CBP, y no aceptar esta ocupación paramilitar y este intento de aterrorizar a los barrios populares.

En Minneapolis, la movilización popular ha sido extraordinaria y ha adquirido un carácter militante, superando los círculos politizados habituales. ¿Puede esta reacción extenderse a otras ciudades? ¿Puede contribuir a que surjan numerosos rebeldes que quieran salir de su aislamiento? ¿Puede hacer evolucionar a los trabajadores y cambiar el ambiente en los lugares de trabajo? El futuro lo dirá. Trump, su Gobierno y, en general, los dirigentes del Estado, así como los capitalistas preocupados por mantener su dominio sobre la sociedad, pueden temerlo. Pero, por su parte, todos aquellos que se rebelan contra las injusticias y la política de Trump pueden esperarlo.

Trump no solo representa a una extrema derecha agresiva que quiere dividir a los trabajadores atacando a la parte inmigrante de la clase obrera, sino que también representa la arrogancia de un puñado de multimillonarios que chupan la riqueza de un planeta con ocho mil millones de seres humanos y le preparan un futuro sombrío. Frente a esta clase dominante y a sus representantes cada vez más arrogantes, la capacidad de reacción de la población, que ha quedado patente ante los ojos de todos, es portadora de esperanza.

16 de febrero de 2026