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La “mundialización”, la “globalización” de la economía, la apertura de fronteras ante la circulación de capitales y
en gran medida de mercancías, la interpenetración creciente de las economías, no se traducen por la emergencia de un orden
internacional más estable. A pesar de que la división del mundo en dos bloques desapareció con la Unión Soviética, los
focos de tensión o los conflictos abiertos o latentes son numerosos. Apenas un conflicto parece disminuir cuándo aparece otro.
En este mismo momento, cuándo un comienzo de reconciliación –bajo patronato americano– entre las dos Coreas, promete la
reabsorción de uno de los más antiguos focos de tensión heredado de la guerra fría, uno de los más fieles aliados de EEUU
–Pakistán– amenaza con transformarse en foco de agitación islamista.
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El orden imperialista mundial está constantemente cuestionado por los sobresaltos procedentes de los pueblos empobrecidos y
aplastados, sobresaltos a menudo amplificados por los juegos de las potencias imperialistas concurrentes y rivales.
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Jamás la contradicción ha sido tan aguda y tangible, entre la necesidad de los pueblos de regular de común acuerdo los
problemas científicos, técnicos o ecológicos que solo pueden ser reglamentados a escala del planeta, y la imposibilidad de
hacerlo en un sistema basado en la propiedad privada, la competencia, la carrera por el beneficio y las rivalidades que ello
engendra. La “mundialización” imperialista no ha unificado el planeta. Lo que ha hecho es extender a todo el planeta el
campo de batalla dónde se enfrentan los grandes grupos capitalistas, cada uno utilizando los Estados, comenzando por los del
imperialismo del que han surgido y a expensas de bandas armadas étnicas, de clanes o religiosas, presentes o promovidas en los
países subdesarrollados.
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Bajo la dominación imperialista la unificación del planeta se manifiesta en sus peores formas: la transmisión casi
instantánea de los sobresaltos financieros o el alza especulativo de los precios de los productos alimenticios de algunos
mercados financieros de los países desarrollados tienen por consecuencia la condena a muerte de millones de seres humanos.
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Una señal tangible de que la “mundialización” imperialista no conduce a un acercamiento entre Estados son los gastos
militares, que tras haber bajado durante los años de descomposición de la ex Unión Soviética, teniendo su nivel más bajo en
1996, han vuelto a subir en 2005 al nivel que tenía al final de la guerra fría. Continúan creciendo a un ritmo rápido. El
presupuesto americano de Defensa pasó de 318.000 a 478.000 millones de dólares entre 1996 y 2005, es decir, un aumento del 50%
en nueve años.
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Está claro que es EEUU quien encabeza esta evolución, pero la tendencia es la misma para la mayoría de los grandes países.
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Esta carrera en la fabricación de armas que ocupa una parte creciente en una producción material, por otra parte estancada, es
el reflejo de múltiples tensiones en las relaciones internacionales pero también constituye una necesidad económica para la
clase capitalista. Mientras que los dirigentes políticos predican el liberalismo económico y aparentan oponerse a las
intervenciones del Estado, la economía capitalista no sobreviviría sin las fabricaciones financiadas por los Estados.
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El comercio de armas es uno de los principales sectores del comercio internacional. El imperialismo francés es, tras EEUU, uno
de los principales protagonistas en el mercado de las armas, habiendo dejado el mercado de “gangas” a ciertos Estados
surgidos de la dislocación de la Unión Soviética, que liquidan armamento heredados de otra época, como China.
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Es también el terreno de una competencia feroz entre las grandes potencias, cada una buscando proteger en el mercado
internacional a sus Northrop Grumman, General Dynamics, Lockheed Martin, –del lado americano–, a sus Dassaults o Lagardere
del lado francés. Con mayor o menor eficacia: así, a pesar de la insistencia febril de su “representante” Sarkozy,
Dassault no pudo vender al rey de Marruecos, a pesar de estar generalmente bien dispuesto hacia París, sus Rafales de última
generación, desbancados en último momento por los F16 de Lockheed Martin. Felizmente para Dassault el Estado francés, que ha
contribuido a financiar desde hace tiempo a la elaboración de los Rafales, sigue siendo ahora un cliente, el único por el
momento. El Estado no tiene dinero para la Educación nacional o los hospitales, pero siempre lo tiene para Dassault.
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El pretexto político de esta carrera de armamentística, principalmente por parte de EEUU, es la lucha contra el terrorismo. Un
pretexto más grosero aún que el de posesión de armas de destrucción masiva que los dirigentes americanos atribuyeron a
Saddam Hussein para justificar la invasión de Irak.
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Es necesario el cinismo sin límites de los dirigentes del imperialismo americano para invocar el pretexto del terrorismo
cuándo se trata, por ejemplo, del sistema de destrucción de misiles nucleares en vuelo –el escudo anti-misiles– y del
proyecto de instalarse bajo el suelo de Polonia o de la República checa.
