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Lucha de clase
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#09
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Junio, julio, agosto 1997
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Προηγούμενο
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Albania - De la pobreza a la explosión social
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Durante las seis semanas que van aproximádamente de mediados de enero de 1997 al 28 de febrero, las manifestaciones contra el
gobierno en Albania se han convertido en motín, y el motín en insurrección armada. El punto de partida de estas
manifestaciones ha sido la quiebra de empresas financieras estafadoras, claramente relacionadas con el poder, que han arruinado
a decenas de miles de pequeños ahorradores. Pero, sin lugar a dudas, la ira contra el gobierno, contra la pobreza, contra la
situación sin salida en la que se encuentra la mayoría de la población, era compartida y no solo por los que han caído en la
trampa de la esperanza de una ganancia rápida.
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Iniciada en la ciudad de Vlora, la insurrección ha abrazado el tercio sur del país en pocos días. La población se ha
apoderado de los depósitos de armas, ha tomado los cuarteles con la benevolente neutralidad de los militares y se ha enfrentado
al SHIK, la policía política del régimen. Los intentos del régimen para vencer el alzamiento, enviando tanques aquí,
helicópteros allá, y dando a las tropas la orden de tirar, no han conducido más que a un duro revés. El ejército se ha
desvanecido, los cuarteles han sido desertados, la policía política ha terminado por esconderse y parte de los militares se ha
unido a la insurrección. En vez de haber sido contenida, la insurrección ha alcanzado las ciudades del Norte y ha rodeado la
capital, Tirana.
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La insurrección ha sido una insurrección popular, con el apoyo e incluso la participación directa de gran parte de la
población, en el Sur por lo menos. Por primera vez desde hace mucho tiempo en Europa, una revuelta popular ha sabido armarse y
dislocar los órganos del Estado. Sin embargo, desde entonces, parece no avanzar, por falta de perspectivas y por falta de
organizaciones que puedan representarlas.
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Un pasado de pobreza y opresión
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Pequeño país de menos de 30 000 km2 y de 3 440 000 habitantes, Albania es el país más pobre del continente europeo. Los
comentaristas añaden que su economía descalabrada es el resultado de cincuenta años de régimen llamado comunista. Esto es
tendencioso y estúpido porque, desde su independencia, a partir de 1912, Albania ha sido siempre la región la menos
desarrollada de Europa. Por ejemplo, el primer ferrocarril no se construyó más que en 1948, si no se cuentan las vías
construidas por razones militares por el ejército italiano que ocupó el país durante la Segunda Guerra mundial.
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La corta historia de la Albania moderna, como la de todos los Estados vecinos de los Balcanes, está profundamente marcada por
las rivalidades entre grandes potencias imperialistas, que actúan directamente o por medio de pequeñas potencias regionales.
Empezando por el nacimiento mismo de un Estado albanés independiente.
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Los territorios habitados por los Albaneses estaban bajo dominio del imperio otomán desde más de cuatro siglos. Pero el
imperio otomán decrépito sobrevivía desde hacia tiempo únicamente porque los apetitos de las grandes potencias - las
potencias imperialistas británica, francesa y alemana, y además Austria-Hungría y Rusia - se neutralizaban. Y en los cerca de
cuarenta años que están a caballo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, los despertares de las distintas
nacionalidades de los Balcanes como las reivindicaciones territoriales de aquellas que ya habían conseguido constituirse en
Estados, abrieron nuevos campos de maniobra para los imperialismos rivales. Esto dió lugar a una sucesión de guerras llamadas
"balcánicas", hasta que la última de ellas se transformó en guerra mundial, la primera con este nombre.
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Fué una de estas guerras balcánicas la que dió la oportunidad a los jefes políticos albaneses de proclamar la independencia
con respecto a un imperio otomán en descomposición. Esto sucedió el 28 de noviembre de 1912. Faltaba todavía por tener el
consentimiento de las grandes potencias.
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Después de haber discutido todo tipo de combinaciones - dejar a Turquía un poder nominál sobre una Albania autónoma,
despedazar la región habitada por los Albaneses entre los Estados vecinos de Serbia, de Montenegro y de Grecia, o atribuirla
toda entera al joven imperialismo italiano vecino - las grandes potencias, reunidas en Londres en julio de 1913 para concluir
una de las guerras balcánicas, optaron finalmente por una Albania independiente. Seguramente porque esta solución no reforzaba
demasiado uno de los bandos rivales o uno de los Estados vecinos con respecto a los demás y por lo tanto preservaba el futuro.
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En todo caso, la Albania moderna no nació en Tirana sino en Londres. Y también es en Londres donde fueron dibujadas sus
fronteras. El trazado dejaba fuera de las fronteras del nuevo Estado cerca de la mitad de los Albaneses de la región,
repartidos entre Montenegro, Macedonia y sobre todo Serbia. Hoy todavía, 40 % de la población albanesa vive en los paises
vecinos de Albania, esencialmente en el Kósovo a mayoría albanesa pero perteneciente a Serbia, y en la república de
Macedonia, nacida de la descomposición de la ex-Yugoslavia. Pero en cambio, esa división arbitraria dejaba en una región del
sur de Albania una minoría griega, fuente también de tensiones futuras.
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Las potencias imperialistas, en su extrema solicitud hacia los Albaneses, se ocuparon incluso de encontrarles un rey, un
desconocido principe allemand. Pero este principe no tuvo más que seis meses para familiarizarse con los placeres pastorales de
las montañas albanesas antes de ser expulsado por una insurrección popular que dejó el país durante varios años en estado
de anarquía, donde cierto numero de señores feudales y de jefes de clanes se disputaban el poder. Y durante la Primera Guerra
mundial, aunque Albania fuese un país neutro, esto no impidió que la ocupasen las tropas de tres potencias que, de rivales,
habían pasado a ser enemigas : Italia, Austria-Hungría y - ¡ tenía por supuesto que estar metida en el asunto ! - Francia
(sin hablar de las tropas de Serbia, de Montenegro y de Grecia que pasaban ocasionalmente por allí).
