El golpe de estado abortado del 29 de junio

Print
30 años del golpe de estado de Pinochet en Chile : lecciones de una tragedia
Octubre 2003

En presencia de un nuevo y conocido plan subversivo de los militares, las autoridades no podían permanecer inactivas. El general Prats, entre el 25 y el 26 de junio, ordenó la detención de algunos generales y el gobierno proclamó el estado de emergencia. El golpe de Estado tuvo que ser aplazado.

Pero, el 29 de junio, un regimiento de blindados se sublevó y atacó el Palacio presidencial.

La CUT llamó inmediatamente a los trabajadores pidiéndoles que ocuparan las fábricas. Los partidos de la Unidad Popular se reunieron y declararon estar dispuestos a distribuir armas entre los trabajadores. Allende también se dirigió a estos últimos para que ocuparan sus puestos de trabajo y les anunció que recibirían armas "si la situación lo requería".

Pero fue el general Prats quien se puso al frente de las tropas leales al gobierno y quien obtuvo la rendición de los amotinados. La resistencia ofrecida por éstos no fue excesiva, pero hubo a pesar de todo una treintena de muertos, en su mayoría civiles que se presentaron sin armas con el propósito de ayudar a sofocar la rebelión.

Una inmensa muchedumbre se congregó después de estos hechos ante el Palacio presidencial, donde Allende hizo aclamar al ejército leal por la multitud.

He ahí la opinión de un militante de los cordones acerca de este acontecimiento:

"Está bien que una parte de las Fuerzas Armadas haya defendido al gobierno, pero yo pienso que el ejército está ahí para defender los intereses dela burguesía, y nadie me convencerá de lo contrario, ni el camarada Allende, ni el partido al que pertenezco. Esto es lo que pienso. Nosotros, los obreros, debemos prepararnos. Cuando hemos ido a la manifestación, he tenido la impresión de que el camarada Allende no tenía confianza en los trabajadores".

Como en octubre de 1972, mejor todavía que entonces, la movilización obrera

respondió a la tentativa de golpe. Varios centenares de empresas fueron ocupadas en Santiago. La resistencia fue organizada por los cordones, que se coordinaron entre sí. La CUT se hizo representar en todos ellos (hasta entonces no se había dignado ni a reconocerlos). En el campo, los campesinos empezaron a apoderarse de las tierras que no habían sido tocadas por la reforma agraria. En todas partes, los trabajadores aspiraban a destruir el poder de los propietarios arrebatándoles los medios de producción. En todas partes, los trabajadores se preparaban para resistir.

Pero la preocupación de Allende seguía siendo siempre la misma: llegar a un entendimiento con la Democracia Cristiana. Con tal fin, trató incluso de hacer entrar a miembros de ésta en el gobierno. Pero la Democracia Cristiana se opuso a ello. No obstante, Allende no rompió el diálogo con el PDC, sino que trató de satisfacer uno de los puntos fundamentales que planteaba la Democracia Cristiana para llegar a un acuerdo (el de "reforma de las tres áreas de la economía"; es decir, dar prioridad a las áreas privada y mixta en detrimento del área social). Para lo cual, Allende propuso un plan de recuperación económica y volvió a exigir a los trabajadores que devolvieran las fábricas. Esta vez, necesitó varios días para hacérselo admitir a la CUT. Pero, finalmente, el 10 de julio, ésta cedió, contribuyendo, así, a acabar de desmoralizar a los trabajadores.

En una fábrica textil, una obrera de 49 años que había ocupado la fábrica con sus camaradas expresaba su indignación por esta decisión de la CUT en los siguientes términos:

"Esta declaración es una traición a la clase obrera. Quizá esta empresa sea pequeña; pero, en el fondo, lo que hay de importante aquí es político, no económico: si nosotros, los trabajadores, queremos el poder, jamás lo obtendremos devolviendo las fábricas, por pequeñas que sean".

A pesar de la deserción de la CUT, los trabajadores resistieron en un centenar de empresas. Sin embargo, muchos empezaban a sentirse traicionados.

Cortando y frenando la movilización popular, el gobierno se condenaba irremediablemente. Pero, entre la resolución revolucionaria de los problemas por las masas proletarias en acción, y el caos, la parálisis y pronto la muerte, Allende escogía la muerte. Todo antes que apoyarse en la fuerza de la clase obrera.