¡Abajo la nueva guerra imperialista!

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Textos del mensual Lutte de classe - Abril de 2026
Abril de 2026

Desde el 28 de febrero, una nueva guerra asola Oriente Medio. Decenas de millones de mujeres y hombres, en Irán, Líbano, Israel y en numerosos países vecinos, se ven sumidos en la guerra, son blanco de las bombas, se convierten en refugiados o quedan atrapados en buques de carga. Lejos de terminar «en cuatro semanas», como afirmaba Trump, esta enésima agresión israelo-estadounidense acentúa las contradicciones de la economía capitalista y amenaza con arrastrar a un país tras otro a la guerra.

Las fuerzas aéreas estadounidenses e israelíes bombardean Irán, destruyendo no solo bases militares, hangares que albergan drones y misiles, fábricas supuestamente dedicadas a la fabricación de armas, cuarteles y comisarías, sino también ministerios y otros edificios oficiales situados en pleno centro de Teherán y de las grandes ciudades, centrales eléctricas e infraestructuras vitales para la población. Desde el primer día, una escuela primaria quedó destruida, enterrando probablemente a 160 niñas. Según el Ministerio de Salud iraní, a 21 de marzo, habían muerto 1500 civiles, entre ellos 200 niños. En cuanto al ejército israelí, inmerso desde el 7 de octubre de 2023 en una guerra sin fin contra todos sus vecinos, está convirtiendo el sur del Líbano en una nueva Gaza. Por orden suya, más de 800 000 personas, de los 4 millones de habitantes del Líbano, han sido expulsadas de sus hogares. El Estado libanés, ya en bancarrota antes de esta nueva tragedia, es incapaz de ofrecer abrigo a estos refugiados, en su gran mayoría chiitas, a quienes, además, se presenta como una amenaza para las demás comunidades libanesas, con el pretexto de que estarían protegiendo a combatientes de Hezbolá.

La resistencia del régimen iraní

Cuatro semanas después del ataque israelí-estadounidense, a pesar de los asesinatos selectivos del « Líder Supremo », Alí Jamenei, y de decenas de altos cargos del Estado y de los Guardianes de la Revolución — los pasdaranes, que concentran la mayor parte de las fuerzas militares —, el régimen de los mulás no se ha derrumbado. En el interior, la agresión imperialista, según todos los indicios, ha reforzado el sentimiento nacional y ha permitido a la República Islámica recomponer su base social, mermada por las revueltas que se suceden desde 2017 y la masacre de manifestantes cometida los días 8 y 9 de enero. Las bombas israelo-estadounidenses no solo no ayudan a la población a «tomar el poder», como le instó Trump el 28 de febrero, sino que, por el contrario, la lucha contra «los traidores y los espías» sirve de pretexto para reforzar el control de la población y la represión contra todos aquellos que cuestionan la dictadura y los privilegios de los dignatarios del régimen. Así, el 19 de marzo, en Qom, el poder mediatizó el ahorcamiento público de tres jóvenes detenidos durante las manifestaciones de enero. Esta represión intensificada es una prueba, si es que hacía falta, de que las bombas imperialistas no traerán ninguna liberación.

En el exterior, el ejército iraní sigue estando en condiciones de atacar a Israel, a Estados Unidos y a sus aliados. En respuesta a los ataques israelíes contra las instalaciones de gas de South Pars, Irán ha atacado las instalaciones de Catar, que comparte con Irán la explotación del mayor yacimiento de gas del mundo. El régimen iraní ataca diversos objetivos, como plantas desalinizadoras, terminales portuarias o bases militares estadounidenses, francesas y británicas, en los Emiratos Árabes Unidos, en Arabia Saudí, Kuwait, Jordania, Irak, Azerbaiyán —aliado de Israel— y hasta la base estadounidense-británica de Diego García, en medio del océano Índico.

