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Articulo traducido de Lutte de Classe n° 115
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Desde septiembre, la crisis de la economía capitalista se ha extendido y acelerado. Ya nadie puede negar que se trata de una
crisis de una amplitud comparable a la de octubre de 1929. La rapidez con la cual se propaga la tormenta financiera da vértigo.
Por más que hagan los dirigentes enloquecidos de los Estados, la crisis no deja de empeorar. Tan pronto como un Estado, a
golpes de miles de millones, apaga el incendio de un banco, otro incendio aparece. Cuando no es un gran banco que se hunde, es
la Bolsa que se desploma. En estos primeros días de octubre, mientras que los Gobiernos multiplican los gestos para parar el
pánico de los «inversores» – es decir, de todos los poseedores de capitales que desplazando su dinero alimentan el incendio
financiero –, los índices bursátiles, Nikkei, Cac 40, Dow Jones, Ibex 35..., se hunden unos tras otros al compás de la
diferencia horaria
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Las olas sucesivas de la crisis
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La historia fijará quizás la fecha del miércoles 8 de agosto de 2007 como el principio de la crisis. En efecto, es ese día
que, lo que parecía en los meses anteriores como una simple crisis en el sector inmobiliario norteamericano, se transformó en
crisis financiera mundial.
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No expondremos de nuevo aquí con detalle, los mecanismos a través de los cuales una crisis que sólo era sectorial, como hubo
muchas otras durante los últimos treinta años, se propagó por todo el mundo. Tampoco volveremos sobre la técnica de estas
famosas «titulizaciones» que mezclaban crédito hipotecario americano de riesgo, con otros tipos de créditos, que los bancos,
las compañías de seguros y las empresas se arrancaban de las manos unos a otros, en la época en que producían muchos
beneficios pero que, perdiendo brutalmente su valor, envenenan hoy todo el sistema bancario.
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Recordemos solamente que la desconfianza respecto a los títulos susceptibles de estar contaminados por una porción de
créditos morosos sembró la sospecha entre los bancos. Esta sospecha se generalizó a todos los títulos. Al generalizarse,
generó una crisis de confianza entre bancos.
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Los distintos bancos operan entre sí, día tras día, decenas de miles de operaciones, donde el dinero circula en forma de
títulos. La desconfianza respecto a los títulos ha llevado a la aberración de que, en este mundo financiero donde abunda el
dinero, hay una crisis de liquidez. Desde hace un año, los bancos no se prestan dinero o solo lo prestan a intereses
prohibitivos. Antes, los depósitos de títulos servían normalmente de contrapartida. El sistema bancario sólo funciona porque
está inyectado a los bancos centrales.
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Pero desde sus principios, la crisis se diversificó. A lo largo del año, a la crisis inmobiliaria y financiera, se añadieron
la crisis del petróleo, una crisis de las materias primas generalizada, la crisis alimentaria, y también la recesión en la
economía productiva. En realidad, es la misma crisis que pasa por varios canales, a veces vertiéndose los unos en otros, a
veces separándose, pero influyéndose siempre.
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Es así, por ejemplo, como la crisis de origen, la crisis en los productos inmobiliarios norteamericanos, abasteció
directamente la crisis del petróleo, de las materias primas e incluso la crisis alimentaria, simplemente porque eran capitales
en búsqueda de inversiones que venían de los bienes inmobiliarios que fueron hacia las materias primas, incluido alimentos,
haciendo subir brutalmente los precios. Precios que, desde entonces, suben y bajan, ejemplo el petróleo, según los sobresaltos
de la crisis o de la idea que se hacen de ella los especuladores.
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A principios de octubre de 2008, parece evidente de que se trata de una misma crisis, de una crisis general de la economía
capitalista. Una crisis donde, a diferencia de 1929, los grandes Estados imperialistas han volado inmediatamente en socorro de
sus financieros y, más allá, de su clase capitalista. Pero, por el momento, sin éxito…
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La agravación de la crisis desde principios de septiembre, indicada por la tutela el 7 de septiembre de 2008, es decir, la
nacionalización de hecho por el Gobierno estadounidense de dos instituciones financieras, Fannie Mae y Freddie Mac, por la
quiebra el lunes 15 de septiembre de uno de los más grandes bancos de negocios de Wall Street, Lehman Brothers, y por el
rescate in extremis de la sociedad de seguros AIG, llevó a los Estados, y en primer lugar a Estados Unidos, a inyectar en la
economía sumas fabulosas de dólares.
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Sólo las primeras intervenciones del Estado norteamericano representan una factura de más de 1,5 billón de dólares para el
Tesoro americano de los cuales 700 mil millones del plan Paulson, están destinados a comprar a los bancos sus títulos
podridos. Recordemos, por comparación, que las reservas del banco central de los Estados Unidos, son aproximadamente de 800 mil
millones de dólares.
