La respuesta de la clase obrera y de los partidos de izquierda

Imprimir
30 años del golpe de estado de Pinochet en Chile : lecciones de una tragedia
Octubre 2003

Frente a esta nueva ofensiva de los patronos y a los ataques fascistas, los cordones industriales y las organizaciones populares se volvieron a movilizar para combatir el mercado negro, asegurar el abastecimiento, organizar grupos de autodefensa...

La clase obrera se mostraba dispuesta a actuar por poco que se lo pidieran. Pero los dirigentes de los partidos de izquierda no le proponían nada. Allende había resumido así su política en su mensaje al Congreso, en mayo de 1973:

"El régimen democrático y la paz civil se apoyan mutua y recíprocamente y quien atenta contra uno de los dos, atenta contra ambos".

Ello equivalía a predicar la moral a la derecha y a pedir a los trabajadores que se mantuvieran tranquilos. Allende sólo les pedía que aumentaran la producción... para combatir el fascismo.

El Partido Comunista lanzó una campaña bajo el lema "No a la guerra civil".

El Partido Socialista empleaba un lenguaje más radical. Sepúlveda, uno de sus dirigentes nacionales, durante este mismo mes de mayo, decía:

"En primer lugar, debemos establecer claramente el carácter de esta guerra civil: es una guerra de clase. Ellos no pretenden únicamente derrocar al gobierno, sino imponerse brutalmente como clase, hacer correr la sangre a raudales para que los trabajadores no pretendan reconquistar el poder durante mucho tiempo. (...)

Es por ello que la acción contra la guerra civil no puede ser defensiva ni pasiva; es una lucha activa para derrocar a la contrarrevolución -tomando la ofensiva- que debe organizarse a todos los niveles".

Muy bien. ¿Qué proponía pues?

"(...) Todos los órganos de masa (CUT, sindicatos, cordones industriales, comandos rurales, juntas de vecinos, consejos campesinos, frentes patrióticos, juventudes, mujeres, etc.) deben mantenerse en estado de alerta y de vigilancia revolucionaria y desarrollar iniciativas que contribuyan a la defensa del gobierno, como, por ejemplo, crear fuerzas orgánicas civiles que colaboren con la fuerza pública en el mantenimiento del orden y la defensa del patrimonio nacional..."

Consciente quizá de la inconsistencia de su lenguaje, añadía:

"Cuando se produzca una circunstancia concreta y determinada, se avisará sobre las iniciativas a poner en práctica".

En claro, esto significaba: "Ya veremos más tarde".

Por su parte, el líder del MIR, Miguel Enríquez se expresaba así:

"(...) Nosotros afirmamos que la tarea fundamental es la de acumular una fuerza suficiente a partir de las masas para impedir la guerra civil, o para ganarla, si por azar es desencadenada por una decisión de la reacción. No se llegará a esta acumulación de fuerzas más que preparando un programa revolucionario del pueblo, que surgiría de la discusión en el seno de la clase obrera y del pueblo, y en desarrollo y el fortalecimiento de los órganos de masa".

En dos palabras, generalidades seudorrevolucionarias cuando el peligro está ahí, inmediato, concreto, y que la clase obrera no necesita una discusión sobre un programa, sino prepararse para hacer frente a ese peligro.

He ahí el drama del proletariado chileno: todos los que pretendían ser sus defensores, sus dirigentes, tanto los de izquierda como los de extrema izquierda, tanto los partidos comunista y socialista como el MIR, sólo gritaban y repetían "no a la guerra civil", "no a la guerra civil", como si sus invocaciones pudieran alejar el peligro por arte de encantamiento. Aterrorizados por el desarrollo implacable de la lucha de clases, arrastrados por el vértigo, preferían cubrirse el rostro y mirar hacia otra parte. Refugiarse en los buenos sentimientos, el pacifismo, la no violencia, he ahí el mayor crimen que pueden cometer las gentes que pretenden ser los jefes de la clase obrera.

En Chile, ante el peligro, ante la inminencia de una guerra a muerte, han desarmado la clase obrera. En vez de armarla política, moral y materialmente, antes de conducirla al combate con las mayores posibilidades de éxito, la condujeron -desorientada, desmoralizada y desarmada- al matadero.

Sin embargo, en el propio seno del ejército había hombres dispuestos a enfrentarse con sus oficiales. Por ejemplo, desde 1972, los marineros y suboficiales de los buques de guerra informaban a los dirigentes de la Unidad Popular acerca de los planes de golpe de Estado que tramaban los militares y se habían preparado para adelantarse a los golpistas. Tenían un plan para apoderarse de los buques y servirse la potencia de fuego de la Marina de Guerra contra las unidades golpistas. Los representantes de esta organización de la marinería se entrevistaron con responsables de los partidos de izquierda. Juan Cárdenas, uno de los líderes de los marineros, dijo acerca de esta entrevista:

"Un camarada y yo fuimos a una reunión a la que asistían varios dirigentes de la Unidad Popular. Allí les dimos toda la información referente al golpe de Estado (...) Entonces, un miembro de la Comisión Política del Partido Comunista nos desacreditó de entrada diciendo que estábamos tratando de enfrentar el Estado Mayor y el Gobierno el uno contra el otro, que el Estado Mayor estaba trabajando con el gobierno, siguiéndolo, y que por eso era un Estado Mayor progresista (...).
Los camaradas del MIR se mostraron más interesados -eran desde luego los mejores de toda la izquierda- pero, aunque nos escucharon más que los otros, tampoco obtuvimos de ellos lo que buscábamos (...).
Paso ahora al camarada Garretón, un hombre que pretendía ser revolucionario y que estaba en MAPU chileno (...). Este nos pregunto: "¿Y qué es lo que queréis hacer, vosotros?". "¿Nosotros?. Nosotros estamos preparados para contrarrestar este ataque". "Bueno, ¿pero cómo vais a contrarrestar este ataque?". "La condición número uno es que todas las baterías estén preparadas para abrir el fuego en una fracción de segundo". "Bueno, ¿y porqué queréis abrir el fuego?" " Pues bien, porque debemos destruir a toda la infantería de marina". Esto no le gustaba nada. Nos dijo que no se podía hacer, que ello mancharía el prestigio de la izquierda chilena (...).
A pesar de todo, probamos luego del lado de los socialistas (...). Allí, un compañero nos dijo que nuestro plan estaba bien, pero que podríamos ponerlo en práctica después que los militares hubieran dado su golpe de Estado. Nosotros le explicamos que esto sería imposible, que en las acciones militares sólo son eficaces los golpes que se dan primero. Cuando ellos habrán realizado su golpe, no quedará ninguna probabilidad. No podremos ni explicarlo si quiera, ya que estaremos muertos. Se nos respondió que había que esperar un poco.
Después de todas estas experiencias, muchos camaradas no querían ir más lejos, mientras que otros, la mayoría, decían que era preciso buscar apoyos, no importa de qué manera; pues, nosotros, somos la clase obrera y, por consiguiente, debemos estar con los obreros, si no, de todas maneras, serán los otros quienes nos liquidarán cuando hagan su golpe de Estado".

La determinación de los marinos, sus vehementes deseos de luchar y de darse los

medios para poder vencer, chocaban con la pasividad y la indecisión de los dirigentes de la izquierda, precisamente cuando todo el país estaba pendiente del inminente golpe de Estado previsto para fines de junio.