Una espiral cada vez más amenazante

Aunque nadie puede predecir cómo se desarrollará esta guerra, ya se vislumbra cómo se pone en marcha una espiral. Si bien los países del Golfo han intentado en un primer momento evitar la escalada —dado que sus instalaciones energéticas y sus puertos son el blanco de los ataques y su prosperidad se basa en el comercio, las finanzas, el tráfico aéreo y el turismo—, no podrán aceptar por mucho tiempo sin reaccionar los bombardeos iraníes y el bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz. El 19 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores saudí declaró que Arabia Saudí «se reserva el derecho de llevar a cabo acciones militares contra Irán», es decir, de entrar en guerra.

En cuanto a los dirigentes europeos, se comprometen a regañadientes, pero ya están implicados. Aunque Macron —a quien Trump y Netanyahu no se dignaron informar de su ofensiva conjunta— afirmó en un primer momento que «hay que rebajar la tensión», envió inmediatamente el portaaviones francés al Mediterráneo oriental. En el marco de los acuerdos de defensa firmados con diversos países del Golfo Pérsico, a cambio de la venta de aviones Rafale y otros equipos militares sofisticados, la aviación francesa habría derribado, en quince días y según el Ejercito del Aire, «varias decenas de drones y misiles iraníes lanzados contra los Emiratos». A este, por cierto, le preocupa el agotamiento de las reservas de misiles interceptores, aparatos que cuestan un millón de euros cada uno. La muerte de un soldado francés en una base cerca de Erbil, en Irak, ha servido para recordar que el ejército francés está presente de forma permanente, no solo en Irak, sino en todo Oriente Medio, donde estan desplegados cerca de 5000 soldados. El argumento esgrimido para justificar esta presencia militar es la defensa de los países aliados del Golfo, pero esta alianza, y no es casualidad, responde a los intereses vitales de Bouygues, Vinci o Veolia en las gigantescas obras de la región, de Dassault y Thales, los reyes del armamento, de la compañía marítima CMA CGM y de TotalEnergies.

Los demás Estados europeos, empezando por Gran Bretaña, antigua potencia colonial en Oriente Medio, tampoco pueden quedarse al margen. Ante la insistente petición de Trump de participar en la « securización » del estrecho de Ormuz — en realidad, su toma de control —, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial y en cuyas proximidades 3200 buques han quedado bloqueados por temor a ser hundidos, los dirigentes europeos comenzaron por negarse, antes de cambiar de tono. El 20 de marzo, seis de ellos afirmaban que estaban « dispuestos a contribuir en el marco de la ONU », pero « sin acciones ofensivas ». En plena guerra, no se puede tomar el control del estrecho de Ormuz sin acciones ofensivas, es decir, sin atacar las posiciones iraníes, lo que significa convertirse en beligerante. Aunque no hayan decidido esta guerra, aunque muestren vacilaciones, una vez iniciada, las potencias imperialistas secundarias se ven obligadas a seguirla, tanto para defender los intereses de sus capitalistas como por sus repercusiones en toda la economía mundial.

Para las clases populares de los países europeos, la consecuencia más inmediata es la subida vertiginosa de los precios del gas y de la gasolina, lo que, poco a poco, reavivará la inflación general. El precio que cobran los armadores por el transporte de contenedores ya ha aumentado, mientras que el tráfico marítimo internacional, que funciona en gran medida «justo a tiempo», es decir con stock mínimo, se ve desorganizado por el bloqueo de Ormuz. Los países asiáticos, que importan la mayor parte de sus hidrocarburos de Oriente Medio, ya están sufriendo efectos visibles. En la India se ha instaurado un racionamiento del gas adquirido por particulares. Al no disponer de grandes reservas estratégicas, países situados en el centro de la cadena de producción globalizada, como Vietnam o Bangladés, han tenido que paralizar o ralentizar fábricas e instalaciones por falta de combustible o de materias primas. Aún no se pueden medir los efectos que tendrá esta nueva crisis sobre la industria, los mercados y la competencia. Pero, como en todas las crisis anteriores, desde la crisis pos-COVID hasta la guerra en Ucrania, serán múltiples, modificarán las relaciones de fuerza entre capitalistas y empujarán a los Estados a intervenir de una forma u otra.