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La prensa destaca a menudo el hecho de que la Rusia de Putin, beneficiándose del alza de los precios del petróleo y del gas y
por consiguiente del crecimiento de las rentas del Estado, se muestra más agresiva que en la época de Yeltsin. Pero esta
presentación tendenciosa de las cosas silencia la instalación sistemática de bases militares americanas en las ex Democracias
Populares y en numerosos estados surgidos de la Unión Soviética. La mitad de las catorce antiguas Repúblicas Soviéticas
acogen o proyectan acoger bases americanas. Por no hablar de todos los acuerdos de limitación de armamentos firmados no hace
mucho, cuándo había otra relación de fuerzas, entre la Unión Soviética y EEUU y denunciados unilateralmente por estos
últimos (tratado START sobre la reducción de armamentos o tratado ABM sobre misiles anti-balas). Aunque les pese a los
pacifistas y a otros defensores del desarme, estos tratados fueron hechos para romperse en el mismo momento en que la relación
de fuerzas lo permitiera.
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Con la desaparición de la Unión Soviética, EEUU se ha convertido en la única super-potencia del globo y, por tanto, el
guardián supremo del orden internacional. Los 16 años que han pasado desde que ha sido consagrado en este papel muestran que,
si tienen las manos más libres para intervenir militarmente, sus intervenciones se traducen en todas partes, a fin de cuentas,
en fracasos.
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No acabaríamos de enumerar todos las partes del mundo dónde EEUU interviene o planea intervenir, directa o indirectamente, con
sus propias fuerzas militares o con las de otros países, abiertamente o por intermedio de sus servicios secretos. Nos
limitaremos a los más importantes.
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Irak
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El fiasco más evidente es Irak. Incluso si el ejército americano no tuvo demasiadas dificultades para vencer a Saddam Husseim,
EEUU no solo no ha conseguido estabilizar el nuevo régimen que han puesto en Bagdad –en cuánto a su “democratización”
invocada, la expresión es tragicómica pues no es más que burda propaganda– sino que ha contribuido a suscitar una guerra
civil que intenta manipular pero que es incapaz de controlar.
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Irak, bajo la dominación de la “gran democracia americana” aparece como un país deshecho por la rivalidad de las milicias
armadas y por los conflictos comunitarios nacionales o religiosos. Este país, que era uno de los más prósperos de Oriente
Medio, había sido ya considerablemente empobrecido por la guerra que declaró a Irán, bajo la instigación en el momento de
EEUU y con su apoyo, después por la primera intervención americana en 1991 y por el bloqueo económico que siguió, antes de
ser destruido por los bombardeos americanos de la segunda intervención. La ocupación americana no ha puesto fin a esta carrera
hacia el abismo, sino que la ha acelerado. Las organizaciones humanitarias estiman en 650.000 el número de muertos irakíes, la
mayoría civiles. Cerca de la mitad de la población sobrevive gracias a las raciones alimenticias de la asistencia
internacional, el sistema sanitario está desmantelado, dos tercios de la población no tienen acceso al agua potable, el
suministro de electricidad es aleatorio y muy inferior al de antes de la guerra.
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El precio pagado por la población irakí es indudablemente la menor preocupación de los dirigentes americanos. Pero el cambio
de la opinión pública americana, cada vez más hostil a una guerra costosa en vidas para el ejército americano y costosa
financieramente, les causa problemas. Y sin duda, más problema aún la moral de su ejército. La guerra “fresca y alegre”
de la invasión –en todo caso para los agresores– bombardeando las ciudades irakíes desde el cielo y sin grandes riesgos,
se ha transformado en una guerra de ocupación con enfrentamientos sangrientos, atentados suicidas, una guerra que acabará por
ser tan larga como la de Vietnam.
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Dada la duración de la guerra, son más de un millón de soldados del ejército y más de 400.000 de la Guardia Nacional los
que han servido en un momento u otro en Irak. Los que han vuelto no están tentados por volver. El estado mayor parece tener
cada vez más dificultades para renovar los efectivos. La duración de la presencia en Irak ha sido llevada de doce a quince
meses. Para encontrar “voluntarios” el ejército ofrece primas cada vez más elevadas, y además promete la ciudadanía a
los inmigrantes. Por otra parte, el ejército hace un llamamiento cada vez mayor a “contratados” de compañías de seguridad
privadas, incluso para operaciones militares. Su número se estima entre 30.000 y 50.000 individuos, alrededor de un tercio de
los efectivos del ejército regular.
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La administración Bush ha efectuado una huida hacia delante aumentando el presupuesto consagrado a la guerra en Irak, con la
complicidad del Partido Demócrata, desde hace poco mayoritario en el Congreso
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Los dirigentes políticos y militares del imperialismo americano deben hacer juegos malabares con una contradicción. La
presencia del ejército americano en lugar de estabilizar la situación, por el contrario, la desestabiliza. Pero al miso tiempo
no puede abandonar Irak dejando tras ellos el caos.
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Además Irak tiene gran importancia para EEUU en razón de su riqueza petrolera y su posición estratégica. Está en el
corazón de ese Medio Oriente cargado de petróleo y, al mismo tiempo, globalmente explosivo.
