La posicion de los partidos

Yazdır
Octubre 2003

Durante los dos meses transcurridos entre el golpe de Estado frustrado del 29 de junio y el golpe de Estado victorioso del 11 de septiembre, mientras se veía como el ejército se preparaba casi abiertamente para derrocar al gobierno y estaba claro que Allende había elegido esperar el inevitable golpe de Estado sin hacer nada para impedirlo, ¿qué trataron de hacer los partidos de la Unidad Popular, qué política propusieron a sus militantes y a la clase obrera?.

Corvalán, el dirigente del PC, decía explícitamente que no quería armar a los trabajadores. En julio, escribía en "El Siglo", el órgano del Partido Comunista:

"Los reaccionarios (...) afirman que nuestra política pretende substituir el ejército de carrera. ¡No, señores! Seguimos y seguiremos defendiendo el carácter estrictamente profesional de nuestras instituciones militares".

El PC participó también en los Comités de Defensa (no armados) creados en las fábricas como medida de seguridad contra los sabotajes de la extrema derecha y que, además, estaban dispuestos a defender al gobierno en caso de ataque. Pero no eran ese tipo de comités sin armas y recluidos en sus fábricas lo que necesitaba la clase obrera. Ante el peligro que se cernía cada vez más sobre ellos y frente a los militares que se preparaban para fusilarlos, los trabajadores debían buscar formas de armarse, de establecer lazos entre las fábricas, los barrios, los sectores; debían prepararse a su vez para impedir que el ejército pudiera realizar sus propósitos. En dos palabras, debían prepararse para tomar la ofensiva si querían evitar verse degollados los unos tras los otros, cada uno en su fábrica o en su barrio. Desde este punto de vista, los Comités de Defensa no fueron más que una forma de dar gato por liebre a los militantes más combativos de las fábricas, desviándolos de tareas más urgentes y necesarias.

En cambio, para el Partido Comunista, lo más importante era tratar de impedir la guerra civil, pues partía de la certeza (es el propio Corvalán quien lo afirma) de que "si se desencadena la guerra civil, no tenemos ninguna posibilidad de victoria". Confiar en la buena voluntad de las Fuerzas Armadas le pareció, pues, hasta el fin, una alternativa menos peligrosa que la de apoyarse en la clase obrera.

Por su parte, el Partido Socialista se daba perfecta cuenta de que se iba hacia una catástrofe. Su líder, Carlos Altamirano, propugnaba armar a los trabajadores y, a la vez, llamar a la desobediencia en el ejército. Pensaba incluso que era la única posibilidad de evitar el desastre que se veía venir. Más tarde, aunque ya estaba convencido de ello, en 1973, diría:

"El desarrollo y la puesta en práctica de una estrategia armada en el transcurso del proceso revolucionario era algo muy difícil (...). Pero la vía pacífica en el Chile de 1970-1973 era imposible".

Sin embargo, no hizo nada. Se limitó a pronunciar discursos combativos. Más tarde, justificarla incluso al Partido Socialista diciendo:

"El PS hizo cuanto pudo para desarrollar una estrategia que garantizara una autodefensa del proceso revolucionario..."

Así pues, él también contribuyó a organizar los Comités de Defensa en las fábricas y en los barrios. Según Altamirano:

"El PS no podía hacer más. Ir más lejos hubiera puesto en peligro la unidad de la coalición gubernamental y la estabilidad del régimen".

En cuanto al MIR, éste se dedicó principalmente a adaptar una política a la emergencia de corrientes más radicales en el seno de la Unidad Popular y particularmente en el del PS. Debido a ello, tampoco el MIR propuso a la clase obrera una política claramente opuesta a la desarrollada por el gobierno.

De hecho, Altamirano y la izquierda del PS consideraban que no podían hacer nada sin las restantes fuerzas de la Unidad Popular y sin Allende. El MIR, por su parte, consideraba que no podía hacer nada sin él a la izquierda del PS.

Esto significaba, de eslabón en eslabón, hacer depender el futuro inmediato de la clase obrera de la política de Allende, el cual dejaba este futuro entre las manos del ejército.

Esta profunda desconfianza en la clase obrera es una de las características de los partidos que no son partidos revolucionarios proletarios. Su lenguaje revolucionario, cuando lo tienen, sólo sirve para engañar a los trabajadores haciéndoles creer que tienen unos jefes que están verdaderamente a su lado y con los cuales pueden contar, cuando, en realidad, no tienen ninguno. Si la clase obrera chilena lo hubiera sabido, quizá se hubiera buscado otros, quizá hubiera adoptado las decisiones que se imponían. Y es precisamente por esto que la política de la izquierda y de la extrema izquierda chilenas también fue criminal. Puesto que, con la confusión que mantenía en la conciencia de la clase obrera, contribuyó a dejarla indefensa y sin política frente a sus verdugos.

Últimos preparativos. el golpe de estado del 11 de septiembre

El 24 de agosto, el general Prats, que se había negado a colaborar con los golpistas, dimitió de su cargo de ministro y de su puesto de Comandante en Jefe del Ejército, para salvaguardar la unidad del ejército.

Allende nombró un nuevo Comandante en Jefe para cubrir la baja de Prats. El hombre elegido fue el general Pinochet. A partir de entonces, el ejército no necesitaría ni siquiera sublevarse para derrocar al gobierno: le bastaría con obedecer a su Comandante en jefe.