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Pero los bancos centrales de las otras potencias imperialistas no se han quedado atrás: el equivalente de 170 mil millones de
dólares para el banco central europeo; el mismo montante para el banco de Japón. Y aquí no se para el contador de las
intervenciones. El mismo día cuando la prensa económica recapitulaba los gastos previos de los bancos centrales o Estados, el
Banco de Inglaterra anunciaba una previsión de gastos de 250 mil millones de libras esterlinas.
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Es una política de clase cínica y brutal. La única «salida de la crisis» propuesta por la burguesía costará tan cara, a
las clases populares, como la propia crisis. Son éstas las que tendrán que pagar las sumas ofrecidas a los responsables de la
crisis. El objetivo más urgente de todos los Gobiernos consiste en parar la crisis de confianza generalizada. En el mundo de
los negocios, nadie confía en nadie. Los bancos no se prestan ya entre ellos, lo que desconecta los mercados bursátiles. Y el
hundimiento de las Bolsas al mismo tiempo que las dificultades del crédito, alcanzan la financiación de las propias empresas.
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Para romper este encadenamiento infernal, los dirigentes de los Estados intentan convencer a los mercados financieros, es decir,
en realidad a los propietarios de los capitales que se mueven en estos mercados, de que no corren riesgos confiando en los
demás bancos, ya que los Estados están dispuestos a sustituir a cualquiera que eventualmente fallara. Pero eso no basta para
restablecer la confianza entre bancos.
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Por más que los Estados viertan más y más dinero, el sistema financiero aparece como un pozo sin fondo.
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Por el momento, todo es inútil. La Bolsa, que es un buen barómetro de la economía capitalista, sigue hundiéndose. No hay,
como en 1929, un único «jueves negro» dónde las Bolsas se habrían hundido un 40% en algunos días, pero hay lo que llaman
un «hundimiento sostenido». Con relación a su más elevado nivel, hace un año, el índice de la Bolsa de Nueva York había
llegado, a principios del mes de octubre, a una reducción de 32,5 %.
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Nada para que el «lunes negro» del 6 de octubre de 2008 – un «lunes negro» mas, después del 15 de septiembre en que el
banco Lehman Brothers, uno de los pilares de Wall Street, hizo quiebra –, el Cac 40, el índice de la Bolsa de París, haya
conocido la más fuerte caída desde su instauración, lo que representa 9,04 %. y el día siguiente, más del 6% de caída
suplementaria. Caídas del orden de un 7% en Londres y Frankfurt. ¡Y la Bolsa de Tokio, que podía darse por contenta con una
caída del 3% el «lunes negro», había perdido un 9% al día siguiente!
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Pero lo ocurrido puede ser peor aún. Por el momento, el pánico se limita al mundo de las finanzas, de los banqueros, de los
gerentes de fondo de colocación que no saben ya a qué título comprar. ¿Pero qué pasaría si el pánico se generaliza?
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Los dirigentes políticos multiplican las declaraciones tranquilizadoras. Hacen de la «protección de los ahorradores» uno de
los objetivos de sus promesas. Pero su verdadera preocupación no es proteger a los ahorradores, sino proteger a los bancos y
otras cajas de ahorros de un pánico que vendría de los ahorradores, de la gente.
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Los orígenes de la crisis financiera
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Las razones fundamentales de la crisis financiera no tienen nada de misterioso. Los productos financieros – las acciones, las
obligaciones, los títulos de crédito y la multitud de títulos que representan una combinación más o menos sofisticada de
todo esto – son productos como otros. Tienen sus mercados. Se venden, se compran, preferiblemente con beneficio. A pesar del
carácter etéreo de los productos, cada vez más separados de lo real gracias a la sofisticación, los mercados financieros
controlan la oferta y la demanda, como cualquier otro mercado. Las crisis no constituyen una aberración de la economía
capitalista, sino sus momentos de regulación. Son las crisis las que ponen orden, hasta cierto punto, en un funcionamiento
económico caótico, donde cada capitalista sigue su propio plan, sus propios intereses y persiguen su propio beneficio
individual.
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En otros términos, lo irracional no es esta fase del funcionamiento normal de la economía capitalista que es la crisis misma,
sino la economía capitalista en su funcionamiento global con relación a las necesidades y a las posibilidades de la sociedad,
a su grado de desarrollo.
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Los productos financieros son, más aún que los productos materiales, propensos a la especulación. En una entrevista publicada
en Le Parisien del 9 de octubre de 2008, Pascal Lamy, el Presidente de la Organización Mundial del Comercio – y
socialdemócrata, tan bueno como para figurar en primer plano entre los servidores del gran capital –, se distancia del
ambiente en el cual tanto Sarkozy como Bush, con la mano sobre el corazón, atacan a los especuladores designándolos como los
responsables de la crisis. Declara: «no hagamos como si el concepto de especulación fuera un tipo de infamia moral».