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Es probablemente más difícil para EEUU irse de Irak de lo que fue irse, en su época, de Vietnam: la importancia respectiva no
es evidentemente la misma.
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Siguiendo una estrategia frecuente de las potencias imperialistas para dominar un país, EEUU injiere en la división de las
comunidades religiosas o étnicas. Incapaces de colocar un ejército y policía nacionales, susceptibles de restablecer y
estabilizar el orden en el país, EEUU trata de apostar por las milicias religiosas, tribales o étnicas. Ya han hecho la
experiencia en el norte del país, con la población de mayoría kurda. Pero esta estrategia implica la creación de enclaves
étnicos o religiosos más o menos homogéneos.
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Y sirviéndose de los conflictos comunitarios, EEUU los agrava. Las tropas americanas cubren las “limpiezas étnicas”
–aunque la expresión sea poco apropiada– las ven y participan. Eso prefigura una división de hecho de Irak. Pero una
estabilización sobre esta base necesita un acuerdo con los Estados vecinos, Turquía e Irán principalmente, los dos implicados
directa o indirectamente en la guerra civil en Irak y afectados por las posibles consecuencias.
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Las relaciones con Turquía e Irán
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Turquía es, evidentemente, aliada y subordinada de EEUU. Sin embargo es muy hostil a la emergencia en el norte de Irak de un
Estado kurdo que ejerza atracción sobre la fracción kurda de su población y susceptible de servir de base para protegerse a
los grupos armados nacionalistas kurdos. Las actuales incursiones del ejército turco en la parte kurda de Irak muestran que una
guerra entre Turquía, principal aliada de EEUU en la región, y el protectorado irakí no es improbable.
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No hay que descartar que tras las fanfarronerías actuales contra Irán por el tema nuclear, se disimulen maniobras tendentes a
una reconciliación. En el tiempo del Sha, Irán era uno de los principales pilares del orden regional bajo la sombra de EEUU.
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El interés de la burguesía de Irán es, ciertamente, el levantamiento del bloqueo económico actual. Que, bajo su presión, el
régimen iraní esté dispuesto a reanudar las relaciones con las potencias occidentales es más posible puesto que la ruptura
provenía sobretodo de EEUU. En cuánto a EEUU no es el carácter teocrático del régimen de Teherán lo que les molesta, ellos
que se acomodan tan bien al de Arabia Saudita.
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De Afganistán…
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EEUU flanqueado por sus aliados, entre ellos Francia, no ha logrado estabilizar la situación en Afganistán. Allí aún, bajo
el gobierno de Karzai, presentado como democrático pero cuya autoridad no sobrepasa los límites de Kabul, el país sigue
dominado por los señores de la guerra que reinan sobre sus feudos respectivos
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No solo los ejércitos de las potencias imperialistas no han logrado acabar con los talibanes sino que la ocupación del país
les permite presentarse como resistencia y entablar una guerrilla permanente con las implicaciones desestabilizadoras para el
Pakistán vecino.
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… a Haití
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Tampoco en Haití la intervención americana, en febrero de 2004, restableció la paz civil. El país conoce tanta violencia
como durante los dos años que siguieron a esta intervención, por parte de grupos armados que se reivindican del presidente
depuesto Aristide o de bandas criminales. Las tropas de ocupación de la ONU, que han reemplazado al ejército americano,
representan al orden imperialista y jamás han tenido como objetivo proteger a la propia población. Solo suman una banda armada
más de las que castigan al país. Si en 2006 la elección de Preval como Presidente, antiguo Primer Ministro de Aristide,
atenuó en cierta medida el activismo de los “chimeres” (pandillas), partidarios del presidente depuesto, el país más
pobre del hemisferio americano continua hundiéndose en la miseria. EEUU o Francia, los dos imperialismos tutelares, jamás se
han planteado consagrar aunque fuese un parte del dinero destinado a la ocupación militar para dotar al país de un mínimo de
infraestructuras, ni con más razones, para presionar a la patronal, local o internacional, que se enriquece gracias a un
proletariado escandalosamente mal pagado.
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Maniobras alrededor de la ex Yugoslavia
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Más cerca de aquí, en esta Europa de la que se dice que goza de una era de paz, la intervención de la OTAN contra la Serbia
de Milosevich en 1999 tampoco permitió la estabilización de la situación.
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Cerca de diez años después de esta intervención Kosovo está aún ocupado por tropas del Eurocuerpo, en ligazón con la OTAN.
Su propia situación jurídica internacional, entre la independencia exigida por la mayoría albanófona y la autonomía
propuesta por Serbia de la que teóricamente forman parte, es el motivo del pulso entre los países occidentales y Rusia. El
país, sometido a las agitaciones de las mafias y desgastado por la hostilidad entre la mayoría albanesa y la minoría serbia,
es un foco de tensiones. Como lo es también la vecina Macedonia, con su fuerte minoría albanesa.