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Regresada la paz, Albania escapó por lo menos a un despedazamiento entre Italia y Grecia, a pesar de que este estuviese
previsto por un tratado secreto firmado, siempre en Londres, en 1915, en plena guerra. Pero hizieron falta dos años más,
después del final de la guerra, para que las tropas de las potencias que tenían distintas intenciones sobre el país - las
tropas italianas, griegas y francesas - acabaran por irse las unas detrás de las otras.
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Albania fué pués restablecida según las fronteras de los acuerdos de Londres de1913. Pero hizieron falta entonces tres años
de lucha entre bandas armadas, de insurrecciones y de maniobras, detrás de las cuales se encontraban a menudo las potencias
vecinas, para que un gran feudal, jefe de un clan, empujado por la Italia de Mussolini, estabilice la situación a su provecho.
Después de una brillante carrera, que va de verdugo principal en la represión de una insurrección, a ministro del Interior,
Primer ministro, seguido de una expulsión del país por algún tiempo debido a una insurreccción, hasta su vuelta encabezando
tropas reclutadas en el extranjero, se convirtió en presidente de la República, antes de atribuirse en 1928 el título de rey
de los Albaneses con el nombre de Zog I.
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Sin embargo, con la proximidad de la segunda guerra mundial, el imperialismo italiano dejó de sentir la necesidad de mantener a
un hombre de paja autóctono en el gobierno de Albania. El 7 de abril de 1939, las tropas de Mussolini ocuparon el país y cinco
días más tarde, una asamblea fantoche proclamó el rey de Italia Victor-Emmanuel III, rey de Albania. Desde ese momento, el
país, que seguía siendo el más pobre de Europa, que seguía conservando estrúcturas sociales feudales por no decir
pre-feudales, se veía encima reducido al rango de colonia italiana, proveedora de materias primas y productos alimenticios, y
base estratégica para nuevas aventuras del imperialismo italiano en los Balcanes.
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De la resistencia al régimen de Enver Hodja
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Es en el combate contra la ocupación italiana, y, después de la capitulación italiana ante los Aliados, contra la ocupación
alemana, que se han formado los grupos armados de resistencia, de los cuales iba a sobresalir el principal de ellos, animado por
un joven partido creado por la unificación de varios grupos llamados comunistas y dirigido por Enver Hodja.
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Durante cuarenta años, Albania ha sido lo que los periodistas ávidos de fórmulas han entonces llamado "el país más
stalinista de Europa del Este". Lo que sí es cierto es que Albania es el país que ha sido dirigido durante más tiempo por un
partido único, descendiente de la corriente stalinista, el Partido del trabajo albanés. Efectivamente, a partir del momento -
en 1989 - en que la burocracia soviética dejaba claramente entender, con la voz de su jefe de entonces, Gorbatchov, que se
desinteresaba de esos paises del Este quienes, antiguamente, constituían su glacis, los regimenes
llamados "democracias populares" abandonaron a toda prisa los unos detrás de los otros sus referencias al "socialismo" o al
"comunismo". Albania fué la única que pareció resistir a la corriente.
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También es verdad que al final de los años ochenta, hacía ya tiempo que Albania no formaba parte de las "democracias
populares" propiamente dichas y que no estaba subordinada al control de la burocracia de Moscú.
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Es cierto que la fuerza política representada por el Partido del trabajo albanés y personificada durante más de cuarenta
años por Enver Hodja se ha constituido dentro de la corriente stalinista. Parecía incluso constituír la variante la más
ortodoxa ya que el Partido del trabajo siguió reivindicándose de la persona de Stalin mucho después de que los nuevos jefes
de la burocracia soviética hubieran llegado hasta cambiar de nombre a ciudades, calles y plazas para hacer olvidar incluso el
nombre del difunto padrecito de los pueblos. Propulsado a la dirección de su partido en 1941 como
stalinista, Hodja ha muerto en 1987 siguiendo stalinista.
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Pero, en política, las etiquetas no indican más que parte de la realidad, y eso cuando indican algo. Si Hodja y los suyos eran
productos de la corriente stalinista, eran aún más productos de la situación de esa Albania subdesarrollada, arcaica a nivel
social, juguete de las grandes potencias, y codiciada por los Estados vecinos. Hodja y su partido representaban ante todo una
política nacionalista cuyo objetivo era construir y consolidar, recurriendo al terror si era necesario, un Estado nacional
independiente. Durante el mismo periodo histórico, el tercer mundo ha visto muchos de estos líderes
"nacionalistas-progresistas", para los cuales el calificativo progresista resumía la voluntad de modernizar la sociedad de sus
paises, de deshacerse de sus estrúcturas las más anacrónicas, de unificarla y, sobre todo, de resistir tanto como fuera
posible a todo control exterior, político y económico.
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La época y la geografía han hecho que esta voluntad política se haya expresado utilizando la fraseología stalinista. Pero, a
pesar de la ajetreada historia de sus alianzas, Hodja ha seguido fiel a sus objetivos nacionalistas hasta el final. O, más
exactamente, es precisamente esa voluntad política de preservarse de todo control exterior, ya sea por parte de las potencias
imperialistas o por parte de las potencias "amigas" del bando llamado socialista, la que explica la caótica historia de las
alianzas de Enver Hodja.
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Hubo primero la ruptura con Yugoslavia. Enver Hodja le debía sin embargo mucho a Tito. Fué gracias a la ayuda de este que
consiguió unificar un movimiento stalinista albanés fraccionado y que se impuso como su jefe. Fué también gracias a su ayuda
que su movimiento de resistencia se impuso, por la violencia, a los demás movimientos (en particular a los que querían
restablecer la monarquía y que eran en general, pro-occidentales). Fué sobre todo la resistencia yugoslava la que sirvió de
ejemplo, y ocasionalmente, de apoyo a la resistencia albanesa. Estos dos paises fueron por cierto los únicos de todos los
paises del Este en aprovechar la caída del ejército nazi y en tomar el poder sin la presencia ni la ayuda directa de las
tropas soviéticas.