En el fondo, es más sincero que los demás porque la especulación es inherente al funcionamiento capitalista de la
economía.
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«La especulación es inherente a la naturaleza humana», siente, sin embargo, la necesidad de añadir Lamy, uniéndose así
a un todo un ejército de servidores y partidarios del capitalismo de hoy y de ayer. Pero el funcionamiento de la economía no
tiene nada que ver con la naturaleza humana, no más que con las leyes eternas. La competencia, la carrera por el beneficio, la
especulación, son inherentes a una forma de organización económica, el capitalismo, que tuvo sus horas de gloria en sus
principios, hace más de dos siglos, cuando permitió a la humanidad realizar progresos formidables, pero que se han convertido
en una causa permanente de derroche y un factor de división social periódica.
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Pero si la crisis financiera toma la amplitud que tiene hoy, es debido a la preponderancia adquirida por las finanzas sobre la
producción y debido también a la masa financiera en circulación en la economía.
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Si la preponderancia de las finanzas no es cosa nueva – Lenin ya veía en ella uno de los aspectos fundamentales del
imperialismo–, el aumento de los negocios financieros, la financiarización de la economía, son inseparables de la historia
económica de las últimas décadas. Las que nos separan del final de los pretendidos « Treinta Gloriosos » (los treinta
años de crecimiento fuerte de la economía occidental de 1947-1973) y del principio del largo período de crecimiento lento de
la economía.
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Las primeras formas de expresión de esta financiarización han sido los «euro-dólares», es decir, estos dólares que
correspondían a créditos en dólares emitidos por bancos de fuera de los Estados Unidos, es decir, no controlados por el
Gobierno norteamericano. Los «petrodólares», los dólares acumulados por los trusts del petróleo y por los potentados de los
países petrolíferos, y no invertidos en la producción, tomaron el relevo.
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La coincidencia entre el final del período de relativa expansión de la posguerra y el principio de la financiarizacion de la
economía no es fortuita.
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Son la saturación de los productos del mercado y la reducción de la tasa de beneficio lo que llevó al gran capital a iniciar
su ofensiva multiforme contra el mundo del trabajo para restablecer la tasa de beneficio en detrimento de la clase obrera.
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Durante estos últimos treinta años, las finanzas no han dejado de aumentar con relación a la actividad productiva. Crisis
financieras locales o sectoriales se sucedieron con una frecuencia creciente. Estas crisis, cada vez, rompieron el empuje del
momento. Pero, apenas se superaba una crisis cuándo la máquina se embalaba de nuevo.
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La burbuja de las finanzas conoció un nuevo golpe de acelerador a partir de 2000-2001, inflándose más. En la prensa
económica, se acusa mucho a Alan Greenspan, presidente en la época de la Reserva Federal, el banco central norteamericano, de
ser responsable del frenesí financiero por tener una política débil, de crédito fácil. Y, en efecto, esta política de
crédito fácil condujo a los bancos e instituciones financieras a conceder fácilmente créditos puesto que estaban seguras de
financiarse de nuevo barato dirigiéndose al banco central, gracias a la tasa de interés particularmente baja practicada por
este último.
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Pero el individuo no merece ni este exceso de honor, ni esta indignidad. Su política monetaria disfrutaba de un consenso muy
grande en la burguesía norteamericana. Antes de 2001, esta política de dinero fácil había facilitado la financiación de lo
que se consideraba entonces como la «nueva economía», la informática, la telefonía móvil, Internet y sus «start up». Y
luego, esta «nueva economía», con la que algunos preveían una nueva era de prosperidad, reveló no ser más que la antigua
economía capitalista aplicada a nuevos productos. Como para tantas otras mercancías, las posibilidades productivas se
revelaron demasiado grandes para las posibilidades de absorción del mercado.
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Dicha «nueva economía» conoció su crisis de sobreproducción. Y la especulación financiera que se había incorporado al
desarrollo de la informática, después de haber hecho inflar la «burbuja Internet», sufrió la «quiebra Internet».
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Coincidencia: la quiebra de la «nueva economía» se produjo en el periodo en que los Estados Unidos conocieron otro
hundimiento, el de las torres gemelas del World Trade Center, el 11 de septiembre de 2001, bajo el golpe de los terroristas de
Ben Laden. Los dos acontecimientos podían empujar a la economía americana hacia la recesión.
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En un contexto caracterizado por una amenaza de recesión, a la cual se añadían en el ámbito político las consecuencias de
los atentados del 11 de septiembre de 2001, la intención del banco federal había sido facilitar la reactivación económica.