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La situación apenas es más estable en Bosnia-Herzegovina que, aunque reconocida como Estado independiente, no logra instalar
un aparato de Estado unificado, aceptado por las diferentes comunidades serbia, croata y bosnia.
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La Yugoslavia de Tito era una dictadura. Pero instalada en una lucha común contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra
Mundial en nombre de un nacionalismo yugoslavo que trascendía el roce étnico o religioso, permitió al menos coexistir a los
diferentes pueblos de Yugoslavia y reabsorber progresivamente a los micro-nacionalismos gracias a esta vía en común. Los
veinte años que han pasado desde el comienzo de la descomposición de Yugoslavia han mostrado que el giro completo al seno del
capitalismo no ha hecho más, en el plano económico, que acentuar la diferencia entre la parte menos pobre de la ex Yugoslavia
–Eslovenia, en adelante integrada en la Unión Europea y Croacia cuya candidatura está propuesta– y las partes más
pobres. Y la pobreza constituye cada vez más un abono para la exacerbación de los antagonismos comunitarios nacionales o
religiosos que las rivalidades entre potencias imperialistas han injertado sobre las rivalidades locales.
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El ejército francés en Costa de Marfil
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La intervención del imperialismo francés en Costa de Marfil se traduce igualmente, a su escala, en un fiasco. El acuerdo que
el gobierno francés impuso, en enero de 2003 en Marcoussis, a los dos campos rivales que se dividían el país después de la
rebelión militar de 2002 no ha conseguido ningún efecto. Es finalmente bajo la sombra del gobierno burkinabe que las dos
partes han acabado por firmar, el 4 de marzo de 2007, los acuerdos de Ouagadougou, poniendo fin a la guerra abierta entre Norte
y Sur.
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Gabo, el presidente en plaza que gobierna el sur del país dónde se encuentra su capital económica, Abidjan, tomó como Primer
Ministro a Soro, el jefe político de los rebeldes del Norte. Pero las dos partes del país no están unificadas. Los militares
secesionistas del Norte no se han desarmado como tampoco los grupos para-militares que, en el sur, apoyan a Gabo.
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No es suficiente con que los jefes políticos de las dos entidades consideren de su interés entenderse. Es necesario superar la
división del mismo Estado. Los ascensos, por ejemplo, decidido para sus miembros por la jerarquía secesionista, con las
ganancias y las prebendas consiguientes, ¿serán aceptados por la jerarquía que queda leal en el poder central? Fundido en un
aparato de Estado reunificado, los múltiples feudos que se han constituido demandan una voluntad política y dinero. Por el
momento, solo hay maniobras políticas. Está por ver que los jefes militares del norte estén unánimemente detrás de Soro en
su tentativa de entenderse con Gabo.
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La elección presidencial, ya rechazada dos veces, lo habrá sido una vez más el 1 de noviembre de este año. Si esta
situación no lesiona verdaderamente los intereses de los grandes capitales franceses que han metido la mano en los sectores
más beneficiosos del sur del país, ni los de los que se benefician del contrabando y de toda clase de tráfico entre las dos
partes del país y los países vecinos, es dramática para la mayoría de la población. Ésta continúa siendo la víctima,
además de la pobreza que se agrava, de la multiplicación de linchamientos étnicos en los campos y de la extorsión de los
militares de los dos bandos.
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El pretendido “proceso de paz” ha abierto un nuevo campo a los extorsionistas en uniforme. Para preparar la elección
presidencial, el Acuerdo de Ouagadougou preveía “oficinas de regularización” destinadas a suministrar un carné de
identidad válido como carné de votante para quien no lo tuviera o se lo hubieran quitado con el pretexto de no ser de Costa de
Marfil para disminuir el peso electoral de la población salida del Norte, con reputación de ser más favorable a Alassane
Ouattara, principal rival de Gabo, que a éste último. Pero estas “oficinas de regularización” no avanzan y, además, los
que van allí son robados sistemáticamente por los militares encargados de asegurar su buen funcionamiento.
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Africa: Estados en descomposición
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El aspecto más destacable de la evolución de la situación política en África es la descomposición del aparato de Estado en
muchos países. Somalia, dónde existe un poder central únicamente virtual, constituye el ejemplo más flagrante. Las bandas
tribales armadas periódicamente se disputan hasta los distintos barrios de la capital, Mogadisco, estando el país dividido
entre los señores de la guerra con una delimitación fluctuante de sus “zonas de soberanía”. Ni la intervención directa
del ejército americano en 1993 ni su intervención indirecta vía ejército de Etiopía después de 2006 ha puesto fin a este
estado de cosas.
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Pero esto es así en muchos otros países de África, incluido uno de los más grandes y poblados, Congo ex Zaire, uno de los
más ricos también. Es cierto que la unidad de estos países, surgidos de las reparticiones coloniales, jamás ha estado
completamente asegurada. Pero tras numerosos años regiones enteras, como Kivi de una superficie más extensa que Gran Bretaña,
escapan completamente al poder central de Kinshasa y, sobretodo, están permanentemente en guerras locales entre fracciones,
sostenidas y armadas por los gobiernos de países vecinos o directamente por los truts mineros, o ambos a la vez. Estas guerras
locales hacen surgir prácticas particularmente bárbaras como los niños-soldados o atrocidades contra las mujeres como
métodos para aterrorizar a la población y desmoralizar al adversario del momento.