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El régimen de Hodja, como el de Tito en Yugoslavia, han beneficiado de cierto consenso en la población, a pesar del caracter
dictatorial, debido al hecho de haber construido el armazón del Estado dentro del movimiento de resistencia armada contra la
ocupación extranjera.
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Pero, al salir de la guerra, Tito era demasiado poderoso y estaba demasiado cerca para no ser una amenaza para la indepencia del
Estado albanés. Los dirigentes yugoslavos no negaron en aquel momento sus intenciones de hacer de Albania la séptima
república federal de la Federación yugoslava. Efectivamente, la idea no era absurda en esos Balcanes divididos, sobre todo
considerando que la política de los dirigentes yugoslavos aspiraba incluso a la constitución de una federación balcánica,
que acogería además a Bulgaria.
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Esta política encontró cierto eco incluso entre algunos de los acólitos de Enver Hodja. Pero no se trataba de la política de
este último. Hodja buscó el apoyo político de la Unión soviética. Lo consiguió tanto más fácilmente que Stalin se
preparaba a afrontarse con Tito, cuya independencia encontraba excesiva.
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En el momento de la ruptura entre la URSS y Yugoslavia en 1948, Hodja eligió de forma totalmente natural el bando de la primera
contra el de la segunda. Preferir un protector lejano a un protector más cercano y por lo tanto más amenazador, iba a ser una
constante en la polítca del régimen albanés.
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Durante algo más de doce años, la alianza con la Unión soviética ha preservado el Estado albanés de toda aventura por parte
de Yugoslavia pero, aún más, le ha ayudado a resistir contra toda presión por parte del Oeste.
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Además, la ayuda económica de la Unión soviética y la posibilidad de intercambios con una Albania pobre, pero que posee sin
embargo riquezas mineras apreciables, han contribuido al mantenimiento económico de Albania.
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A partir de 1960 sin embargo, cuando la presión soviética sobre los órganos del Estado y sobre la economía parecía volverse
demasiado fuerte, y sobre todo cuando Moscú emprendió una política de acercamiento hacia las potencias occidentales, de la
cual Albania podía temer las consecuencias frente a las pretenciones italianas sobre su economía y frente a las pretenciones
griegas sobre parte de su territorio, Enver Hodja escoge el apoyo de China contra la Unión soviética.
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Durante unos dieciocho años, China se convirtió en aliada diplomática de Albania y socio económico y comercial, en lugar de
la URSS. A pesar de que China fuese tan pobre como Albania, su tamaño permitió, de por sí, a la economía albanesa acceder a
una cierta división del trabajo, a ciertas competencias y a ayudas.
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La Albania de Enver Hodja volvió al punto de partida en 1978 cuando acabó por romper con China también, intentando sobrevivir
a trancas y barrancas, con una economía en gran parte autárquica, las fronteras hermeticamente cerradas, con una mentalidad de
"fortaleza asediada" impuesta desde arriba, en nombre de un revuelto ideológico que mezcla un
vocabulario stalinista con un nacionalismo furibundo.
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Durante los más de cuarenta años del reinado de Enver Hodja, prolongados durante tres años más por su sucesor Ramiz Alia,
Albania ha sido una dictadura feroz. Pero su papel no se limita a esto, ya que Albania forma parte, a pesar del continente sobre
el cual se encuentra, del tercer mundo, en el cual ha habido muchas otras dictaduras, que además han arruinado la economía de
esos paises.
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Lo que no ha sido totalmente el caso para Albania.
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En efecto, la dictadura de Enver Hodja se proponía realizar lo que su predecesor de antes de la guerra no había ni siquiera
intentado : deshacerse de la herencia feudal, de las tradiciones tribales, intentar crear una industria nacional y, sobre todo,
unificar un Estado que, durante el periodo entre las dos guerras, era más una coalición de bandas armadas más o menos
poderosas que un Estado en el sentido moderno del término, y volverlo capaz de resistir a las presiones imperialistas. Por lo
menos en lo que se refiere al Estado, Enver Hodja ha logrado el objetivo, al menos mientras él y su succesor han estado en el
poder. Han sabido forjar un Estado que dispone de un ejército y una policía política poderosos y numerosos con respecto a la
importancia numérica de la población, y de los cuales han heredado los succesores del régimen de Hodja, incluso cuando fueron
sus adversarios políticos pro- occidentales.
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En lo que se refiere a la vida social, la dictadura de Enver Hodja ha tenido cierto parecido con la de Kemal Ataturk, en
Turquía. Ha utilizado la violencia policial para liquidar las bandas armadas y el poder de los jefes de clanes feudales en el
campo. También ha utilizado la violencia policial cuando ha querido resolver la cuestión de la religión, en este país a
mayoría musulmana pero con una importante comunidad católica y también una importante comunidad ortodoxa. Es el único país
del Este que ha acabado prohibiendo completamente la religión, cerrando todos los edificios religiosos y proclamándose en 1967
el "primer Estado ateo del mundo" (sin embargo es difícil saber cual es la parte "progresista" anti-religiosa de esta decisión
y cual es la parte de voluntad de no tolerar en el país ninguna estrúctura que pueda cubrir una oposición a la dictadura).
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También ha venido desde arriba el imponer una lengua albanesa unificada en vez de dos principales variantes dialectales,
practicadas respectivamente en el norte y en el sur del país.
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Ha sido utilizando una vez más los medios policiales que el régimen ha luchado contra algunos de los aspectos los más
retrógrados de la sociedad albanesa, como la opresión tradicional de las mujeres, los matrimonios convenidos, la endogamia
tribal. De este modo, si había 95 % de mujeres analfabetas en 1938, en 1982 el 44 % de los cargos intermedios y de los
ejecutivos son mujeres.
