La reacción de los trabajadores

Yazdır
Octubre 2003

Garcés, el consejero de Allende, cuenta que la dirección de la Unidad Popular se reunió el día 11 por la mañana para llegar a la siguiente conclusión.

"No se debe ofrecer resistencia. Los obreros deben abandonar sus lugares de trabajo y volver a sus casas".

Corvalán explicará más tarde que:

"Para luchar contra los golpistas no habrían faltado combatientes. Había voluntad de lucha. Pero una vanguardia responsable no puede tener en cuenta este solo factor. La verdad es que esta voluntad de lucha estaba limitada por una impotencia real".

Altamirano, por su parte, cuenta que la Comisión militar del Partido Socialista, con asistencia de todos sus miembros, se había reunido y había llegado a la conclusión de que:

"Las posibilidades de defensa eran prácticamente nulas. Ya no era posible, en una sola mañana, poner en marcha lo que habría debido ser programado desde hacía meses o, por lo menos, durante las semanas precedentes. La idea de llamar a los trabajadores al centro de Santiago o de llamarlos a una huelga nacional fue desechada".

En los barrios obreros, en las empresas, los trabajadores están movilizados, en conformidad con los planes previstos por los Comités de Defensa y allí esperan consignas y armas.

En realidad, hacia ya varias semanas que los trabajadores se preparaban, como en este barrio de Santiago, desde donde se nos cuenta:

"La séptima y la octava comuna están dispuestas a defender el barrio en caso de guerra civil; es decir, ocupar puntos neurálgicos como la policlínica, pero también defender el barrio en su conjunto. Estos grupos disponen de muy pocas armas de fuego antes del golpe de Estado. Los partidos (MAPU, MIR, PS), deben proporcionar armas y municiones. El 11 de septiembre de 1973, las armas son anunciadas, pero no pasa nada. Los grupos de defensa ocupan el barrio, disparan contra la policía. Las calles se vacían, la gente se esconde. El día siguiente se anuncia de nuevo que llegarán armas al atardecer. Circulan rumores de que el general Prats viene del Norte, que el general X viene del Sur. Durante cinco días, los militantes ocupan el barrio esperando unas armas que no llegarán jamás".

En la fábrica Sumar, los trabajadores esperan inútilmente instrucciones. Los militantes están divididos acerca de lo que conviene hacer. Comienzan, sin embargo, a prepararse para resistir sin armas. Se recuperan algunas por azar. Cuando llegan las consignas del PC, se produce la desbandada. Doscientos obreros se quedan y luchan encarnizadamente contra la policía y las fuerzas del ejército que disparan desde todos los lados. La fábrica es atacada desde el aire por helicópteros y aviones.

En la fábrica de material eléctrico que ha sido convertida en el Cuartel General del Cordón de Cerrillos, llegan por la mañana hombres y armas procedentes de las otras fábricas del cordón. Pero los trabajadores esperan instrucciones y pierden un tiempo precioso. Discuten entre ellos para decidir si hay que defender la fábrica o marcharse a combatir fuera. Algunos se marchan, otros se quedan.

Los partidos de izquierda habían dejado a los trabajadores sin dirección; prácticamente sin armas; aislados los unos de los otros; sin planes para pasar rápidamente a la ofensiva, procurarse armas y luchar.

No obstante, batirse no habría costado más caro a los trabajadores y a los militantes que dejar a Pinochet salirse con la suya sin oponerse realmente a ello. Y habría habido quizá entonces una posibilidad de vencer. Pero el caso es que, después de haberse negado a creer en la lucha o a preparar el combate, los jefes de la izquierda habían dejado de creer en la posibilidad de batirse cuando el enemigo se lanzó a la lucha.

Eso era quizá todavía posible el 11 de septiembre.

Desde luego, el ejército no estaba dividido en dos como lo preveían los estrategas de la izquierda; pero surgieron dudas entre la tropa, algunos soldados se negaron a obedecer y lo pagaron con su vida.

Los carabineros sólo se pusieron al lado del ejército cuando vieron que ni el propio Allende llamaba a resistir. Sobre 25.000 carabineros, los golpistas fusilaron a 3.000 por haberse negado a obedecerles.

Los obreros, actuando con rapidez, quizá habrían podido apoderarse de las armas, si no hubieran confiado y esperado que los dirigentes se las proporcionaran. En algunos lugares, los trabajadores consiguieron armarse en cuarteles y comisarías de la policía, pero fueron casos aislados.

Los medios puestos en acción para apoderarse de Santiago (aviación, tanques), muestran que los golpistas temían, a pesar de todo, una violenta reacción de última hora de la clase obrera. Los soldados, por lo menos, así lo creían y tenían probablemente miedo. Hay que tener en cuenta que una de las tácticas de los generales fue hacerles creer que la izquierda había preparado un plan subversivo y que los partidos de izquierda estaban armados hasta los dientes.

Lo que les faltaba a los trabajadores no era ni ganas de batirse ni valentía. Tampoco eran inferiores numéricamente, pues en Santiago eran centenares de miles frente a un ejército que sólo contaba, sin los carabineros, con un total de 50.000 hombres. Lo que les faltó a los trabajadores fue una dirección tan decidida como ellos, la cual habría podido, con un plan de conjunto, dar toda su eficacia al brío y coraje de los obreros. Pero la que se habían dado les dejó vergonzosamente abandonados ante el peligro de muerte y aniquilamiento que se cernía sobre ellos.