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En esta parte del Congo toda una generación no ha conocido más que huidas ante las bandas armadas, errando de un campo de
refugiados a otro. Los campesinos, en la imposibilidad de recoger lo que habían podido sembrar, reducidas las cosechas, se
alimentan de hojas. Pero durante este tiempo el alza de los precios en el mercado internacional, de las materias primas
extraídas del subsuelo del Congo, monopolizadas por los grandes truts internacionales, hacen disparar el PNB en las
estadísticas haciendo decir a los comentaristas que, en el plano económico, África está progresando.
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Una parte creciente de la población está condenada a la misma vida errante, no solo en Darfour, dónde la prensa puede hablar
con cada vez mayor comodidad que es el gobierno sudanés el culpable –y tras él China, su principal apoyo en el plano
internacional– pero también y cada vez más Chad o África Central. El ejército francés está presente en estos dos países
pero no juega el papel de pacificador sino que es uno de los elementos del juego de alianzas u hostilidades entre los diferentes
grupos armados. Este juego cada vez respeta menos las fronteras entre Sudán, Chad y África Central de forma que las etnias
están presentes cada vez más a menudo en una parte u otra de estas fronteras.
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Esta descomposición étnica no es necesariamente un problema para los truts capitalistas que roban las riquezas mineras o
forestales de África (compran los servicios del señor de la guerra más poderoso). Es un obstáculo, en cierta medida, para
sus Estados, para las potencias imperialistas encargadas de vigilar el orden.
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“ En lo sucesivo las mayores amenazas provienen más del interior de los Estados que de sus relaciones exteriores” declaró
Condolezza Rice, expresando la necesidad para las grandes potencias de dar a los aparatos de Estado nacionales los medios de
reforzase. Pero en realidad es una promesa vana. No solo porque enderezar aparatos de Estado podridos, minados por la
corrupción, costaría dinero a estas potencias imperialistas avaras, salvo en las regiones dónde sus intereses vitales lo
exigen (es más fácil vender armas a regímenes corruptos que asegurar, por ejemplo, el sueldo de los militares). Pero cada vez
es más frecuente que las mismas potencias imperialistas financien y armen a grupos opositores, sea para oponerse a un régimen
que no les gusta o simplemente en el cuadro de las rivalidades entre ellas. Sólo hay que acordarse del papel desempeñado por
EEUU en la emergencia de los talibanes en Afganistán o en el armamento de facciones opuestas en Somalia.
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Palestina
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En cuánto a la situación en Israel y en Palestina desgraciadamente no hay nada nuevo, salvo quizás la vuelta de cierta
agitación diplomática por parte de EEUU. Este continúa sosteniendo plenamente al Estado de Israel, su aliado y subordinado
más seguro en Oriente Medio. A pesar de algunas declaraciones contra proseguir con la implantación de colonias israelíes en
Palestina, EEUU deja hacer. Como dejan hacer la política de represión, el bloqueo destinado a asfixiar el territorio de Gaza
controlado por Hamas y desde luego toda la estrategia del Estado de Israel negando el derecho de los palestinos a la existencia
nacional.
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Sin embargo si EEUU tiene razones para inquietarse del debilitamiento relativo del Estado de Israel, mostrado por la semi
derrota del ejército israelí frente a Hezbola en 2006, en Líbano, toda esta agitación diplomática está sobre todo
destinada a fortalecer un poco la posición de Mahmoud Abbas en el conflicto con Hamás.
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La perspectiva de un Estado palestino no solo no se ha acercado durante el año que ha transcurrido, sino que a la partición
del territorio palestino se ha añadido la división en dos de esta caricatura de Estado que es la Autoridad Palestina. A la
opresión del Estado de Israel se añade la violencia de las milicias de los dos bandos, preocupadas sobre todo de tomar
ventajas sobre el opositor. Todo ésto sobre la base de una evolución reaccionaria que expresa no solo la influencia de la
organización islamista que es Hamás sino también la evolución en un sentido religioso de Fatal –organización en su origen
no confesional– como lo ilustra la puesta en funcionamiento de una verdadera “policía de costumbres” en Ramallah,
encargada de hacer respetar el ramadán y de intervenir contra los comportamientos no conformes a la religión.
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La política del imperialismo americano y la opresión del Estado de Israel empujan a una evolución que cierra la perspectiva
de un entendimiento entre los dos pueblos, israelí y palestino, no solo en la cuestión material sino también moral, puesto
que están destinados a vivir juntos.