De ahí el crédito fácil. Pero, si el crédito fácil en efecto favoreció cierta reactivación, favoreció, en proporciones
muchísimo más importantes, las finanzas y la especulación. Una vez más, como tan a menudo se hace desde hace cerca de
cuarenta años, es la medicación administrada para curar la economía de un mal que iba a conducir a otro, más grave aún.
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En ciertos aspectos, la «quiebra de la nueva economía» fue la primera fase de la crisis financiera de hoy, o su repetición
general. En efecto, fue cuando «la industria de las finanzas», como dicen los que la practican y los que sacan provecho de
ella, aceleró la acumulación de sus materiales, aprovechando el dinero fácil del banco central.
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Puesto que el tipo de interés bajo del banco central hacía el crédito fácil, es decir, el dinero barato, ¿por qué no
pedir prestado? Y, como la producción real no pedía tanto dinero y sobre todo no para que se invierta, las finanzas inventaron
instrumentos financieros cada vez más sofisticados. ¡Un Soros, sin embargo experto en especulaciones, afirma que, ahora
jubilado, no comprende nada a los dichos «instrumentos financieros» con los cuales juegan sus sucesores!
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Le Monde del 10 de octubre cita a un profesor de Economía de la Escuela Politécnica que afirma que «algunos
establecimientos financieros proponían a sus clientes unos activos cuya descripción constituía un manual de 150
páginas». Eso no es solo una anécdota. Los bancos desconfían uno de los otros porque nadie sabe de qué se compone el
título que se le ofrece en garantía de un préstamo.
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Mientras la espiral de la especulación era ascendente, nadie se interesaba por esta sofisticación puesto que el título
producía beneficio. Ya no. Pero, ¿por qué el crédito barato del banco federal implicó este movimiento especulativo?
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El sector inmobiliario norteamericano, en el cual se inicio la crisis presente, ilustra el mecanismo que se puso en marcha. Hubo
en efecto, en los primeros años del siglo XXI, una reactivación de la construcción. Obras de construcción se multiplicaron,
casas surgieron por doquier, se construían pisos. Es decir, se crearon bienes materiales. Pero si el sector de la construcción
iba bien, las especulaciones que se incorporaban a él, iban mejor aún.
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Las hipotecas subprimes, estos famosos créditos inmobiliarios baratos concedidos con el alojamiento comprado en garantía,
contribuyeron durante un período a la creación de bienes reales. Hasta que la fabricación de bienes virtuales, de estos
títulos basados en el crédito de riesgo, sobrepasa, y de muy lejos, la fabricación de bienes reales. La política de crédito
barato terminó por abastecer muchísimo más aún la especulación sobre los bienes inmobiliarios que el sector de la
construcción.
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la tormenta financiera recorre los continentes
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Cuando en el mes de septiembre de 2008, la crisis financiera se aceleró en los Estados Unidos, ministros y comentaristas se
relevaron para explicar que había pocos riesgos que la crisis cruzara el Atlántico, debido a las diferencias entre el sistema
bancario americano y el de Europa.
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El discurso era falso y estúpido. Falso porque uno de los primeros bancos alcanzados por la crisis bancaria, el primero
también dónde se han visto a clientes enloquecidos hacer la cola para intentar recuperar sus depósitos, fue el banco
británico Northern Rock. Y sobre todo estúpido ya que, con la interpenetración mundial de los sistemas bancarios, no había
ninguna razón para que los bancos europeos escapen a la crisis financiera.
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Y, a partir de los primeros días de septiembre, la crisis de confianza cruzó el Atlántico y afectó a varios bancos europeos.
Fortis, Dexia, Bradford y Bingley, Hypo Real Estate, Glitnir, sólo se salvaron gracias al dinero público: un banco
franco-belga-holandés-luxemburgués, un franco-belga, uno de Gran Bretaña, otro de Alemania y un islandés.
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Y se reprodujo entonces en Europa, con algunos días de desfase, la misma agitación entre los dirigentes políticos que hubo en
los norteamericanos, para salvar a los bancos amenazados de quiebra. Excepto esto: mientras que en Estados Unidos, hay un
Gobierno central que decide y que tomó inmediatamente las decisiones que consideraba buenas para intentar consolidar la
situación y parar el pánico, la Unión Europea no es más que una yuxtaposición de Estados con intereses divergentes. Hablar
de una tentativa de reacción europea, no corresponde verdaderamente a la realidad. Son los dirigentes de las cuatro potencias
imperialistas que dominan la Unión Europea, Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia, los que se reunieron, planteándose en
comité de dirección de los 27 países de la Unión, y en virtud de la simple idea, de que lo que era bueno para sus
burguesías debía ser bueno para las otras 23. Incluso para sus compadres imperialistas españoles, belgas u holandeses.
