Chile: de la unidad popular a la dictadura militar

Yazdır
Octubre 2003

El 11 de septiembre de 1973, la Junta militar presidida por el general Pinochet derrocaba al gobierno de izquierda del presidente Allende y desencadenaba una de las más sangrientas represiones que han sufrido la izquierda y el movimiento obrero del mundo entero durante estos últimos años.

Uno de los miembros de esta junta, el general de Aviación Augusto Leigh, dijo fríamente: "Actuamos así porque vale más que haya 100.000 muertos en tres días que un millón en tres años, como en España". La referencia era clara. El objetivo quedaba perfectamente definido.

Una de las primeras disposiciones de la junta fue decretar la disolución de todas las organizaciones de izquierda y de los sindicatos.

La represión no correspondió a la resistencia encontrada, que fue limitada. En cambio, la masacre fue masiva y sistemática.

No hubo los 100.000 muertos entres días anunciados por Leigh. Pero sí 30.000 en un país de 10 millones de habitantes. A la escala del país, estos asesinatos, más los millares de militantes amontonados en las mazmorras de las comisarías y las bodegas de los barcos de guerra, en los cuarteles y los estadios, significaban la liquidación de toda una generación de militantes obreros y socialistas.

El comandante del estadio de Santiago, se dirigía en estos términos a los millares de personas que tenía a su merced en aquel campo de fútbol convertido en campo de concentración: "Sois prisioneros de guerra. No sois chilenos, sino marxistas, extranjeros. Por lo tanto, estamos dispuestos a mataros a todos. Por mi parte, lo haré con mucho gusto, con singular alegría. No creíais que me remorderá la conciencia si ninguno de vosotros sale vivo de este campo de prisioneros".

La junta había golpeado duro y rápido. Machacaba sobre todo a los pobres, a obreros y campesinos, utilizando para ello todos los medios de que disponía. Los tanques y los aviones de combate intervinieron desde el primer momento. El semanario francés "Le Nouvel Observateur" publicó un reportaje en el cual se podía ver cómo actuaba el ejército en aquellos momentos, no sólo en las ciudades, sino también en el campo: "Tres mil soldados han rastreado el sector. Desde los helicópteros, disparaban sobre los campesinos como si fueran conejos. La aviación ha rematado el trabajo a chorros de napalm. Seis días después, todo había terminado. Han habido centenares de víctimas".

La burguesía chilena, grande, mediana o pequeña, hacía pagara de esta manera el gran miedo que había pasado ante la multiplicación de las huelgas, la reforma agraria, las nacionalizaciones, y aplaudía los desmanes de una soldadesca ebria de venganza.

Pero, detrás de todo estro, había una opción política, un plan lúcido y premeditado de los militares y el mundo de los negocios para desarticular a la clase obrera y dejarla sin ninguna posibilidad de reorganizarse. Para conseguirlo, los generales no podían limitarse a proscribir al Partido Socialista, al Partido Comunista, al MAPU, al MIR o a la CUT (la central sindical), tampoco les bastaba encarcelar o asesinar a dirigentes y militantes políticos: necesitaban desencadenar una guerra sin cuartel contra el conjunto de la clase obrera, eliminar a los trabajadores más combativos y conscientes, intimidar a los demás.

Después de los asesinatos, torturas y encarcelamientos, vinieron los despidos. Hubo 300.000 durante el primer año de la dictadura. Al mismo tiempo, los militares establecieron un sistema de control para fichar a todos los trabajadores. Cada empresario, industrial o comerciante, debía enviar a las autoridades militares una copia del certificado de trabajo de cada uno de sus empleados, y los jóvenes o parados que solicitaban un empleo debían rellenar un cuestionario sobre sus antecedentes políticos.

De hecho, la junta puso bajo su tutela a todo el país. Los maestros de escuela y los profesores de institutos y universidades también fueron pasados por la criba, lo cual dio como resultado que entre el 30 y el 40% fueran expulsados de la enseñanza.

Así fue como la dictadura creó las condiciones para conseguir una superexplotación de la clase obrera chilena.