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La Unión Europea en todos sus estados
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En lo que concierne a las instituciones de la Unión Europea, los jefes de Estado europeos, los de Francia en primer lugar, se
han dado prisas para elaborar minuciosamente un medio de pisotear la negativa al tratado constitucional europeo por parte del
electorado francés y holandés en la primavera de 2005. El ejercicio consiste en hacer nuevo el viejo texto rechazado,
recortándolo, cercenando algunos términos que podrían enfadar a los electores como el pasaje sobre “la competencia libre y
no falseada” y sobre todo a no renovar el error de demandar a los electores su opinión por vía de referéndum. Para no
molestar a los soberanistas, ya no se habla de “Constitución” sino de “Tratado”; se descarta el título “ministro
europeo de asuntos extranjeros” en lugar de otro más simple,¡“Alto representante de la Unión para los asuntos extranjeros
y la política de seguridad”!
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Aparte de este bello ejercicio de hipocresía, el nuevo tratado simplificado es sensiblemente el mismo que el proyecto de
Constitución rechazado en lo que preocupa verdaderamente a los dirigentes políticos: cómo organizar el funcionamiento de las
instituciones con 27, asegurando a los principales países capitalistas el control, o al menos el derecho al veto, sobre las
decisiones tomadas. Pues contrariamente a las estupideces dichas por bastantes altermundialistas o izquierdistas, lo que supone
un problema para los responsables políticos de la burguesía no era “grabar a hierro en la constitución” la carrera hacia
el beneficio y la competencia. El capitalismo no tiene necesidad de Constitución para imponer sus leyes y no es suficiente con
borrar algunos párrafos en un texto o modificar otros para hacer de la Unión Europea la Europa de los pueblos.
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Este nuevo andamiaje que regula el funcionamiento de las instituciones europeas ha sido aceptado por los 27 jefes de Estado o de
gobierno en la cumbre europea de Lisboa el 19 de octubre de 2007. Por lo que concierne a Francia, el Parlamento será invitado a
votarlo en el mes de diciembre haciendo, pues, un nuevo referéndum bajo el pretexto de que eligiendo a Sarkozy la mayoría del
electorado ha votado por todo lo que él dice y hace, y su contrario.
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Ministros y comentaristas se han felicitado de esta “elegante” salida del atasco y están gustosos del nuevo comienzo, uno
más, de la construcción europea. Pero el futuro de la Unión Europea depende menos de estos malabarismos sobre los textos que
de la realidad económica, cuyo deterioro amenaza con poner en escena la competencia y rivalidades entre los diferentes países
de Europa.
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Las concesiones mutuas y laboriosamente negociadas entre las potencias europeas para no desaparecer en la competencia
internacional frente a EEU o Japón no han puesto fin ni a las rivalidades entre Estados que componen la Unión ni a la
competencia entre los truts, cuyos intereses representan. Las instituciones europeas constituyen solo un campo suplementario
dónde intereses contradictorios se enfrentan y porfían.
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Los recientes escándalos concernientes a EADS, una de las escasas empresas europeas, han levantado un poco el velo sobre la
sorda lucha que se desarrolla en su cabeza, entre los intereses alemanes y los franceses. En el caso de Airbus, ello se traduce
por un retraso en la fecha de comercialización del avión A 380. EADS y más exactamente su filial Airbus está, sin embargo,
en competencia con la americana Boeing. Por lo que respecta a otro proyecto europeo, el sistema de localización por satélite
llamado Galileo, las rivalidades nacionales amenazan con hundirlo por completo.
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El sistema Galileo está sin embargo destinado a permitir a una decena de grupos capitalistas de Europa asociarse para poner fin
a la hegemonía americana de GPS. La operación debía acabar por abrir un nuevo mercado, evaluado en 300.000 millones de euros,
ante grandes empresas como, en Francia Alcatel o Tales, y a poner en órbita una constelación de treinta satélites. Pero por
las rivalidades nacionales, de desconfianzas entre empresas en competencia, un solo satélite experimental ha podido ser puesto
en órbita y los plazos son rechazados hasta el punto de dejar tiempo a la americana GPS de elaborar un nuevo sistema más
perfecto que amenaza con cortar definitivamente las alas al proyecto Galileo.
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El mismo euro, la moneda común, constituye la manzana de la discordia. La especulación sobre las monedas ha acentuado la
subida de las tasas de cambio del euro en relación al dólar. Mientras que Francia e Italia gritan por la amenaza sobre sus
exportaciones y piden al Banco Central europeo una política dirigida a hacer bajar las tasas de cambio del euro, Alemania cuyas
exportaciones no están estructuradas de la misma manera, por el contrario se felicita de la fortaleza del euro.
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En cuánto a la parte pobre de la Unión Europea, los Estados Bálticos surgidos de la descomposición de la Unión Soviética o
de las viejas Democracias Populares, apenas tienen derecho a la palabra. El país más poblado de los países de Europa de Este,
Polonia, que desde hace mucho se opuso primero al proyecto de Constitución Europea después a su nueva versión abreviada,
finalmente ha entrado por el aro.
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Europa del Este en su conjunto, el patio trasero para los grandes grupos industriales y bancarios de Europa occidental, está
destinada a seguir siéndolo no solo en el plano económico sino también en el político.