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¡Pues bien! Incluso entre ellas, estas cuatro potencias no llegaron a un acuerdo. No hubo un plan Paulson europeo. La unidad de
Europa es algo bonito en los discursos, pero las más ricas potencias europeas, Alemania la primera, no tienen ganas de pagar
por las otras.
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En realidad, cada Estado, cada banco nacional se puso a ayudar a sus propios bancos, sus propias instituciones financieras. Como
en Estados Unidos, los contables están funcionando con cifras que implican muchos ceros. ¡Cincuenta mil millones de euros
gastados por el Estado alemán para salvar a un único gran banco! ¡250 mil millones de libras esterlinas en el marco de una
copia del plan Paulson pero limitadas únicamente a Gran Bretaña!
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Cuando estos dirigentes repiten que una reacción unida de los Estados europeos es indispensable cuando son incapaces de
tomarla, la Unión Europea muestra sus límites.
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Ni siquiera se garantiza que el euro – que solo es la moneda común de una parte de la Unión Europea – resista a la crisis.
El «cada cual para sí», es decir, el rescate de sus propios bancos, de su propia burguesía, conduce necesariamente no sólo
al aumento de los gastos de cada Estado, sino también a que empeoren las diferencias entre estos gastos. Los dirigentes
europeos comienzan por otra parte a hablar de una flexibilidad de los criterios de Maastricht. Ninguno de los Estados, tendrá
sin embargo, ganas de pagar por una inflación del euro de la cual sería responsable otro Estado. La tentación será fuerte,
para los más fuertes, de retirarse de la zona euro para volver de nuevo a una moneda nacional, más fácil de controlar en
función de los intereses de la burguesía nacional.
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La guerra entre bancos
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«¡Recuperen el sentido común!», exclamó Jean-Claude Trichet, Presidente del Banco Central Europeo, cuando constató
que, a pesar de la decisión concertada, el 8 de octubre de 2008, de siete bancos centrales de reducir sus tipos de interés,
los precios de las acciones seguían bajando y las Bolsas hundiéndose. Pero si los precios de las acciones siguen bajando, es
en primer lugar porque, durante el período anterior, se los sobre valoró ampliamente y aún no han encontrado su equilibrio.
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Hay un vínculo, en todo caso se supone que hay uno, entre los precios de las acciones y los dividendos que proporcionan. La
recesión que se anuncia empujará el tipo de beneficio hacia abajo, y también los dividendos. Es entonces lógico que los
precios de las acciones bajen. Tomando la terminología de los financieros y comentaristas, «el mercado corrige» los precios
de las acciones, después, como siempre, en la violencia de una crisis. Después del arrebato y la sobre valoración del
período de subida, viene ahora la bajada.
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Y la especulación se incorpora en este movimiento para ampliarlo dándole un carácter caótico. La hay durante los períodos
de frenesí, cuando todo el mundo quiere comprar, como en los períodos de caída que resultan del hecho que hay más gente que
vende que personas que compran.
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El encantamiento de Jean- Claude Trichet esta destinado obviamente a los vendedores para que paren de vender. Pero no va
dirigida probablemente a los pequeños y medianos accionistas asustados. No son ellos quienes dan el tono en los grandes
mercados financieros de Nueva York, París o Frankfurt, a los cuales la mayoría de ellos no tienen acceso.
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Las ventas masivas de acciones que hacen bajar los precios no vienen solamente de una multitud de ventas de «traders»
asustados. Hubo ventas masivas concertadas. Realmente, detrás de la agitación desordenada, hay la acción concertada de
grandes tiburones del capital financiero que no solamente tienen los medios de protegerse contra la baja de la Bolsa, pero
tienen incluso, en algunos momentos, los medios de causarla, de acentuarla y de sacar provecho de ella.
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La prensa informó cómo Warren Buffett, ya el hombre más rico del planeta, está aumentando su fortuna especulando a la baja.
Pero hay aún otro tema. Después de la quiebra de Lehman Brothers, los grandes bancos saben que no sobrevivirán todos a la
crisis. Saben también de experiencia que los períodos de crisis ofrecen oportunidades extraordinarias. Un movimiento de
especulación puede hacer bajar los precios de las acciones de un banco muy por debajo del valor real del banco en cuestión, de
sus redes, depósitos, clientela, etc. Para los chacales de las finanzas, es el momento de lanzarse sobre el cadáver. Y a veces
son ellos quienes matan.
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La prensa informó de que el banco Lehman Brothers, esta digna institución casi centenaria de Wall Street, no falleció de
muerte natural sino porque uno de sus rivales, el banco J.P. Morgan, le mantuvo la cabeza bajo el agua cuando estaba en
dificultad.