De una guerra regional a una guerra mundial

La guerra iniciada el 28 de febrero por Trump y Netanyahu contra Irán es más que una nueva guerra regional en un Oriente Medio que ha vivido tantas, desde Afganistán hasta el Líbano, pasando por Irak o Siria. Al igual que la intervención estadounidense en Irak en 2003, se ha iniciado sobre la base de una mentira —en aquella época, la existencia de armas de destrucción masiva; hoy, una amenaza nuclear— y sin una visión política por parte del imperialismo. Pero no será solo un nuevo atolladero militar estadounidense que sumirá a los pueblos en la barbarie, destruirá de forma duradera un país grande y relativamente desarrollado, desestabilizará una vez más toda la región y hará surgir nuevos señores de la guerra. Es un paso hacia la generalización de la guerra.

En primer lugar, Irán no es Irak en cuanto a tamaño, capacidad industrial, poderío militar e importancia económica. Es un punto estratégico para el petróleo, el gas y el comercio mundial, como lo demuestran las consecuencias ya visibles del bloqueo del estrecho de Ormuz y la destrucción de infraestructuras petroleras en la economía mundial. En segundo lugar, y sobre todo, esta nueva guerra se ha desencadenado en un momento en que el sistema capitalista se encuentra en una profunda crisis y en el que sus contradicciones se han agudizado desde 2003. Hace 25 años, los capitalistas solo juraban por la globalización, el libre comercio y la supresión de los aranceles. Hoy, la guerra económica que libran pasa por el establecimiento de barreras proteccionistas colosales y la intervención económica agresiva de los Estados. Hace 25 años, China aún no era la potencia económica en la que se ha convertido, capaz de competir con Estados Unidos en diversos sectores. Hoy, estos últimos parecen decididos a obstaculizarla a toda costa, reduciendo su acceso a las materias primas y a los mercados, empezando por el de América.

La nueva guerra contra Irán forma parte de una ofensiva general del imperialismo estadounidense para reorganizar el orden mundial a su conveniencia e impedir que surja un rival poderoso. Desde que volvió al poder, Trump parece decidido a someter o derribar a los regímenes poco dóciles, como demostró con el secuestro del presidente venezolano, Maduro, y la prohibición de enviar petróleo a Cuba, estrangulado a la isla y privándola de los medios para producir electricidad. Parece decidido a apoderarse de todos los territorios que considera indispensables para el dominio capitalista estadounidense, incluidos aquellos que están bajo el control de estados que antes eran aliados, como Groenlandia. En Oriente Medio, el régimen de los mulás se ha enfrentado de una u otra manera a Estados Unidos desde que derrocaron al régimen proestadounidense del Sha tras un profundo levantamiento popular en 1978-1979. Los éxitos militares obtenidos por Israel con el apoyo de Estados Unidos desde el 7 de octubre de 2023, como la destrucción de Gaza, que debilitó a Hamás, las derrotas sufridas por Hezbolá en el Líbano en 2024 y, posteriormente, la caída de Bashar al-Asad en Siria, así como los efectos de la «guerra de los doce días» contra Irán en junio de 2025, le dieron a Trump y a Netanyahu la sensación de que podían atacar directamente a Irán.

Según algunos comentaristas, "Netanyahu forzó la mano de Trump". Netanyahu necesita que su país esté en guerra para mantenerse en el poder y siempre ha presentado al régimen iraní como una amenaza existencial. Joseph Kent, un veterano de la guerra de Irak y alto funcionario de los servicios secretos estadounidenses, dimitió a mediados de marzo al declarar que "Irán no representa una amenaza inminente" y que Estados Unidos había iniciado la guerra "bajo la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense".