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La evolución política de los países europeos, incluidos los de la Unión Europea, testimonia el hecho de que la subida de las
ideas reaccionarias no se limita a los países económicamente y culturalmente atrasados. En Polonia, el partido de los muy
reaccionarios hermanos gemelos Kaczynsky ha sido vencido, es cierto, por el partido de Donald Tusk. Pero si el nuevo equipo de
gobierno está más abierto respecto a Europa, es tan reaccionario como su opositor de derecha. No tiene ninguna intención de
tocar la supremacía de la Iglesia católica ni de suprimir leyes particularmente retrógradas con respecto a las mujeres
(prohibición del aborto, dificultad para el divorcio, etc.) Es verdad que son los partidos considerados como de izquierda,
surgidos del movimiento Solidarnosc o del ex partido estalinista, los que han allanado el terreno a la derecha y la extrema
derecha imponiendo, cuando estaban en el poder, la marcha forzada hacia las privatizaciones, el capitalismo salvaje, y adulando
tanto a la Iglesia como a los sentimientos nacionalistas.
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En Hungría también, es el partido socialista actualmente en el poder, nacido del antiguo partido estalinista, el que, por el
enriquecimiento repugnante de sus principales dirigentes y por su política de austeridad y de demolición de las protecciones
sociales para las clases trabajadoras, está allanando el camino a la extrema derecha hasta el punto de que los grupos
paramilitares de esta última pueden desfilar en la capital con la autorización de la policía.
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Pero esta evolución reaccionaria también afecta a la vieja Europa de las democracias imperialistas. Esto se manifiesta en
Suiza por la subida del partido de Christoph Blocher, émulo local de Le Pen, o aún en Bélgica por la subida de la demagogia
separatista.
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Rusia: los cálculos de Putin
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En cuanto a Rusia, el hecho político notable de este año es la maniobra inventada por Putin para quedarse en el poder, puesto
que la Constitución no le permite presentarse a la elección presidencial por tercera vez consecutiva.
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Mejor que modificar la Constitución, parece haber escogido presentarse en cabeza de su partido en las elecciones legislativas,
previstas para diciembre de 2007. Si, como parece probable, este sale victorioso, cuenta con ocupar el puesto de Primer
Ministro, dejándole la presidencia a uno de los suyos. Preservaría así la posibilidad, al fin del mandato de su sucesor o
incitándolo a una dimisión anticipada, de volver a presentarse a la presidencia.
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Lo que le permite contemplar con cierta posibilidad de éxito este guión, es que el alza de los precios del petróleo y del gas
natural aseguran al Estado ruso unas rentas claramente aumentadas. Consiguió más o menos contener la descomposición del
Estado ruso y permitió la vuelta de este último sobre la escena política internacional. Este cálculo puede, por supuesto,
revelarse falso y el títere eventual dejado en la presidencia negarse a abandonar. Pero la ambición de Putin no es solo la
ambición de un hombre que puede ser contrarrestada por la ambición de otro. Es el representante de un clan de la burocracia
que, durante los ocho años de poder presidencial de Putin, puso la mano sobre numerosos engranajes del aparato de Estado y buen
número de medios de comunicación, y en particular las cadenas de televisión nacionales, susceptibles de llegar al conjunto de
este inmenso país.
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Por otro lado, mientras que su predecesor Yeltsin había malvendido a la privada gran parte de las empresas industriales o
mineras, el clan Putin retomó el control de las empresas estratégicas, particularmente de Gazprom, para servirse de eso como
de un instrumento político tanto en el interior como sobre la escena internacional.
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América Latina
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Desde 1998 y la elección de Hugo Chávez en Venezuela, toda una serie de elecciones, particularmente las que se celebraron
entre noviembre de 2005 y diciembre de 2006 en once países del continente latinoamericano, ha confirmado cierto giro a la
izquierda del electorado y el ascenso –o mantenimiento– a la cabeza de la mayoría de estos Estados de dirigentes que se
decían de izquierda o tenían un lenguaje progresista: Lula en Brasil, Kirchner en Argentina, Bachelet en Chile, Correa en el
Ecuador, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua.
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El ejemplo de Lula, uno de los más antiguos en su puesto de estos dirigentes de izquierda, muestra que una vez en el poder la
izquierda latinoamericana no se comporta de manera muy diferente de la izquierda de Europa occidental. Lula, elegido gracias a
las esperanzas e ilusiones de las masas desheredadas de Brasil, ha sido el ejecutor de las voluntades del gran capital local o
internacional, lo mismo que sus predecesores.
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Los más radicales de estos dirigentes como Morales, Correa y sobre todo Chávez, inspiran sin embargo toda una mitología en
una parte de la extrema izquierda europea. Generalmente se trata de los que revierten sus antiguos amores hacia Castro, para
pasar a finales de los años setenta a la adulación del régimen sandinista de Nicaragua. Hugo Chávez, con sus discursos
antiamericanos, su nacionalismo económico, su amistad con Castro, sus gestos de solidaridad con los países pobres de América
Latina utilizando el petróleo o las rentas que emanan de él, sus medidas a favor de las clases populares de su país, lo tiene
todo para gustar a este medio político.