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El golpe más duro del especulador jubilado Soros fue, en su tiempo, cuando, especulando a la baja con el tipo de cambio de la
libra esterlina inglesa, una vez realizada la baja, ingresó varios miles de millones de dólares. En realidad, Soros había
especulado con sumas tan considerables que al apostar sobre la baja de los precios, la había provocado.
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Está ocurriendo actualmente una multitud de fenómenos de la misma clase en el mercado financiero. La baja de las acciones
resulta del pánico de muchos de los que intentan vender para no perder. Pero resulta seguramente también de la lucha a muerte
entre los mastodontes de las finanzas que causan movimientos de venta para debilitar un competidor o para hundirlo.
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¿Es irresponsable, incluso desde el punto de vista de la burguesía? Sí, es irresponsable. Pero, como lo resumía tan bien
Lenin: los capitalistas están dispuestos a vender la cuerda destinada a colgarlos.
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La crisis financiera ya condujo a varias fusiones, frutos de lo que parece ser un acuerdo – así Caisse d’épargne con
Banque Populaire –,pero más a menudo resultantes de compras. ¡J.P. Morgan ha adquirido el banco Lehman Brothers con menos de
dos mil millones de dólares, mientras que sus activos se valoraban más de 300 mil millones de dólares después de haber
contribuido a hundirlo!
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Cerca de la mitad de los bancos vedettes de Wall Street desaparecieron, o por quiebra como Lehman, o porque han sido comprados,
generalmente por una pequeña fracción de sus activos. Fuera Wachovia, fuera Washington Mutual, fuera Merril Lynch. Goldman
Sachs sólo pudo salvar momentáneamente su piel gracias al apoyo, !Y bien interesado¡, del multimillonario Warren Buffet.
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Cosa notable: muy a menudo, el tiburón victorioso lo es porque ha sido ayudado por un Estado. Enfrentado a la amenaza de
quiebra de un banco, el Estado nacionaliza, es decir, compra el banco cuando no le queda otra opción. Pero cuando lo puede,
toma participaciones y ayuda al banco más potente a triunfar, obteniendo una parte en el asunto. Así es como el Estado
participa con el dinero público en la lucha a muerte entre los grandes bancos.
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Resultado de esto: un movimiento de concentración en el sector bancario. Es, finalmente, una de las principales funciones de la
crisis: despejar el terreno, deshacerse de un exceso de instituciones financieras en favor de una concentración aún mayor.
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Recapitulando, el 3 de octubre, el movimiento de concentración en curso, el Diario Les Echos ve surgir tres méga-trusts
bancarios, J.P. Morgan, Citigroup y Bank of América pero añade: «en el paisaje increíblemente móvil del sector bancario
americano, las clasificaciones no se mantienen veinticuatro horas».
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Entonces, lo mismo decir que las amonestaciones puramente verbales de un Trichet pesan apenas en la balanza, no más que las de
los Jefes de Estado, que estén juntos o separados. No son ellos quienes deciden. Su rol se limita a arreglar, a tranquilizar a
los pequeños depositantes, a hacer creer que lo que pasa no es tan grave como lo parece, es decir, a hacer el trabajo político
para el cual la burguesía les paga.
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El activismo de los grandes bancos, de los grandes dueños de capitales, que cuenta tanto en la amplitud de la especulación, no
se detendrá hasta que los más potentes hayan acabado con sus proyectos.
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De la crisis financiera a la recesión
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En los Estados Unidos, la crisis financiera es responsable de la recesión. Bajo el título «el FED al rescate de las
empresas», Le Figaro del 8 de octubre de 2008 relata una afirmación significativa sobre la forma en que la tormenta
financiera alcanza la economía productiva. Para financiar los gastos inmediatos, como el pago de sus empleados o sus
proveedores, las grandes empresas emiten billetes de tesorería. Pero, afirma el Diario, «la crisis de confianza alcanzó
tal grado que se volvió difícil o demasiado costoso para las sociedades comerciales garantizar normalmente sus necesidades de
tesorería emitiendo como siempre créditos a corto plazo. Se estiman en 1.600 mil millones de dólares estos billetes
pendientes de tesorería actualmente en el mercado…». Al no encontrar ya compradores para sus billetes de tesorería, las
empresas andan escasas de liquidez y, por primera vez desde el comienzo de la crisis financiera, el banco central norteamericano
se lanzó en el rescate de créditos a corto plazo de empresas no financieras. Así pues, para el mercado financiero entre
bancos, el Estado sustituye a los bancos en el papel que deberían desarrollar prestando a las empresas.