En unos años, el poder adquisitivo de los salarios fue reducido del 40%. La tasa de desempleo alcanzó rápidamente el 20%, y millares de parados se vieron obligados a aceptar empleos llamados de utilidad pública por los que sólo percibían un tercio del mínimo vital.

He ahí como Chile, ese país que tenía fama de ser la Inglaterra de América Latina debido a su respeto por la legalidad, cayó bajo la dictadura más tenaz y feroz del continente.

Entre 1970 y 1973, puede decirse que Chile y la Unidad Popular acapararon la atención de toda la gente de izquierda, cuya inmensa mayoría compartía las ilusiones de la UP. En Francia, por ejemplo, los dirigentes socialistas y comunistas no cesaron de cantar los méritos de la vía chilena al socialismo, la cual, decían, ¡prefiguraba la vía francesa!

Ahora, Chile ha sido relegado al lugar que ocupan las innumerables y obscuras dictaduras que muchos consideran propias de los países subdesarrollados. Pues no, La dictadura que tantos estragos ha hecho y hace en Chile es precisamente de la misma especie que las padecidas en Europa. Ya que la derrota del proletariado chileno fue propiciado por los mismos mecanismos fundamentales que condujeron a la derrota del proletariado italiano en 1922, del proletariado alemán en 1933 y del proletariado español en 1939.

La historia muestra que el aparato militar de la burguesía sabe lo que hace. Cuando la clase obrera descubre su fuerza, pero todavía no está preparada para servirse de ella; cuando la revolución aún no ha llegado, pero podría llegar, como se dio el caso en Chile, la burguesía prefiere adelantarse a los acontecimientos. Y, para conseguirlo, todavía no ha encontrado otros métodos que los basados en la represión feroz, la liquidación física de los militantes, la ejecución de los dirigentes.

Y estos métodos han demostrado ser terriblemente eficaces. La burguesía los conoce desde 1848 y ha sabido transmitirlos a través del tiempo por todo el mundo. No así el proletariado, que rehace regularmente, allá o aquí, la misma experiencia y no consigue transmitirla porque no cuenta con dirigentes capaces de recordarla y de sacar de ella las debidas lecciones.

Todos los obreros y los militantes honestos, empezando por los militantes revolucionarios, se sienten profundamente solidarios de las víctimas de los verdugos. Sin embargo, parafraseando lo que decía Trotski en 1933 refiriéndose a los comunistas y socialistas alemanes, sería el colmo de la hipocresía exigir silencio en torno a la política funesta de las organizaciones de la izquierda chilena durante el trienio de Allende, con el pretexto de que sus representantes fueron víctimas de ella. Ya que, como decía Trotski: "nuestra solidaridad no se estira hasta aceptar los errores de los dirigentes", y añadía: "Una derrota encubierta con ilusiones significa la ruina. La salvación reside en la claridad. Sólo una crítica despiadada de todos los errores y faltas puede preparar la gran revancha".

De igual manera, hoy, la solidaridad de las organizaciones revolucionarias auténticas hacia los cada vez más numerosos luchadores que se enfrentan actualmente con la dictadura de Pinochet , debe ser inatacable. Sean cuales sean las banderas y los programas por lo que combaten, todos arriesgan diariamente su vida. Pero también hoy sería el colmo de la hipocresía o en cualquier caso, una muestra de indiferencia, negarse a discutir las políticas por las que tantos obreros y militantes arriesgan su vida. Pues toda la historia del movimiento obrero muestra que la abnegación y el heroísmo de las masas y de los militantes no basta. Los trabajadores, los pobres, saben morir. Pero han ofrecido ya demasiadas veces su inmensa bravura a sus explotadores políticos. Han muerto ya demasiadas veces por nada. Y cuando alguna vez consiguen la victoria, acostumbran desaprovecharla, preparando así su propia pérdida.

Es por ello que nuestra firme solidaridad con todos los que luchan actualmente contra la dictadura militar no nos impide, al contrario, nos obliga a emitir un juicio sobre la política y la naturaleza de las organizaciones tras las cuales, hace doce años, tantos militantes fueron movilizados y conducidos al desastre; pues son las mismas organizaciones tras las cuales se les propone movilizarse hoy.