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Si Chávez como Morales o Correa manifiestamente gozan del apoyo de las clases populares de sus países respectivos, no
representan sin embargo ni de cerca ni de lejos los intereses políticos de la clase obrera de estos países, ni tampoco
perspectivas comunistas. No lo pretenden por otra parte. La “ revolución bolivariana” ” de la que Chávez se hace cantor
valora el peronismo y no la revolución.
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Es necesario subrayar que Castro, sin ser un revolucionario en el sentido proletario del término, sin embargo ha sido llevado
al poder por un levantamiento campesino que supo dirigir y encuadrar. Este levantamiento le dio una base popular sólida que le
permitió resistir a las presiones, incluso a la agresión militar, del imperialismo americano y efectuar dentro del país
cambios sociales apreciables. No es el caso de Chávez ni de Morales o de Correa.
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Frente a las presiones del imperialismo americano o de la gran burguesía local, que no lo lleva en su corazón, los comunistas
revolucionarios son desde luego solidarios con Chávez, pero no tienen que atribuirle un empeño político que no tiene. Y esto
no es una simple cuestión de vocabulario.
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Una comprensión justa o, al contrario, embellecida de lo que son y representan Chávez o Morales, no cambia nada para ellos
pero esto cambia mucho para la formación de militantes que se reivindican del comunismo.
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La historia de los sesenta últimos años vio surgir en los países pobres y tomar el poder a muchos movimientos que tenían
como objetivo debilitar la influencia del imperialismo sobre sus países e intentar desarrollar la economía sobre una base
nacional. El más importante, y de lejos, fue el movimiento de Mao Tsé-Toung en China. El régimen maoísta consiguió, por
cierto, liberar a China de gran parte de su retraso feudal y procedió a una cierta industrialización, al amparo de la
penetración de los trusts imperialistas bajo la protección de sus fronteras y de sus barreras aduaneras.
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Pero China, a pesar de todas las bazas que tenía por su tamaño, su población y la variedad de sus recursos, acabó no sólo
por reintegrar la economía imperialista mundial, sino que hasta se hizo un elemento importante de ésta.
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El régimen de Mao, a pesar de su vocabulario más radical que el de sus pálidas copias de hoy, a pesar de la capacidad que
mostró durante mucho tiempo para hacer frente a Estados Unidos, no sólo no puso en jaque a la dominación imperialista, sino
que se ha convertido hoy día en la correa de transmisión de ésta contra las clases populares chinas. El inmenso campesinado
que se muere de miseria en los campos dejados sin cultivar o echado hacia las ciudades, y la clase obrera, sometida a
condiciones de vida dignas del tiempo de la revolución industrial en Europa en el siglo 19, están frente a una burguesía que
se enriquece gracias a un capitalismo desenfrenado.
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En cuanto a los émulos de Mao de los años sesenta y setenta, han desaparecido o se integraron en la orden mundial. De los
regímenes que instalaron, sólo quedan algunos vestigios en vías de desaparición en Corea del Norte, en Vietnam y en Cuba.
¡Hubo, sin embargo, en estos años, regímenes cuyos dirigentes se proclamaban antiimperialistas!
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Pero el único antiimperialismo que realmente lo es, es el que tiene como objetivo la destrucción del mismo sistema capitalista
por la única fuerza social que tiene la capacidad histórica para hacerlo, el proletariado.
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La dominación del imperialismo, es decir, la organización de la economía y de la sociedad sobre una base capitalista, no
constituye sólo un obstáculo ante toda posibilidad para la humanidad de encargarse de modo conciente de la organización
racional de su existencia material. Es también un factor poderoso de regresión en el dominio de las ideas, de la cultura y en
el dominio de los comportamientos simplemente humanos. Asistimos a una marcha atrás hacia la barbarie.
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La subida de las ideas reaccionarias y religiosas, de los nacionalismos, del tribalismo y, más generalmente, la descomposición
social, son expresiones del carácter senil de un orden económico tan injusto como anacrónico. Lo más grave sin embargo en
esta descomposición social, es la que afecta también a la única clase progresista del futuro, el proletariado.
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Desde el punto de vista de su número y de su fuerza social, el proletariado no se debilitó desde que, al final de la Primera
Guerra Mundial, realmente amenazó el orden imperialista. Los millones de campesinos chinos transformados en proletarios
constituyen una de las pruebas.
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La conciencia política de clase no resulta sin embargo de la condición proletaria, sino de la actividad de las fuerzas
políticas que militan sobre el terreno de clase y en el sentido de una vuelta del proletariado sobre la escena política.
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Es imposible prever cómo, en qué país y a través de qué procesos, se desarrollarán las fuerzas políticas que militarán
en el terreno del comunismo revolucionario.
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Todo lo que se puede decir es que ésto es indispensable para que la clase obrera, la única clase que tiene la fuerza y el
interés fundamental en derribar el capitalismo, pueda recobrar su papel.
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Diciembre de 2007
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