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De las finanzas, la crisis se propaga a la economía productiva. Ya afecta la construcción, el automóvil y, cada vez más, la
industria textil. A la baja del poder adquisitivo de las clases populares que reduce el mercado se añade la dificultad de
obtener crédito.
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Y, contrariamente a los cuentos de hadas que los dirigentes europeos dicen a su pueblo, la crisis puede afectar más seriamente
aún a Europa que a los Estados Unidos. La recesión americana es una consecuencia de la crisis financiera. Europa, en cambio, y
en particular Francia, iba hacia la recesión incluso antes que la crisis financiera la alcance realmente, debido
particularmente a la subida brutal del precio del petróleo. Al alcanzar su pleno efecto, la crisis financiera empeorará aún
más la recesión.
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Un derroche colosal
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Los augurios del FMI, a la vez que rechazan sus propias previsiones optimistas de hace algunos meses, para anunciar el
crecimiento cero, o incluso negativa, afirma sin embargo, como su jefe economista, que «los riesgos en caso de una
depresión similar a la de los años treinta son casi nulos». ¡Desde las primeras premisas de la crisis, se vieron
augurios de la misma calidad sucederse para anunciar, a cada etapa, que la crisis se terminaba, o que le quedaba poco para eso,
antes de verse obligado a tragarse sus palabras!
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Aunque el FMI tuviera razón, los estropicios de la crisis presente son ya colosales, pues las pérdidas no sólo son virtuales.
Se detienen algunas obras, fábricas reducen sus actividades o cierran, y se echan a trabajadores a la calle.
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Y hay el pasado. Los beneficios esfumados resultan de la explotación que es muy real. La congelación de los salarios, el
aumento de los ritmos de trabajo, las reducciones de personal para que se produzca más con menos obreros, la flexibilidad y la
precariedad, tienen por objeto, en nombre de la competitividad, acumular siempre más beneficio.
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La humanidad paga un precio exorbitante con la persistencia de la organización económica basada en el mercado y la búsqueda
del beneficio.
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Toda previsión sobre la futura evolución de la crisis sería ociosa. Se puede solamente constatar con qué rapidez la clase
capitalista y sus representantes a la cabeza de los Estados han echado por la borda los discursos del «liberalismo» que
dominaban antes. Los más reaccionarios gobiernos utilizan plenamente el dinero público, comprando acciones de los bancos y
establecimientos financieros, cuando no van hasta nacionalizarlos completamente. No es nada nuevo en la historia de la economía
capitalista. Los capitales privados, cuando se enfrentan al caos causado por su propia gestión de la economía, encuentran, en
general, protección del lado del Estado.
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Así fue para intentar superar la gran depresión que siguió la crisis de 1929, tanto en Estados Unidos como en la Alemania
nazi. Fue así aún inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial.
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Inmediatamente después de la guerra, bajo la influencia en particular del movimiento estalinista que dominaba el movimiento
obrero, se daba a las nacionalizaciones una coloración socialista. Sólo mentiras, incluso en la época. Pero, hoy, las
nacionalizaciones totales o parciales a las cuales se suministran Gobiernos tan reaccionarios como los de Bush y Sarkozy, o del,
«laborista» Gordon Brown en Gran Bretaña, aparecen por lo que son realmente: medidas adoptadas, no para reducir el capital
privado sino, al contrario, protegerlo; no para combatir el capitalismo, sino salvarlo de la bancarrota.
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Aviso para navegantes: el Diario económico Les Echos, al que no se puede sospechar de tener ideas comunistas
disimuladas, en una página consagrada, el 9 de octubre, a las «Diez principales cuestiones que hacen debate», plantea
como segunda: «¿Es necesario nacionalizar a todos los bancos en Europa?», y comienza su respuesta afirmando: «Tal
solución tendría, ciertamente, la ventaja de terminar con las torpezas bursátiles sufridas actualmente por los bancos
europeos. Una nacionalización general les ofrecería tanto el dinero que muchos necesitan para seguir prestando e inflando sus
fondos propios como el tiempo para limpiar sus balances de los activos tóxicos que les quedan. La presión en los mercados
interbancarios se aflojaría, los establecimientos recurrirían menos a la liquidez de los bancos centrales. » y si,
finalmente, se descartara esta solución, es porque eso tendría « un coste. Cientos de miles de millones de euros serían
necesarios para que los Gobiernos tengan la mano sobre su sector bancario».
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Sí, salvo la pequeña Islandia, aunque no haya que nacionalizar todo el sector bancario, las intervenciones de los Estados
cuestan ya muy caras. Los gastos colosales de los Estados aumentarán su endeudamiento y/o les incitaran a utilizar la máquina
de hacer billetes, o lo que hace las veces de éste.