Sin embargo, más allá de lo cierto en estas afirmaciones y de la versatilidad de Trump -capaz de decir blanco un día y negro al siguiente-, no actuó impulsivamente. El estado mayor del ejército estadounidense desplegó pacientemente una armada alrededor de Irán, como había organizado con precisión los ataques aéreos sobre ese país en junio de 2025 y había desplegado otra armada en el Caribe alrededor de Venezuela. Más allá de las payasadas del personaje, más allá de su brutalidad e incompetencia, su política del palo grande, su voluntad de derribar a todos los regímenes que no funcionan según le conviene, su voluntad de debilitar a China, de someter a los imperialismos de segundo rango, incluso cuando son aliados, coinciden con los intereses profundos de la burguesía estadounidense, dispuesta a todo para mantener su hegemonía. Desde la presidencia de Theodore Roosevelt (1901-1909), Estados Unidos ha tenido una larga historia de presidentes que se esforzaban por someter a los países que se les resistían.

Si el regreso de Trump a la Casa Blanca encarna esa voluntad del imperialismo más poderoso de someter a sus competidores, y si su aventurerismo puede precipitar los acontecimientos, este avance hacia una nueva guerra mundial está inscrito en las contradicciones de la economía capitalista senil, y todos los dirigentes del mundo se están preparando activamente para ello desde hace varios años. Basta con observar la evolución de sus presupuestos militares, que han pasado de un total de 1,78 billones de dólares en 2018, tras varios años de estancamiento, a 2,72 billones en 2024, con un aumento de casi el 10 % el último año.

La guerra no ha cesado en ninguna parte del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y decenas de millones de mujeres y hombres han muerto en las últimas décadas en África o en Oriente Medio a causa de los conflictos alimentados por el saqueo imperialista. Sin embargo, el ataque israelí-estadounidense contra Irán forma parte de una nueva guerra que la historia recordará sin duda como la tercera de este tipo. Es cierto que su inicio podría situarse el 24 de febrero de 2022, cuando Putin lanzó sus ejércitos contra Ucrania, o bien el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás llevó a cabo sus ataques en Israel, o incluso en una fecha aún por llegar que marcaría la entrada de China o de otro país en la guerra.

Hasta la fecha, China se mantiene cuidadosamente al margen. Aunque tanto ella como Rusia ayudan a su aliado iraní —la primera suministrando material y comprando petróleo, y la segunda proporcionando información—, lo hacen con total discreción. Trump incluso ha llegado a dirigirse a los dirigentes chinos para pedirles que participen en el control del estrecho de Ormuz, del que China es una de las usuarias, tanto para exportar sus productos como para abastecerse de hidrocarburos. China no tiene ningún interés en entrar en esta guerra y Estados Unidos no busca implicarla en ella por el momento. Pero ningún dirigente, ni Donald Trump ni sus adversarios, controla las consecuencias en cadena de esta nueva guerra.

En algunos aspectos, la aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio recuerda la espiral de 1914, cuando un atentado en Sarajevo, debido al entramado de tratados, condujo en dos meses a la Primera Guerra Mundial. En aquella época, la guerra no estalló en razón de la muerte de un archiduque, sino porque el mundo capitalista era un polvorín que solo esperaba una chispa, cualquiera que fuera, para estallar. En un mundo muy diferente, con nuevos actores, un escenario de guerra mucho más amplio y un ritmo desconocido, se está poniendo en marcha hoy una espiral.

China no podrá mantenerse al margen de esta espiral. No solo es objeto de las maniobras de Trump, tanto en Venezuela como en Irán, ya que ambos países desempeñaban un papel importante en su abastecimiento de petróleo, sino que es el principal adversario del imperialismo estadounidense, al ser la única potencia realmente capaz de plantarle cara. Tarde o temprano, se verá implicada.

El enemigo principal está en nuestro propio país

Independientemente de cómo se desarrollen los acontecimientos y de quiénes sean los futuros beligerantes, esta nueva guerra es una guerra del imperialismo, una guerra decidida y dirigida por los representantes del capital más poderoso, decididos a mantener su hegemonía mundial por todos los medios. Los instigadores de la guerra son los dirigentes de los países imperialistas, y hay que rechazar la unión nacional que va a establecerse en los distintos países.