Entre finales de agosto y principios de septiembre, el ejército estuvo realizando acciones de gran envergadura contra el movimiento popular y llegó a controlar regiones enteras.

Un periodista ha explicado que, en Cantín, una región donde los campesinos indios se habían movilizado a fondo para recuperar la tierra:

"El golpe militar fue dado una semana antes que el golpe nacional. No quedó una sola cooperativa de las 134 de la región. Ni siquiera una. Todas fueron arrasadas. Los campesinos, hombres, mujeres, casi todos de origen mapuche, fueron detenidos, torturados (se les pedía dónde estaban las armas y las radioemisoras, el nombre de los campesinos que habían huido a la montaña), después, los cadáveres eran lanzados al mar".

El 4 de septiembre, hubo en Santiago una enorme manifestación para apoyar a Allende. 700.000 personas desfilaron ante el Palacio presidencial.

Pero la congregación de esta multitud desarmada no impresionó a los militares. Sabían exactamente a qué atenerse en cuanto a la fuerza que disponían los trabajadores. Habían transcurrido sólo dos meses desde el "trancazo" del 29 de julio y, aunque abortado, ese golpe de Estado era considerado muy aleccionador por los militares (Pinochet veía en él incluso el dedo de Dios indicándole las modificaciones a introducir en su plan). Durante estos dos meses los oficiales golpistas habían podido evaluar tranquilamente la relación de fuerzas, medir las posibles resistencias, comprobar la política de los partidos y conseguir incluso el control de las provincias, rompiendo militarmente las zonas de resistencias que más podían molestarles.

El 5 de septiembre, seis días antes del golpe de Estado, los Cordones Industriales enviaban a Allende una carta que constituye un dramático llamamiento a actuar sin pérdida de tiempo:

"Nosotros pensamos que no sólo se nos pone sobre la vía que nos conduce al fascismo a una velocidad vertiginosa, sino también se nos está privando de medios para defendernos. Es por ello, señor presidente, que os pedimos que os pongáis al frente de este ejército sin armas, pero poderoso por su conciencia; que os pedimos que los partidos proletarios dejen a un lado sus divergencias y se conviertan en la verdadera vanguardia de esta masa que se ha organizado, pero que no tiene dirección".

Los trabajadores acababan diciendo que si su llamamiento no era oído: "no habrá guerra civil en el país, sino una matanza fría, planificada, de la clase obrera más consciente y mejor organizada de América Latina".

Esta carta quedó sin respuesta.

Allende estaba convencido de que el golpe de Estado era inminente. El domingo, 9 de septiembre, ante la gravedad de la situación, decide anunciar "en el curso de las próximas horas"... ¡un referéndum!

Hasta el último momento, la izquierda se limitó pues, a oponer el arma fútil de la legalidad y de las papeletas de votos a las tropas y a las armas muy reales del Estado Mayor.

El 10 de septiembre, todo está en calma. Los buques de guerra zarpan como estaba previsto del puerto de Valparaíso para participar en unas maniobras conjuntas con la flota estadounidense. Pero, durante la noche del 10 al 11, la flota chilena regresaba después de haber echado al mar a todos los marineros y oficiales que no estaban de acuerdo con el golpe de Estado.

El 11 de septiembre, a las seis y media de la mañana, Allende se entera de que la marina se ha sublevado. No consigue ponerse en contacto ni con Pinochet ni con los demás jefes militares porque ninguno está en su casa. Sólo los carabineros responden al teléfono y llegan para proteger el Palacio presidencial, al cual Allende se dirige inmediatamente con sus ministros y consejeros.

A las ocho de la mañana, Allende, por la radio, anuncia la existencia de una insurrección y pide a los trabajadores que vayan a sus puestos de trabajo y que no pierdan la "la calma y la serenidad".

"Lo que deseo esencialmente-dice-es que los trabajadores se mantengan en guardia, que vigilen y eviten cualquier provocación. En una primera fase, debemos conocer la actitud, que yo espero positiva, de los soldados de la patria que han jurado defender al régimen establecido, el cual es la expresión de la voluntad de los ciudadanos, y que seguirán la doctrina que ha hecho y hace el prestigio de Chile, gracias a la conciencia profesional de las Fuerzas Armadas. En estas circunstancias, tengo la convicción de que los soldados sabrán cumplir con su deber. Sea como sea, el pueblo y los trabajadores, sobre todo éstos, deben estar activamente movilizados, pero en sus lugares de trabajo; deben escuchar el llamamiento que puede lanzarles y las instrucciones que les dará el camarada-presidente de la República".

Por su parte, la junta militar, en su primer comunicado radiado exige la dimisión inmediata del presidente. Esta vez, el golpe ha arrastrado a todo el ejército y también a los carabineros, que abandonan el Palacio presidencial.

Allende se niega a rendirse y a tomar el avión que le proponen los militares para que se marche al extranjero.

Entre las ocho y las nueve y media de la mañana, Allende se dirige cinco veces a la población; pero en ningún momento la llama a combatir contra las Fuerzas Armadas ni a acudir a defenderle.

A las doce y media, el Palacio está en ruinas a causa de los bombardeos a que ha sido sometido. Veinte hombres resisten todavía. A las dos de la tarde, todo ha terminado. Allende ha muerto con el fusil en la mano, después de haber desarmado a la clase obrera.