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Comenzando por los Estados Unidos. La política del Tesoro norteamericano conducirá inevitablemente a una depreciación del
dólar. Pero, como en tierra de ciegos, el tuerto es rey, el dólar guarda, a falta de competidor, su posición de moneda de
reserva privilegiada. ¡Los Estados Unidos compartirán así generosamente su inflación con todos los que depositaron sus
reservas en sus cajas! Se puede esperar una agravación de la inflación más o menos amplia según los países. Pero también
–porque son consecuencias mecánicas por decirlo así– turbulencias en los tipos de cambio, crisis monetarias quizá, con
las consecuencias que eso tendrá sobre el comercio internacional.
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Un viento de consenso sopla, sin embargo, en todos los grandes países imperialistas del mundo sobre la necesidad de
intervenciones estatales. En Estados Unidos, el Partido Demócrata así como el Partido Republicano se han puesto detrás del
Gobierno Bush. En Francia, los únicos matices de diferencia en los discursos del Partido socialista y la UMP (el partido de
derechas de Sarkozy ndt) provienen de la mala fe política.
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Triste ironía de la historia: incluso el Partido socialista esta desbordado hasta cierto punto sobre su izquierda por Sarkozy y
la derecha, es decir, sobre el estatismo que era su credo anteriormente. El último en fecha de los Gobiernos socialistas, el de
Jospin, pasó su tiempo, no a nacionalizar, sino a atacarse a lo que ya lo era, incluidos los servicios públicos.
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Entonces, hablar hoy de nacionalización, de regulación, es unirse a la Santa Alianza de los que van de Bush-Sarkozy a los
altermondialistas, pasando por los dignatarios de la socialdemocracia.
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Las distintas formas de toma de participación del Estado, hasta la nacionalización, son maneras de dar dinero a los
capitalistas privados. Estos señores financieros no sólo cobraran dinero sino que, además, se descargarán del esfuerzo de
sacar el sistema bancario del caos en el cual lo han hundido. Y, por supuesto, una vez enjugada la crisis, como los bancos
proporcionarán de nuevo beneficios, se los volverán a privatizar –como se hizo, hace un poco más de veinte años, para la
siderurgia y muchos otros sectores.
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La única nacionalización que los trabajadores podrían reivindicar es la nacionalización sin rescate, sin venta posterior. No
podría hacerse sino bajo una presión potente de la clase obrera. Incluso los servidores más afanosos del capitalismo hablan
hoy de «control» y de «reglamentos». Pero el único objetivo válido desde el punto de vista de los intereses de los
asalariados, de las clases populares, es la expropiación de todos los bancos y su reagrupación en un único banco, sujeto al
control de sus trabajadores y de toda la sociedad.
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No hay nada que quitar a lo que Trotsky proponía a los trabajadores en el Programa de Transición, redactado en 1938, en una
fecha en la que el capitalismo, para salir de la larga depresión a la que siguió el crac de 1929, se encaminaba hacia la
guerra:
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«El imperialismo significa la dominación del capital financiero. Al lado de los consorcios y de los trusts y frecuentemente
arriba de ellos, los bancos concentran en sus manos la dirección de la economía. En su estructura, 105 bancos reflejan bajo
una forma concentrada, toda la estructura del capitalismo contemporáneo: combinan la tendencia al monopolio con la tendencia a
la anarquía. Organizan milagros de técnica, empresas gigantescas, trusts potentes y organizan también la vida cara, las
crisis y la desocupación. Imposible dar ningún paso serio hacia delante en la lucha contra la arbitrariedad monopolista y la
anarquía capitalista, si se dejan las palancas de comando de los bancos en manos de los bandidos capitalistas. Para crear un
sistema único de inversión y de crédito, según un plan racional que corresponda a los intereses de toda la nación es
necesario unificar todos los bancos en una institución nacional única. Sólo la expropiación de los bancos privados y la
concentración de todo el sistema de crédito en manos del Estado pondrá en las manos de éste los medios necesarios, reales,
es decir, materiales, y no solamente ficticios y burocráticos, para la planificación económica.
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La expropiación de los bancos no significa en ningún caso la expropiación de los pequeños depósitos bancarios. Por el
contrario para los pequeños depositantes la banca única del Estado podrá crear condiciones más favorables que los bancos
privados. De la misma manera sólo la banca del Estado podrá establecer para los campesinos, los artesanos y pequeños
comerciantes condiciones de crédito privilegiado, es decir, barato. Sin embargo, lo más importante es que, toda la economía,
en primer término la industria pesada y los transportes, dirigida por un Estado mayor financiero único, sirva a los intereses
vitales de los obreros y de todos los otros trabajadores.
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No obstante, la estatización de los bancos sólo dará resultados favorables si el poder estatal mismo pasa de manos de los
explotadores a manos de los trabajadores.»
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9 de octubre de 2008
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