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Sigue siendo por medio de la violencia policial que el régimen ha impuesto una política de creación de una industria pesada, a partir de materias primas existentes como el cromo (Albania es el tercer productor mundial de
cromo), el petroleo y el asfalto. Esta política de industrialización, efectuada sin recurrir ni al
capital extranjero ni incluso a préstamos en el exterior - ¡ están incluso prohibidos por la constitución ! - ha requerido
un esfuerzo considerable, pagado por el mantenimiento del nivel de vida de los trabajadores y de los campesinos a un nivel muy
bajo, y claramente no ha hecho de Albania un país industrial. Pero la centralización estatal y las ayudas durante algún
tiempo de la URSS y de China han hecho surgir complejos químicos, grandes empresas industriales (textil, azucar, central
hidroeléctrica, y casi un complejo siderúrgico) y sobre todo una clase obrera práctimamente
inexistente antes de la guerra.
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Si, en Albania, como en la Turquía de Kemal Ataturk, la dictadura policial no podía deshacerse de lo que la sociedad tenía de
más anacrónico, sin embargo la Albania de 1990 no es la de antes de la ocupación por la Italia de Mussolini.
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El regreso al mundo imperialista
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Después de la caída de la pareja Ceaucescu en Rumanía, en diciembre de 1989, que concluía una
serie de cambios sucesivos de regímenes en los paises del Este, era evidente que Albania no podía
sobrevivir en autarcia económica y política. Hasta entonces, la transición de las dictaduras, que pretendían ser comunistas
y que estaban sometidas al control de Moscú, a regímenes que se pretenden más o menos
democráticos y abiertos a Occidente, se había desarrollado de manera pacífica en todos los paises del Este. Había tenido
lugar con la complicidad tácita de los dignatarios del régimen caído (cuando no habían sido ellos-mismos los que habían
impulsado la transición) y de los dirigentes de la oposición pro-occidental. Todo esto bajo la vigilancia y con la ayuda de
los dirigentes políticos del mundo occidental.
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Tal evolución no era evidente al principio. ¡ Desde luego, no porque los paladines de los Estados de los paises del Este iban
a defender las formas económicas y sociales que Moscú les había impuesto durante la guerra fría ! Al contrario, la tendencia
a irse alejando de Moscú y a reanudar con Occidente había sido una constante de los Estados de las "democracias populares"
durante las cuatro décadas de su historia.
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En cuanto a sacrificar la economía estatal y planificada en beneficio del mercado capitalista, la aspiración mayor en ese
sentido venía precisamente de las capas dirigentes donde se mezclaban y se unían, desde más o menos tiempo según el país,
los aparatchik de la economía y de la política y una auténtica pequeña burguesía.
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Pero un cambio de régimen, el paso de una dictadura que se pretendía "socialista" o "comunista" al parlamentarismo
pro-occidental y abiertamente pro-capitalista, podía revelarse difícil de controlar desde arriba.
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Durante la década anterior, Occidente había estado confrontado, en otro contexto y con antecedentes diferentes, al problema de
la transición del régimen de Franco en España, de Salazar/Caetano en Portugal y de la dictadura más reciente de los coroneles en Grecia. Estos cambios tuvieron lugar sin plantear problema al orden imperialista pero no sin
dificultades, al menos en el caso de Portugal.
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Para los paises del Este, el problema era también evitar que la transición hiciera nacer ilusiones que no sean pasivas, que
suscitara de una manera o de otra una intervención de las masas, ya sea para precipitarla, o, al contrario quizás, para
defender el régimen existente, o que conduzca a enfrentamientos entre los dos.
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La transición se ha desarollado pués de la mejor manera, desde el punto de vista de las grandes potencias, en todos los paises
del Este. Sólo en Rumanía ha tenido que haber una "insurrección espectáculo" para deshacerse de la pareja Ceaucescu que se
aferraba demasiado al poder.
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Quedaba pués Albania. Al fin y al cabo, ha sido este país, una vez más el más pobre de Europa, cuya producción nacional por
habitante se aproxima a la de Mauritania, el que ha vivido la transición con mayor dificultad. Aunque, en este caso también,
el antiguo equipo dirigente, considerado como el más stalinista de todos, haya mostrado su sentido de la responsabilidad
sabiendo eclipsarse en el momento oportuno para dejarle el sitio a una oposición llamada democrática, que proviene también
del antiguo partido stalinista. Pero, en el caso de Albania, los problemas sociales se han mezclado desde el principio al
proceso político, manifestándose de forma explosiva por rachas. Y, en ciertos aspectos, la crisis
insurreccional actual es la última, en lo que va de tiempo, de las explosiones que han acompañado el proceso de transición
desde su inicio.
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La iniciativa del cambio ha venido del sucesor de Hodja, del mismo Ramiz Alia. ¡ Muy prudentemente, por supuesto ! Empezó con
ciertas medidas, como por ejemplo la flexibilización del código penal, que pasó a tolerar la huída ilegal del país y la
propaganda religiosa que hasta ese momento podían llevar a la pena de muerte.
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En enero de 1990, la Asamblea nacional albanesa decidía la libre circulación de los residentes albaneses. En seguida, varios
miles de personas invadieron las embajadas occidentales de Tirana, pidiendo visas para irse. De golpe, todos los embajadores de
los grandes paises (en particular de Estados Unidos, Francia y Alemania) descubrían la necesidad de trabajos de restauración
urgentes y cerraban los unos detrás de otros sus embajadas en Tirana. Esa vez, no fué la dictadura de adentro sino las
potencias occidentales quienes cerrarron sus puertas ante los que huían de la pobreza general y de la penuria en aumento.Y
desde luego no fué esa la última vez...