Hasta la fecha, en Francia, las presiones para someterse a esta unidad son escasas, ya que el país no se encuentra abiertamente en guerra. Pero estas presiones no pueden sino ir en aumento. Si se hunden los barcos franceses enviados al estrecho de Ormuz, si mueren soldados o ciudadanos franceses, si el agravamiento del caos en Oriente Medio provoca atentados en Europa, asistiremos a campañas belicistas y nacionalistas. Ya hemos visto a todos los líderes de partido, en plena campaña municipal, aprobar sin reservas el envío del portaaviones al Mediterráneo. Incluso Mélenchon y Panot, representantes de La France Insoumise, a pesar de estar marginados por los demás partidos, han declarado que «Francia debe cumplir sus compromisos».

Los comunistas revolucionarios no solo deben rechazar cualquier tipo de unión nacional, sino que deben luchar políticamente contra el esfuerzo bélico y contra los dirigentes belicistas hasta que los trabajadores alcancen la conciencia suficiente para querer oponerse a ello. Deben luchar para que el proletariado intervenga con sus propios objetivos y se niegue a ser sacrificado por los intereses de Total, Thales y Dassault. Deben denunciar el agravamiento de la explotación en las fábricas, que serán reorganizadas para la producción militar, y afirmar que quienes resulten mutilados o mueran, en un frente u otro, serán sacrificados por los intereses de los capitalistas. Esta lucha, si se lleva hasta el final, debe llegar hasta el derrocamiento de los gobiernos en el poder, sin detenerse ante el hecho de que pueda conducir a la derrota en la guerra del país al que se pertenece. Llevar esta lucha hasta el final es querer que la guerra imperialista genere revoluciones contra la burguesía y su sistema, que arrastra a la humanidad a la barbarie; revoluciones en las metrópolis imperialistas, cuyos dirigentes son los principales responsables de la guerra; una revolución en Israel, donde la población no siempre se unirá en bloque detrás de unos dirigentes cada vez más fascistoides que la mantienen en guerras sin fin; pero también una revolución en Irán, donde las clases populares y la juventud han demostrado muchas veces su combatividad y su valor en los últimos años. Derrocar el imperialismo significa actuar en favor de revoluciones en todo el mundo, incluyendo Rusia, donde la primera revolución proletaria de la historia puso fin a la Primera Guerra Mundial, y China, donde el proletariado es joven y está concentrado. Es natural que algunos trabajadores se sientan del lado de Irán y su régimen, de la Rusia de Putin o de la China de Xi Jinping, que se presentan como los defensores de la resistencia frente a Estados Unidos y su aliado israelí. Ante el cinismo, la brutalidad y la arrogancia de los Trump y los Netanyahu, es comprensible que cada misil iraní que alcanza su objetivo pueda parecer una pequeña venganza. Pero el único objetivo de los regímenes antiobreros, ya sea en Irán, China o Rusia, cuyas clases poseedoras y dirigentes son rivales de las potencias imperialistas que dominan el mundo, es encontrar su plaza dentro del orden capitalista. Esto no puede representar una perspectiva para los oprimidos del mundo entero. Tanto en Francia como en Irán, en Estados Unidos como en China, estos deben tener su propia política. Deben intervenir, actuar y organizarse más allá de las fronteras.

Esta perspectiva, defendida por la minoría de militantes que mantuvieron su internacionalismo al inicio de la Primera Guerra Mundial —con Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg en Alemania, y Lenin y Trotsky en Rusia— y, posteriormente, por un puñado de militantes trotskistas aún más minoritarios durante la Segunda Guerra Mundial, debe ser la de los comunistas revolucionarios, ahora que la burguesía sumerge al mundo en una nueva guerra.

25 de marzo de 2026