En la noche del 2 al 3 de enero, y siguiendo la tradición de los golpes de Estado fomentados por la CIA en América Latina y el Caribe, Trump lanzó un ataque contra Venezuela. Secuestró a Maduro, el presidente venezolano, y anunció que Estados Unidos gobernaría el país hasta nuevo aviso.
Los dirigentes de las grandes potencias, que son tan rapaces e imperialistas como Estados Unidos, aunque no dispongan de los mismos medios, ratificaron el golpe de fuerza.
Ahora, el equipo de Trump amenaza a Colombia. Quiere asfixiar económicamente a Cuba para que caiga su régimen. Y vuelve a hablar de anexionar Groenlandia. Todo el continente debe ponerse al servicio de los intereses de los capitalistas estadounidenses, y cuidado con aquellos que se nieguen a besar la mano del amo: ¡serán arrestados por una acusación grotesca y enviados a pudrirse en las cárceles estadounidenses hasta el final de sus días!
En Venezuela, es evidente que lo que interesa a la burguesía estadounidense es el petróleo. El país posee las mayores reservas mundiales de oro negro, y el Tío Sam no soporta que se le escapen. Cuando Trump afirmó el mes pasado «nos han quitado nuestro petróleo, queremos recuperarlo», quedó claro. Por el petróleo, la primera potencia imperialista del mundo está dispuesta, una vez más, a desestabilizar un país, si no toda una región, y a arrastrar a los pueblos a la guerra.
Más allá del petróleo, Trump quiere recuperar el control del continente americano para contrarrestar la competencia de China, que se ha convertido en el principal socio comercial de América Latina. Con este golpe de fuerza militar, Putin y Xi Jinping están advertidos: el Gobierno estadounidense está dispuesto a todo. Está al frente del país más rico del mundo y del ejército más poderoso, y quiere que sea él y nadie más quien gobierne el mundo.
¡Porque se trata del mundo, y no solo de Estados Unidos! Ucrania, Palestina, República Democrática del Congo, Siria, Irán... el sheriff de la Casa Blanca pretende imponer en todas partes los intereses de la burguesía estadounidense. Mientras regiones enteras ya están en llamas y el mundo entero es un polvorín, Trump amenaza y vocifera, con cerillas en las manos.
El mundo avanza a grandes pasos hacia una deflagración generalizada.
Mientras Macron hacía de lacayo jefe, los dirigentes europeos protestaban débilmente, explicando que esa no es forma de actuar. Y llamaban hipócritamente al respeto del derecho internacional y a la ONU, ¡como si eso hubiera detenido alguna vez una guerra!
La ONU siempre ha sido el refugio de los mayores bandidos del planeta. Ha servido para mantener una ficción, la de un orden pacífico respetuoso con las naciones y los pueblos. Ha hecho creer que se había acabado con los golpes de Estado y las expediciones militares fomentadas por las grandes potencias, que se había acabado con las anexiones y las colonias.
¡Qué broma tan siniestra! El orden colonial solo ha desaparecido para dar paso al imperialismo y a sus intervenciones militares, que permiten a los países capitalistas desarrollados, con Estados Unidos y las antiguas potencias europeas a la cabeza, seguir extrayendo las riquezas de los países pobres.
Los iraquíes, los libios, los afganos, los palestinos y muchos pueblos de África y Asia han sufrido el yugo del imperialismo, a menudo en el marco del supuesto derecho internacional y de la ONU. Sus ciudades han sido bombardeadas, sus familias diezmadas y sus condiciones de vida retrocedidas décadas. En los últimos años, ¿ha cesado la guerra para ellos, aunque solo sea por un día?
Lo que está sucediendo en Venezuela, Ucrania y Gaza es un presagio de lo que nos va a pasar a nosotros también. Porque mientras vivamos bajo el capitalismo, con la propiedad privada, las leyes del mercado y la competencia, tendremos guerra.
Hoy en día, los acontecimientos se precipitan porque la guerra económica entre los gigantes que son Estados Unidos y China es más feroz que nunca. El imperialismo estadounidense se vuelve más cínico, más codicioso, más agresivo. El resultado solo puede ser una guerra generalizada.
Trump, para seguir siendo el amo del mundo, y Putin o Xi Jinping, para defender su territorio, no tienen límites. Son capaces de destruir a la humanidad. Solo se detendrán bajo la presión de sus pueblos, cuando teman a los trabajadores, cuando teman que estos los derroquen a ellos y a su sistema capitalista, que es la base del imperialismo.
Nathalie Arthaud
Editorial de los boletines de empresas del 5 de enero de 2026