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Desde ese momento, los intentos de huída, sobre todo hacia Italia, se convirtieron periódicamente en movimiento de masas. Un
movimiento desesperado, pero seguido por momentos por huelgas obreras como la de los mineros de la gran mina de carbón de
Valias, por motines como él de Shkodër, por manifestaciones estudiantiles en torno a
reivindicaciones políticas. Ramiz Alia cedió sobre el único terreno sobre el que podía ceder : el terreno político. El 11
de diciembre de 1990, después de una manifestación de estudiantes, autorizó el multipartismo. Un
denominado Sali Berisha, cardiólogo de profesión, y por cierto miembro y cargo intermedio del
partido stalinista, utilizó esa oportunidad, devolvió su carné del partido y fundó el "Partido
democrático".
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Hubo una nueva oleada de motines y de éxodos en febrero de 1991. El 22 de Febrero del mismo año, hubo grandes manifestaciones
en Tirana durante las cuales las estatuas omnipresentes de Enver Hodja fueron desmontadas. Ramiz Alia siguió retrocediendo,
siempre sobre el terreno político. Intentó mejorar la imagen de su régimen nominando a Fatos Nano,
un joven economista pero todavia miembro del partido, a la cabeza del gobierno. El gobierno Fatos Nano organizó elecciones que
iban a tener lugar en abril de 1991. Se trataba de una manera elegante, para el equipo que asumía todavía el legado de Enver
Hodja, de salirse por banda y de cederle eventualmente el puesto a otro
equipo más en su elemento para representar la ruptura con la antigua dictadura.
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Así pués, fueron el todavia muy stalinista Ramiz Alia y su acólito Fatos Nano quienes inauguraron la política que iba a ser
la de todo el periodo siguiente y que ha consistido en intentar lograr el buen desarrollo de la transición, ofreciendo
eleccciones a voluntad cada vez que se veían desbordados por los problemas sociales. Esta política
ha sido orquestada, siguiendo una partitura para dos voces, por el antiguo partido stalinista, pronto
rebautizado Partido socialista, y por su principal rival, el Partido democrático de Sali Berisha, supuesto representante de una
orientación pro-occidental. Aunque rivales, estos partidos son sobre todo cómplices.
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Pero resulta que, o sorpresa, las elecciones de abril de 1991, llamadas por adelantado por la prensa occidental las "primeras
elecciones libres en Albania desde cuarenta y cinco años", volvieron a dar "democráticamente" el poder a los que ya lo
tenían, el Partido del trabajo del difunto Enver Hodja. La prensa occidental publicó entonces en titulares : "El reflejo
conservador de los campesinos ha permitido la victoria de los comunistas", y explicó : "asustados ante la posibilidad de la
vuelta de los beys, es decir de los antiguos señores feudales, los campesinos han preferido el
antiguo partido comunista". Lo que sí es cierto es que el Partido del trabajo obtuvo una mayoría muy confortable con 64,5 % de
los votos. A finales de mes, Ramiz Alia que había llegado al poder cuatro años antes, como sucesor de Hodja a cargo de la
dirección del partido stalinista, era esta vez "democáticamente" reelegido presidente de la
República por el parlamento. Para mostrar su voluntad reformadora, Ramiz Alia cambió de nombre a la república popular
socialista de Albania y la llamó república de Albania.
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Pero, ni las papeletas de voto ni incluso los cambios de régimen tienen la facultad de llenar los estómagos vacios. Apenas un
mes después de las elecciones victoriosas, el 18 de mayo, se desató una huelga general de quince días para reivindicar
aumentaciones salariales de 5O a 100 %. Y el día 5 de junio, incapaz de restablecer el orden a pesar de la amenaza de la
intervención del ejército, el gobierno llamado "comunista" dió su dimisión, dos meses después de su victoria electoral.
Unos días después, sin duda una vez más para hacer una concesion a nivel político falta de querer hacerla a nivel de las
reivindicaciones económicas, el Partido de los Trabajadores se cambió de nombre y se pusó Partido socialista.
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Se sucedieron entonces varias combinaciones. Un gobierno llamado de "estabilización nacional" primero, en el cual el Partido
democrático de Sali Berisha aceptó comprometerse colaborando con sus "enemigos comunistas". Después dió su dimisión para
ceder el puesto a un gobierno de técnicos. Pero, mientras tanto, la economía ya pobre, supuestamente privatizada, se
desmoronaba. En dos años, la producción industrial había disminuido de 50 a 60 % y la mitad de las tierras no se sembraban.
La penuria acababa siendo catastrófica.
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En el mes de diciembre de 1991, casi todas las grandes ciudades se vieron sacudidas por amotinamientos debidos al hambre. Los
amotinados invadieron los almacenes y los depósitos de víveres y de ropa para repartirse lo poco que contenían. El enviado
especial del periódico Le Monde recogió el testimonio de un habitante de la ciudad de Fushe-Arrëz,
donde el motín había sido el más violento, causando una cuarentena de muertos : "No nos queda nada que comer, las escuelas
estan cerradas porque no hay calefacción. Si esto sigue así, podremos ser aún más violentos. Para vengarnos, algunos serían
capaces de prenderle fuego a las minas y a los complejos industriales". Y el periodista añadió : "¡ Más de 50 % de los
habitantes de la ciudad estan en el paro y basta con ver niños de diez años descalzos dentro de unas sandalias de miseria cuando hace 5 bajo cero para entenderlo !" . La oleada de motines del
hambre se propagó por todo el país.
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Entonces, con la complicidad del equipo en el poder y de la oposición, a las masas que reclamaban de qué comer, ¡ se les
ofrecieron elecciones una vez más ! Y efectivamente, a finales de marzo de 1992, hubo elecciones. Esa vez fué el Partido
democrático quién ganó las dos terceras partes de los escaños. Cuatro días más tarde, Ramiz Alia, que había sido elegido
para un mandato de cinco años el año anterior, hizo un último gesto político responsable : presentó su dimisión para
cederle el puesto, el día 6 de abril de 1992, a Sali Berisha.
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Los comentaristas discurrían sobre el fín del sistema comunista. "Los pueblos de los paises esclavizados no han querido
contentarse con una libertad limitada y una economía de mercado edulcorada", escribía el día 6 de abril de 1992 el
periódico Le Monde. Pués bien, efectivamente, se iba a dar a las masas la libertad de morir de
hambre en un pays dominado de ahora en adelante por un mercado no edulcorado, es decir dominado por sabandijas sin escrúpulos
albaneses o italianos, que especulan con vistas a enriquecerse rapidamente, ¡ cuando no son las mafias albanesa, italiana e
incluso, parece ser, desde hace poco rusa ! quienes dominan el mercado. Las potencias occidentales festejaron la victoria de
Sali Berisha. Incluso le ayudaron un poco financieramente, sobre todo Italia. ¡ No por excesiva generosidad aunque fuese para
un régimen pretendidamente democrático, pero para que la estabilización del régimen ponga fín al movimiento de refugiados hacia Grecia o Italia ! Y sobre todo, gracias al acceso al poder de un gobierno
que se proclamaba partidario del capitalismo sin barreras, el imperialismo italiano volvía por fín a apoderarse de su
tradicional zona de influencia. Las medidas de privatización, empezadas por Fatos Nano, aceleradas por Sali Berisha, no han
hecho surgir una burguesía albanesa ( si no es en forma de jefes de gang mafiosos). Pero, en cambio, sí despejan el terreno
para los inversores venidos de Italia. ¡ No para invertir en las grandes empresas creadas durante el periodo de
industrialización forzada ! Esos "complejos industriales" siguen desesperadamente cerrados y sus obreros en paro. Sin duda así
se quedarán, o solo los sectores más rentables desde el punto de vista capitalista serán puestos de nuevo en marcha. Pero, en
cambio, la muy relativa estabilización de los primeros nos de Sali Berisha ha atraído a cierto número de empresarios
italianos, especializados en los sectores que necesitan poca inversión material y mucha mano de obra, debido a los salarios que
representan menos de un décimo, quizás dos, de los salarios italianos. Ha atraido todavía más comerciantes y traficantes de
todo tipo, sin mencionar la mafia de los Pouilles. Pero todo esto no ha permitido que la economía
recupere siquiera su nivel de principios de los años ochenta.
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Y si, en ese mes de abril de 1992, las agencias de prensa repercutían esta frase de un joven manifestando su alegría la noche
de la elección de Berisha : "Sali Berisha, es la estrella del mundo", la estrella no ha tardado mucho en apagarse, de huelgas
en manifestaciones, pasando por esporádicos motines del hambre.
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Pasado el tiempo de las primeras ilusiones, Sali Berisha intentó encontrar un nuevo derivativo en el nacionalismo. La actitud
del gobierno vecino de Grecia se prestaba a ello. Atenas alentaba el nacionalismo anti- albanés en todos sus aspectos. Sobre su
propio territorio primero, persiguiendo periódicamente a los inmigrados albaneses, clandestinos o no. Y después, con respecto
a Albania misma, reivindicando los territorios albaneses poblados por la minoría griega. Sali Berisha aprovechó la ocasión.
Muy discreto con respecto a los Albaneses del Kósovo, se lanzó en una campaña anti-griega. No obstante, no fué suficiente
para hacer olvidar la corrupción generalizada y la caída continua de la mayoría de la población en la miseria. Una miseria
tanto más difícil de soportar que a la uniformidad de la pobreza generalizada de los últimos años de Ramiz Alia se
substituyó el crecimiento visible de las desigualdades. El lujo ostentatorio de los nuevos ricos, muchas veces antiguos o
recientes aparatchiks, contrastaba con la miseria de la mayoría.
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Mientras los expertos internacionales se alegraban de la relativa estabilización de los primeros años del mandato de Sali Berisha, la miseria hacía renacer enfermedades dignas de la Epoca Media tales como el
cólera.
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Las elecciones legislativas de mayo de 1996 dieron de nuevo una mayoría de dos tercios al partido de Sali Berisha. Pero, como
ha sucedido varias veces anteriormente, este resultado ha alegrado más las cancillerías occidentales que la población
albanesa.
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La nueva mayoría en el parlamento ha permitido que de nuevo Sali Berisha sea reelegido presidente de la República , en marzo
de 1997. Pero, en el momento mismo en que ese parlamento inepto designaba Sali Berisha como sucesor de si mismo, los motines, emprendidos en el sur del país, se transformaban en esa región en insurrección armada.
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La insurrección de febrero-marzo de 1997
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El factor que ha desencadenado la explosion ha sido pués la quiebra de esas sociedades financieras fraudulentas, allegadas al
poder, que habían prometido un enriquecimiento rápido antes de hundirse. Pero esto sólo ha sido el factor que ha
desencadenado la explosion. Las reacciones populares ante el aumento de la miseria existían pero habían sido frenadas durante
los primeros años de Sali Berisha. No había ya nada que esperar de esa "economía de mercado sin barreras", tan alabada por
los comentaristas occidentales.
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La revuelta popular comenzada en las ciudades del sur del país era una repetición de los motines del
hambre de finales de 1990.
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Pero, esta vez, los amotinados han cogido las armas en todos sitios. Por mucho que Sali Berisha haya enviado el ejército
(heredado, recordemoslo, del régimen de Enver Hodja, que el mismo Sali Berisha había vituperado con fuerza) y su policia
secreta, lo único que ha conseguido es reforzar la insurrección popular. Ciertos soldados abrieron los cuarteles sin combatir
y se unieron muchas veces a los insurrectos. Los demás tiraron su uniforme e intentaron volver a sus casas. Como afirmó un
periódico de la oposición : "No solamente los soldados tenían miedo pero también estimaban que la causa no era justa". Y, en
cuanto a los miembros de la policía política que querían desempeñar su papel demasiado seriamente, eran liquidados sin
piedad por la población en armas.
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Ante la agravación de la situación, las grandes potencias occidentales, que hasta entonces habían apoyado sin reservas a Sali
Berisha, empezaron a abandonarlo. Empezando por los Estados Unidos (Francia, como siempre, iba con una
guerra de retraso). Es muy difícil de saber si lo que reprochan a Sali Berisha es el no haber conseguido aplastar la
rebelión o el haber seguido agarrándose al poder incluso después de constatar su impotencia.
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Y es que la situación tiene por qué preocupar a las grandes potencias. Se solía decir, a principios de este siglo, que los
Balcanes eran un polvorín, y a veces se añadía que Albania era la mecha. Polvorín, los balcanes lo vuelven a ser. La explosion en Albania conlleva un gran riesgo de repercusión,
empezando por las regiones vecinas pobladas por Albaneses, como el Kósovo y la Macedonia. Una conflagración limitada a las
regiones albanesas únicamente puede por sí sola poner de nuevo en tela de juicio las fronteras existentes, y por consiguiente
llevar la región hacia una nueva edición de las antiguas guerras balcanicas.
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Y además, está también, para las grandes potencias, el otro aspecto de la explosión, su aspecto social, su aspecto revuelta
de los pobres. Y eso aunque, desgraciadamente, no haya nadie para expresar este aspecto del problema, y sobre todo para
organizar la revuelta desde el punto de vista de los que han sido víctimas de la dictadura de Enver Hodja antes de serlo de la
dictadura del dinero y de "la economía de mercado sin barreras".
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Como era ya una costumbre en este tipo de circunstancias, Sali Berisha propuso una tregua a los insurrectos del sur y sobre todo
elecciones. La oposición, siempre representada principalmente por el Partido socialista, es decir el antiguo Partido del
trabajo, ex-staliano, ha respondido favorablemente a esta propuesta. El día 9 de marzo, Sali Berisha ha firmado, ¡ con no
menos de diez partidos de oposición ! un acuerdo preconizando nuevas elecciones en el mes de junio y, en la espera, un
"gobierno de reconciliación nacional".
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El acuerdo ha sido saludado por París, Roma y Atenas. Pero, manifiestamente, ha dejado fríos a los insurrectos. Es verdad que
la insurrección ha sacado de la cárcel a Fatos Nano, nuevo jefe del ex- partido stalinista, al mismo tiempo que a todos los
demás prisioneros. Pero, no por ello tiene más confianza en ese partido que en el que está en el poder. La insurrección, al
contrario, se ha extendido al norte, ha abrazado Skoder al norte de Tirana, y ha rodeado la
mismísima capital.
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Hasta ahí ha llegado la insurrección.
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Popular, la insurrección lo ha sido indudablemente, en el sentido de una participación ámplia, en las ciudades
particularmente. Las masas populares albanesas han demostrado, estas últimas semanas, su voluntad y su capacidad para armarse.
Han mostrado una energía y una combatividad capaces de dislocar el Estado.
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Desde este punto de vista, la comparación con la insurrección de 1956 en otro país del Este europeo, Hungría, acude a la
mente de forma natural. Pero la comparación aclara igualmente las diferencias. Diferencia, por supuesto, en el contexto
internacional de la división entre los dos bloques. Diferencia también por el hecho de que el régimen dictatorial que la
insurrección tenía que afrontar en Hungría era, para la población, como la emanación de la burocracia soviética y estaba
directamente apoyado por las tropas soviéticas presentes en el país.
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Pero las diferencias no se acaban aquí. En la insurrección en Hungría, destacaba el hecho de que la clase obrera se había
diferenciado dentro de las masas populares sublevadas. Esta diferenciación se concretizó con la constitución de juntas obreras, y por el papel creciente que desempeñaban. La insurrección de Hungría también estuvo
marcada por una politización avanzada de las masas en general, y de la clase obrera en particular ; por debates en la clase
obrera referentes al futuro político o a la organización de la economía ; por la existencia también de toda una generación
de militantes, presentes en las empresas como en la inteligentsia, venidos de la corriente
stalinista, pero habiendo roto con ella desde hacía más o menos tiempo. Muchos de ellos buscaban sinceramente un camino
opuesto tanto a la dictadura burocrática, contra la cual había tenido lugar la insurrección, como a la idea de vuelta a la
economía de mercado y a la propiedad privada de las empresas industriales. Por último, había una tradición de organización
proletaria y el recuerdo colectivo de la revolución de 1919.
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A pesar de todo esto, no ha surgido ningún partido representando verdaderamente los intereses del proletariado y cuyo objetivo
fuese la toma y el ejercicio del poder por las juntas obreras. Tal partido no se improvisa. Si una situación como la de
Hungría en 1956 le hubiese dado posibilidades inconmensurables, para que nazca, hubiese hecho falta un capital político, una
clara conciencia de la situación desde el punto de vista de los intereses del proletariado, que resultan difíciles de adquirir
en plena acción en el momento de los acontecimientos, sin filiación con el pasado. Las juntas obreras en Hungría aunque
ejercían el poder de hecho, lo cedieron políticamente a Imre Nagy, hasta el momento de la intervención de las tropas
soviéticas que atajó todo desarrollo revolucionario de la situación.
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Nada parecido a esto en Albania.
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El factor que ha desencadenado la insurrección propiamente dicha, la ira contra un gobierno que encubría estafadores y que,
sobre todo, no quería pagar las pérdidas de los que habían caído en la trampa, no indica un alto nivel de consciencia. Esto
puede evidentemente cambiar en el transcurso mismo de la situación insurreccional.
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Pero la insurrección, a pesar de ser armada, parece situarse en la continuidad de los motines del
hambre de los años 1991-1992 por su apolitismo, por el carácter desesperado de un sublevamiento dejado sin perspectiva. Y, por
lo que se puede saber, la clase obrera no se ha diferenciado como tal, en el transcurso de la insurrección, ni en los hechos ni
en la aparición de fuerzas politícas que se reivindiquen, más o menos, de sus intereses.
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Por supuesto, hay que tener en cuenta el carácter esporádico, insuficiente, orientado de las informaciones. Pero si la
población sabe de forma manifiesta lo que no quiere, parece no saber lo que quiere, tanto más que no hay ninguna fuerza
política para aclararla. Resulta muy difícil saber lo que representan, con respecto a la población, los que estan convencidos
que su acción armada puede cambiar el futuro y que lo desean, y los que no creen en ningún futuro en Albania misma y que
piensan sobre todo en huír.
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La población albanesa posee pués las armas. Ocupa numerosos cuarteles y bases navales.
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Lo que inicialmente asusta tanto a los dirigentes de las grande potencias como al Partido democrático de Sali Berisha y al
Partido socialista (ex-stalinista) es el hecho de que la población esté armada y de que, como dicen tan elegantemente los
comentaristas, sea "incontrolable". No en vano el Partido socialista, a pesar de estar en la oposición, ha enviado uno de los
suyos para ayudar a Berisha en calidad de Primer ministro. Incluso el Partido socialista se niega a pedir la dimisión de Sali
Berisha, una de las principales reivindicaciones, sino la única, del conjunto de los insurrectos.
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Todos los partidos repiten que la condición para el restablecimiento del orden es desarmar la población. Todas las capitales
de todas las grandes potencias están de acuerdo con este programa.
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Mientras la población siga mobilizada y con las armas, el futuro permanece abierto. Pero incluso simplemente conservarlas
requiere una voluntad política y una organización. Una insurrección popular, que no avanza de forma conciente hacia el
ejercicio del poder por la población en armas, acaba por retroceder tarde o temprano.
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Varios testimonios han contado los comentarios de personas que, aferradas a su kalachnikov, anunciaban que el poder, de ahora en
adelante, serían ellas. Pero, desgraciadamente, no es más que parte de la realidad y se trata también de muchas ilusiones.
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Si los fusiles y los tanques son los instrumentos indispensables del poder, no lo constituyen por sí mismo. La conquista y el
ejercicio del poder exigen un alto nivel de conciencia política y un alto grado de organización. Y no existe en Albania
ninguna fuerza política, ningún partido que represente y defienda al menos esa perspectiva ante las clases populares.
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De momento, el hecho de que el poder central haya volado en pedazos favorece al parecer la reconstrucción de poderes locales,
tanto más fácilmente que la constitución de un Estado centralizado es cosa reciente en Albania. Estos poderes locales parecen
emanar, en algunos sitios, de asambleas más o menos democráticas pero, por lo que cuentan los testimonios, esas asambleas
tienden a confiar la dirección a oficiales superiores del ejército albanés desbandados, ligados de forma natural a los
notables locales, sin contar con el papel desempeñado por las bandas mafiosas.
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Muy significativamente, las dos personalidades dirigentes las más en vista de la insurrección del sur son, respectivamente, un
general que encabeza la ciudad de Gjirokaster, y un coronel, jefe de los insurrectos de la ciudad de
Saranda. Y como reconocía recientemente el segundo - citado por Le Monde
- "los oficiales se conocen y tienden a coordinar sus acciones".
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Y ese tipo de gente constituye un relevo posible para lo que queda del poder central, para primero engañar la población y
después desarmarla.
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Las últimas noticias anuncian que "los delegados de las 14 ciudades rebeldes han aceptado colaborar con Fito ( el Primer
ministro) si consigue reformar las instituciones directamente relacionadas con el presidente Berisha. Han desmentido querer
lanzar un ataque armado contra Tirana". (Le Monde del 25 de marzo).
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No dirigir la insurrección hacia Tirana, contra un poder que, durante varios días, parecía estar aislado, apoyado solamente
por miembros de la policía política fieles al gobierno, es de por sí dejarle tiempo a ese poder para que se recupere. Se
trata de una forma de traicionar la insurrección. Y no se sabe si el acuerdo no ira más lejos en los próximos días.
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Es muy difícil saber si habrá en el país una fuerza capaz de restablecer el orden y la unidad estatal, y de qué manera lo
conseguirá. Pero si esto viniera a ocurrir, sería pagándolo con el aplastamiento sangriento de la población y por una nueva
dictadura que no tendría nada que envidiarle a la de Enver Hodja. Y si tal fuerza no exite, por lo menos en un futuro próximo,
Albania podría descomponerse y, ante el vacío del poder estatal central, quedar a merced de la rivalidad de una multitud de
poderes locales. Albania se ha visto al menos dos veces en este siglo en una situación parecida.
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En cuanto a las grandes potencias, se preparan a enviar fuerzas militares. De forma natural, es el imperialismo italiano el que
sirve de capataz de la operación en lo que considera ser su zona de influencia. En la aventura, le acompaña el inevitable
imperialismo francés y tropas de varios Estados, en particular de Europa central.
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No es seguro que esta fuerza de intervención consiga desarmar a la población, si esta está resuelta a quedarse con las armas.
Por cierto, no parece ser el objetivo de la fuerza de intervención cuyo fin es el de asegurar el orden en la ciudad portuaria
de Durrës y en la capital Tirana, de manera a garantizar que el gobierno sobreviva con un semblante de legitimidad, por lo
menos jurídica. Asegurar el orden en todos los sitios estratégicos desde del punto de vista del restablecimiento de un poder
central - y que resultan ser igualmente aquellos en donde se concentran los intereses extranjeros, en particular italianos -
puede ser suficiente de momento.
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Y en lo que se refiere a Italia, a la preocupación de preservar sus intereses en Albania, hay que añadirle seguramente la de
reforzar, esta vez del lado de las costas albanesas, el cordón sanitario destinado a impedir la huída de los "boat-people"
albaneses.
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Que la situación se prolongue a través de insurrecciones endémicas, con una población no desarmada o no del todo - si no es
a través de una evolución a la somaliana, con el enfrentamiento de poderes locales - , o que se estabilice a través del
restablecimiento de un poder autoritario, las grandes potencias reservan de todos modos a la Albania de los pobres las
condiciones de vida de un campo de concentración, en donde se muere de miseria y de hambre, sin ni siquiera la posibilidad de
huír. A menos que la situación se vuelva más explosiva de lo que temen las grandes potencias y que toda la región se vea
abrasada.
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